El amor de Eli 2
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La propuesta de ir a un hotel la formuló Arnau cuando todavía estaban sentados en la terraza de la cafetería.

Eli estuvo de acuerdo. También ella había sentido la necesidad de una proximidad física con aquel hombre con el que se reencontraba después de tantos años.

La última imagen de Arnau adolescente (su espalda, las toallas en el hombro mientras cruzaba la carretera y la plaza) la volvía a tener ante sí, como si los años pasados se hubieran desvanecido.

Como si el chico con las toallas se girara de repente, y tuviera casi cuarenta años y se hubiera puesto unos pantalones negros y una camisa azul, y le dijera que la apetecería estar con ella a solas, en la cama de una habitación como la que habían compartido dos veces en casa de sus tíos en Sant Salvador.

Eli sabía que si accedía a petición de Arnau se le complicaría la vida.

¿Valía la pena? ¿Había que dar una oportunidad a aquel asunto antiguo inacabado, incompleto y fallido, ahora que su situación vital era tan diferente?

Eli se levantó de la mesa y se alejó de Arnau para hacer una llamada a Ferran.

Le contó que había surgido un problema en el trabajo y que, a pesar de tener la tarde libre, tenía que intentar solucionarlo.

También le dijo que no la esperara para cenar y que acostara a la niña, porque ella presumiblemente llegaría tarde, que no se preocupara.

Su marido no puso ninguna pega ni le hizo preguntas.

Mientras hablaba con Ferran, vio que Arnau también hacía una llamada desde su teléfono.

La conversación aplazada desde que tenían diecisiete años no se produjo mientras buscaban un hotel, ni mientras llegaban, pedían una habitación y subían en ascensor.

Tampoco se dijeron nada mientras se quitaban la ropa (dos adultos, no dos adolescentes) y yacían sobre las sábanas después de apartar el edredón.

Tenían gamas de consumar lo aplazado durante tantos años, y no había tiempo para palabras, explicaciones, justificaciones o excusas.

Hicieron el amor para liberarse, como si fueran unos deberes de escuela que no se habían entregado a tiempo y hacía falta correr para aprobar la asignatura.

Sin decírselo el uno al otro, el cuerpo que exploraban no lo relacionaban con aquel que descubrieron el verano de Sant Salvador.

Ni Eli ni Arnau reencontraron los ecos de aquella ternura, de aquel asombro, de aquella pureza de la piel adolescente dorada por el sol del verano.

Eli, sin prisas, habría actuado de otro modo y habría buscado vestigios del Arnau de antes, pero las circunstancias (el atolondramiento, la clandestinidad, el hecho de que lo estaban haciendo a escondidas de sus respectivas parejas) lo impedían.

Seguro que a Arnau le sucedía lo mismo, pensó ella.

Se quedaron quietos, medio abrazados, encima de la cama. Respiraban profundamente. Eli dijo que tenía un poco de frío y se cubrieron con la sábana. Se preguntaba qué hacía allí, con aquel hombre que era casi un desconocido.

—Las hermanas me dijeron que te fuiste de Sant Salvador de forma repentina. Cuando fui a despedirme de mis tíos, tú ya te habías ido.

—Volví a Barcelona. Llamé a mi madre y le pedí que me vinieran a buscar. Que nos inventáramos una excusa, pero que no quería quedarme allí más días.

—La hermana pequeña… ¿Cómo se llamaba?

—Esther.

—Eso. Esther nos vio. A ti, a tu amigo y a mí. Estaba en la terraza de su apartamento. Vio cómo me iba yo y tú subías en el coche.

—No me dijo nada.

—A mí sí. Estaba deseando restregármelo por la cara. ¿Subiste a su coche, pues?

—Fuimos a dar una vuelta y a charlar. No recuerdo dónde. Más tarde me llevó a casa. No sabía que Esther había estado espiando desde el balcón.

—¿Y después? ¿En Barcelona?

—No se lo conté a mis padres. Me di cuenta de que aquel tío, Jonathan se llamaba, seguía aprovechándose de mí.

De alguna manera, continuaba asediándome y me hacía creer que era amor, pero no lo era.

Estoy convencida. Cuando tú y yo nos separamos, sufrí mucho.

Fue un otoño horrible. Pensé que había echado por tierra todos los meses anteriores, de dolor, angustia y terapia.

Aquel tío me enredó, Arnau, y lo hizo hasta que acepté que era una chica débil, desorientada y enferma, y que necesitaba tratamiento psiquiátrico.

Mis padres, esta vez, me apoyaron al cien por cien.

Nos mudamos de casa y acabé los estudios en Terrassa.

—¡Qué me dices! Yo estudié en Terrassa…

—Lo sé. Y no te puedes imaginar la de veces que pensaba que te encontraría por la calle, de repente.

Tampoco sabes la de veces que pasé por delante de la ESCAC rezando para verte.

Un par de días me tiré horas allí afuera, en un bar que hay en una plaza justo delante, ¿sabes a cuál me refiero?

Pues allí me sentaba yo, esperando encontrarte.

—¿Con qué intención?

—Lo primero que habría hecho es pedirte perdón. Me sentía en deuda contigo. Te había fallado cuando tú únicamente querías ayudarme. Te traicioné.

—No estabas bien, Eli

—Eso no es suficiente justificación —dijo ella, y bajó la cabeza.

—¿Y después de Terrassa?

—Me matriculé en la universidad, en Barcelona.

