El amor de Eli 1
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La primera vez que se reencontraron fue veinte años después de aquel verano.

Para entonces tenían más de treinta y cinco años.

Aún eran jóvenes, por supuesto, pero tanto sus vidas como sus cuerpos se habían alejado de la primera juventud, del riesgo y las reacciones espontáneas que Elisenda Puigmal detectaba ahora, complacida, en las actitudes y movimientos de su hija.

Recordaba perfectamente cómo había ocurrido. Fue fruto de la casualidad, y el escenario, como no podía ser de otra manera, fue la sala de un cine.

Ella había ido sola. Acostumbraba a aprovechar las tardes de los jueves, que desde siempre se las había cogido libres en el trabajo, para hacer las actividades que le gustaban, como por ejemplo buscar libros en la biblioteca, pasear o ir al cine.

Lo solía hacer sola; muy de vez en cuando, con amigos.

La película que había ido a ver aquel día era francesa.

En aquellos tiempos costaba encontrar salas de cine donde proyectaran cintas en versión original.

Bueno, de hecho, costaba encontrar salas de cine en general.

No obstante, todavía había unas cuantas en Barcelona.

Allí, en aquella misma sala, había visto las películas de Arnau: no solo la primera, sino también las otras dos que había estrenado.

Cuando acabó la película y mientras avanzaba hacia la salida, Elisenda Puigmal se fijó en un tipo (también iba solo) que estaba sentado un par de filas delante de ella.

En el momento en que pasaba por su lado, el hombre se incorporó y se vieron.

A ella le costó solo una fracción de segundo reconocerlo.

—¿Arnau?

A él le costó más, porque no la había visto desde aquel verano en Sant Salvador, y entonces ella era una joven de diecisiete años.

—Soy Eli. ¿Te acuerdas de mí?

Arnau, sorprendido, se quedó en una posición a medio camino entre estar de pie y sentado, haciendo presión con las manos sobre los brazos de la butaca.

—Eli… —murmuró, y solo después se acabó de poner derecho. No hizo el gesto de besarla ni alargarle la mano.

—¡Hacía siglos que no nos veíamos! —Rio ella—. ¡Bueno, yo te he visto a menudo en la pantalla!

—Eli —repitió él.

Estaba inmóvil. No había acabado de salir de su fila. De golpe se puso a hablar, las palabras le salían atropelladamente. A Elisenda Puigmal le pareció entender que le decía que le sorprendía encontrarla en Barcelona.

—Yo siempre he vivido en Barcelona. No me he movido de aquí. Sin embargo, a ti te hacía viviendo en Madrid, o en París… Me suena haberlo leído en algún sitio.

Arnau no reaccionó al comentario; como si no lo hubiera oído, pensó Elisenda Puigmal.

No paraba de mirarla, incrédulo de haberla reencontrado tantos años después en aquella sala oscura de cine donde continuaban proyectándose los créditos finales de la película que habían visto.

De golpe, como si tuviera prisa, le hizo un gesto para que se apresuraran a salir a la calle.

Mientras avanzaban por el pasillo junto a los otros pocos espectadores que habían asistido a la sesión, ella se preguntó si iba bastante arreglada, si aún le quedaba carmín en los labios o si la luz del exterior la favorecería; lamentó no haber ido a la peluquería el día anterior (como tenía previsto hacer).

Quería causar una buena impresión en Arnau.

Él era una persona famosa. Pronto estrenaría una nueva película, una que le habían premiado en festivales internacionales.

Deseaba que la imagen que Arnau recibiera de ella lo complaciera; deseaba que le hiciera rememorar a la chica de la cual se había enamorado perdidamente una tira de años atrás.

Eran las seis y media de la tarde. Tanto Arnau Recasens como Elisenda Puigmal habían ido a la primera sesión. A los dos les gustaba saber que habría poca gente en la sala. Ya en el exterior del cine, él le puso las manos encima de los hombros para mirarla bien.

—Ostras, Eli… Eres tú.

—¡Con unos cuantos años más encima! ¿Me hubieras reconocido si yo no te hubiera hablado?

—Claro, sin duda.

Ella pensó que no era sincero del todo, pero le correspondió con una sonrisa.

Arnau llevaba el pelo más corto que en las últimas fotos suyas que había visto; mucho más corto que cuando estrenó su primera película.

Y ya no llevaba barba. Tenía algunos mechones grises, pocos.

Llevaba las patillas largas y pobladas, también canosas por la parte inferior.

Se le formaban unas arrugas seductoras alrededor de los ojos.

Vestía de manera desenfadada, una camisa azul y pantalones vaqueros negros.

—¿Vives o no vives en Barcelona? —insistió ella, imaginando que Arnau estaba analizando su físico y su manera de vestir como acababa de hacer ella.

—A temporadas. Ahora mismo no. Estoy aquí de promo . Estreno una película el próximo fin de semana.

Los dos debieron de notar que era un poco absurdo celebrar aquel reencuentro tan esperado (al menos por parte de ella, pensó Elisenda Puigmal) en medio de la calle.