La historia que te inventaste para tu primera película era falsa.

No me fue tan mal como tú explicabas. Tuve la suerte de recapacitar y encontrar a gente a mi alrededor que me ayudó.

Fui fuerte, Arnau. Supe darme cuenta del error que cometía viendo a escondidas a aquel abusador.

Pero no fue tan terrible como tú lo pintaste.

No acabé en un sanatorio mental ni intenté suicidarme tomándome un tarro entero de pastillas —insistió.

—Me alegro, Eli —dijo Arnau—. Tienes razón. Me lo inventé. Era solo una película.

—Me pareció una especie de revancha. Te querías vengar de mí y lo hiciste de aquella manera. Eso es lo que pensé.

* * *

Eran casi las once de la noche cuando abandonaron el hotel. Arnau dijo que tenía hambre y le propuso picar algo en un local que tuviera la cocina abierta a aquellas horas. Se sentaron en una terraza y pidieron unas tapas y dos copas de vino.

Eli estaba distraída, pensativa. Quizá también decepcionada. Intentaba seguir la conversación, y preguntar u opinar sobre los temas que iban apareciendo. Comió poco, ni siquiera se terminó la copa. Había una duda que la apremiaba, una cuestión urgente que Arnau parecía ignorar o evitar.

—¿Y ahora qué, Arnau? ¿Qué se supone que tiene que pasar?

Arnau dejó de masticar el calamar rebozado que tenía en la boca, y se encogió de hombros.

—¿Por qué lo preguntas? ¿Qué te parece a ti que tendría que pasar?

—Pues no lo sé, la verdad. Y eso me pone muy nerviosa.

—¿Por qué tiene que pasar algo?

Eli se quedó mirándolo horrorizada. ¿No tenía que pasar nada? ¿Acababan de consumar aquel deseo pospuesto muchos años y todo concluía aquí? Hizo un ruidito con la boca, mezcla de risa y gruñido. Arnau la observaba atentamente, sin saber qué expresión o actitud adoptar para tranquilizarla.

—O sea que ya está, ¿no? Lo hemos hecho y punto final, ¿no?

Arnau le preguntó con un gesto qué quería decir, y ella repitió el mismo ruidito con la boca. Negó con la cabeza a la vez que abría el bolso, sacaba el móvil, y descubría dos llamadas perdidas de Ferran.

—Cada cual tiene su vida, Eli. Lo de hoy ha sido especial. Yo me conformo con haberlo vivido. Cualquier intención de ir más allá complicaría las cosas.

—Esto que ha pasado ya es un poco ir más allá, ¿no te parece? Esto ya nos complica las cosas, ¿no crees?

—Depende —la cortó Arnau—. Depende de cómo lo gestionemos.

Eli lo escuchaba atónita. ¿ Gestionar ? ¿Aquel verbo tenía cabida en la experiencia que acababan de vivir? ¿Se había vuelto así de frío e insensible Arnau?

—O sea que, según tú, nada ha cambiado y…

—¿Por qué tenía que cambiar algo? Hace más de veinte años que tú y yo no sabemos nada el uno del otro, y que no tenemos ningún tipo de contacto.

¿Qué demonios tiene que cambiar? ¿Cambiar cómo?

¿Por qué? —Ella lo miraba sin decir nada—.

Tú tienes un marido y una hija. Tienes un trabajo.

¿Te parece lógico añadir más quebraderos de cabeza y dudas?

¿Te parecería bien vivir con remordimientos y enviarlo todo a la mierda?

A Eli Puigmal todo lo que Arnau exponía le sonaba como una justificación para él mismo.

Él, que tenía un trabajo creativo y proyectos de futuro, que tenía una pareja envidiada, y viajaba y disfrutaba de una ajetreada vida social.

Seguro que no estaba dispuesto a tener «quebraderos de cabeza y dudas» después de haber hecho el amor (Eli imaginó que para Arnau solo había sido un polvo) con una mujer que, inesperadamente, había vuelto a su vida igual que lo haría un fantasma.

—Ha estado bien lo que ha sucedido, Eli… —Arnau habló en tono conciliador y acariciándole la mano, que ella había posado sobre la mesa—. Hemos cerrado lo que dejamos a medias aquel verano.

—¿Solo querías eso, entonces? ¿Esa era la meta a la que hubieras querido llegar aquellos días en Sant Salvador?

El rostro de Arnau se suavizó y dibujó una sonrisa a la vez que negaba con la cabeza.

—Tú sabes que no. Recuerda que era la primera vez que me enamoraba. Nunca había sentido las emociones ni el sufrimiento que viví aquellos días a tu lado, Eli. Te recuerdo que entonces fuiste tú la que elegiste. Y lo elegiste a él. Me hiciste mucho daño.

«Y ahora te lo quieres cobrar, ¿no? —pensó Eli—. Ahora vuelves a vengarte de mi comportamiento igual que lo hiciste rodando tu primera película, ¿verdad?». Sin embargo, no dijo nada. Se limitó a volver a consultar el móvil y anunciar que era tarde y que se tenía que ir.

—¿Quieres que mantengamos el contacto a partir de ahora, Eli? —preguntó Arnau mientras levantaba el brazo para pedir la cuenta al camarero—. ¿Quieres que nos pasemos los teléfonos o los e-mails ?

Elisenda Puigmal no supo qué decir. Se encogió de hombros como respuesta. Y pensó que era el mismo gesto que había hecho el día que se despidió de Arnau Recasens la primera vez.