Arnau comentó entonces que tenía tiempo libre, que si le apetecía sentarse en algún lugar, una cafetería, y ella dijo que sí, que le parecía perfecto, y escogieron la terracita de un bar en la misma calle del cine.

Durante los primeros minutos la conversación fue distendida y banal a la vez.

La llevó ella, que le preguntó por las películas y el éxito, y a su vez le explicó que trabajaba en la empresa de su madre, que pronto se jubilaría.

Organizaban eventos, desfiles de moda y cosas por el estilo. «Trivialidades», dijo.

—¿Estás casada? ¿Vives en pareja? —preguntó Arnau de repente, y ella se quedó turbada.

No se esperaba la pregunta, o no tan pronto. Viniendo de Arnau y tras la historia que vivieron juntos, era difícil trampear aquella cuestión, por otro lado tan habitual y lógica entre dos amigos que hace años que no se ven.

—Sí, sí —dijo, e hizo una pausa antes de continuar—: Me casé con un hombre estupendo, Ferran, de mi edad… —Arnau la observó atentamente sin hacer ningún comentario—. Tenemos una hija.

—Caramba, felicidades.

—¿Y tú? —preguntó enseguida Elisenda Puigmal, un poco a la defensiva.

—Vivo con mi pareja. Es una actriz que…

—Lo sé. Lo leí en las redes —lo interrumpió—. Te he seguido desde que supe que habías estrenado tu primera película.

* * *

Aquel primer título en la filmografía de Arnau lo había rodado en 2028.

Era muy joven y lo había producido cuando todavía estudiaba en la escuela de cine de Terrassa gracias a una beca.

Salvo la protagonista, el resto de los actores y actrices eran desconocidos: la mayoría eran compañeros y compañeras suyos de la ESCAC.

La crítica fue muy generosa con la primera película de un joven prometedor.

Eli fue a verla al cine. Fue sola, un día por la tarde.

Supo del estreno gracias a la televisión y las redes.

En las fotografías de los diarios y de internet le costó reconocer a Arnau.

Seguía siendo joven, claro, un año menor que ella, y aun así había cambiado bastante.

Todo el mundo cambia cuando pasa de la adolescencia a la juventud y entonces Arnau debía de tener veintidós o veintitrés años.

Se había dejado barba, y llevaba el pelo mucho más largo que durante el verano en que se conocieron.

No le extrañó que Arnau no le hubiera dicho que había dirigido una película, porque hacía años que no tenían contacto.

Pero le había hecho ilusión saber que había podido estrenar su primer largo tan pronto.

Cuando entró en el cine aquella tarde, tenía una idea previa de lo que iba a ver, porque había leído algunas reseñas y críticas e incluso había visto un tráiler en internet.

Eso la dejó impresionada y dudosa. ¿De verdad la película va de aquello?

¿Se había atrevido a rodar su historia? Pues sí, confirmó sentada en la butaca tras la proyección.

El argumento era ese, y por tanto hablaba de ella, de él y de todo aquello.

La experiencia le impactó tanto que, muchos minutos después del final, cuando la sala ya estaba iluminada y un trabajador barría los restos de palomitas, bolsas de golosinas y vasos de cartón, otro empleado se le acercó y le pidió por favor que saliera de la sala, porque la próxima sesión estaba a punto de empezar.

Aturdida, Eli se puso de pie murmurando una disculpa y salió, primero al hall del cine y por fin al exterior.

Anduvo durante horas por las calles de Barcelona, pero por la noche, cuando volvió a casa, no pudo recordar por qué barrios había transitado ni en qué parques se había sentado.

La película iba de todo aquello, pero se centraba en la parte que Arnau no conocía de la historia.

O sea, que había filmado un relato a partir de cosas (sentimientos y situaciones) que él se había inventado, porque las desconocía.

Era como si a partir de la vida de Eli, Arnau hubiera filmado otra que era falsa.

Se sintió estafada. Arnau había rodado su historia y ahora su historia se había hecho realidad aunque fuera en el mundo de la ficción.

La gente que salía del cine lo hacía con un relato rellenado de crueldad y abusos.

La joven Elisenda Puigmal se preguntaba si era lícito hacer aquello que había hecho Arnau.

Había utilizado su vida para explicar otra que era mentira.

Con precaución, de manera figurada, comentó el tema con algunas de sus amistades.

«Sí que es lícito —le decía la mayoría—, porque como creador es libre de filmar la historia que quiera».

«¿Aunque sea mentira? ¿Aunque una parte importante se la haya inventado? ». «¡Claro! Si no, ¿qué es el arte?».

En una escena de la película, la protagonista aparece nadando en el mar.

Tiene media cara sumergida en el agua. Solo emerge a la superficie de la nariz hacia arriba y el pelo le queda flotando alrededor como si fueran los tentáculos de una medusa.

La protagonista dice algo bajo el agua, pero no se la oye.

Más adelante, la protagonista viaja en un coche, por la noche. Reposa la cabeza contra la ventanilla. En un momento dado, se le ve el perfil y la penumbra permite adivinar que sonríe, feliz.

En otra escena, los amantes se besan apasionadamente en la orilla del mar, iluminados por la luz de la luna.