3 #2
—Eli —repitió mientras se acercaba.
—No puedes estar aquí —le dije—. Tienes que irte. He intentado llamarte diez veces para que no vinieras…
—Tenía el teléfono cargándose y en silencio. Para cuando lo he mirado, las llamadas perdidas me han alertado, me han puesto muy nervioso y por eso he venido. No contestabas al teléfono…
—¡Hostia! —lo interrumpí—. ¡Porque teóricamente no tengo teléfono! ¡Está siempre escondido y apagado!
Estábamos el uno delante del otro, en la puerta del edificio del que saldría Arnau en cualquier momento.
No se podían encontrar, Arnau y él. Era inimaginable.
Jonathan ni siquiera sabía que Arnau existía.
Arnau sí que sabía de la existencia de Jonathan y del follón que había provocado en mi vida.
No sabía mucho de él, pero era consciente de su edad.
Estaba a punto de decirle que disimulara y que me siguiera la corriente (fingiría que era un tipo que me pedía una dirección) cuando Arnau salió del bloque cargando dos toallas sobre el hombro y una loción protectora solar en la mano.
Se quedó sorprendido cuando nos descubrió a Jonathan y a mí en la acera, delante de casa. No estábamos demasiado juntos. Nuestros cuerpos no se tocaban. Pero él necesitó pocos segundos para entender qué pasaba.
No dijo nada. Se quedó en el umbral, observándonos a mí y a él alternativamente. Jonathan se dio cuenta de que Arnau y yo nos conocíamos. Seguro que entendió que yo estaba esperándolo. No hizo ninguna mueca ni gesto raro, solo lo miró.
Jonathan llevaba barba. No una barba larga, sino corta, de no haberse afeitado en un par de semanas. Vestía normal, vaqueros y camisa. Tenía las llaves del coche en la mano. Y aparentaba la edad que tenía.
Mi actitud de perplejidad, de querer morirme, debieron de acabar de convencer a Arnau de quién era aquel tipo y qué hacía conmigo.
Nos quedamos los tres en silencio. Solo intervenían nuestros ojos, nuestros seis ojos, y la inmovilidad de nuestros cuerpos.
Sentí una pena enorme por Arnau. Una pena indescriptible.
Me di cuenta, a través de su mirada, de su desconcierto, de su incredulidad.
En aquellos segundos, que se hicieron larguísimos, yo no sufría por mí, sino por él.
Por su inocencia, por su pureza, por su ingenuidad.
¿Cómo debía de verme? ¿Qué debía de pensar de mí?
—¿Qué pasa, Eli? —preguntó finalmente Arnau en un murmullo. La voz le había salido rota, como si hubiera hecho un gallo.
Mi cuerpo reaccionó de una manera ajena a mi voluntad: me limité a encogerme de hombros. Incapaz de hablar. Jonathan no se movió ni un milímetro.
Después, sin decir nada más, Arnau pasó entre nosotros dos y se fue hacia la playa.
Fue la última imagen que pude conservar de aquel Arnau adolescente.
Vestía una camiseta sin mangas, unas bermudas caqui y unas chanclas.
Las toallas le colgaban del hombro y llevaba la crema solar en la mano.
Veía su espalda mientras se alejaba. Su pelo rizado.
Su andar. Cruzó la carretera y la plaza de las palmeras. No se giró ni una sola vez.
—¿Quién es? —preguntó Jonathan cuando él ya no nos podía oír.
—Un vecino.
* * *
Le dije a Jonathan que Arnau era un vecino. Reduje su presencia en mi vida a la categoría de vecino. Lo hice por no despertar la curiosidad de Jonathan, por no abrir un frente más en la situación terriblemente extraña que estábamos viviendo.
—Vamos a dar una vuelta en coche —me propuso enseguida.
No me podía quitar de la cabeza la última imagen de Arnau, la que conservé toda la vida, y me volvieron a asaltar algunas preguntas. ¿Qué pensaría de mí? ¿Qué impresión retendría de mi persona y de la historia de amor que habíamos vivido aquel verano en Sant Salvador? ¿Qué quedaría de todo eso?
—¿Cómo te encuentras, Eli? Tu llamada de madrugada me dejó hecho polvo.
—No tenías que haber venido. —Fue lo único que pude decir—. No tendría que estar dentro de un coche contigo.
Sin embargo, puso en marcha el motor y yo le di las indicaciones para salir a la carretera y dirigirnos a Coma-ruga. Había ido un montón de veces con Eva, acompañando a su madre y a su hermana.
Jonathan se mantuvo callado. Entonces pensé que no se merecía el trato que le estaba dando.
Había venido hasta el pueblo para saber cómo estaba.
Se preocupaba por mí. Las consecuencias del encuentro eran todavía imprevisibles, no sabía cómo me afectarían, a pesar de que presumiblemente enviaría a la mierda los meses de terapia y reclusión, pero Jonathan no se merecía que yo me comportara como una desagradecida; al menos no en esta situación.
—Ayer me ayudaste —admití—. No sé qué hubiera pasado si… Estaba completamente perdida. Pero, ahora…, no sé…
—Estás mejor, ¿no?
Asentí con la cabeza. Y lo observé mientras conducía: sus manos fuertes al volante, su perfil atractivo, su barba incipiente. Él se giró un instante para mirarme y sonrió.
Cuando llegamos a Coma-ruga, me acordé de un pueblo, Sant Vicenç de Calders, en lo alto de una colina.
Habíamos ido una tarde, con Eva y Esther.
La estación de tren de Coma-ruga tiene el nombre de este pueblo, imagino que porque se encuentra en su término municipal.
Le propuse a Jonathan ir allí, aunque no sabía por dónde se iba.
Él detuvo el coche y consultó el móvil. Confirmó que estaba muy cerca.
—El GPS nos llevará. Coge el móvil y sigue las indicaciones.
Era curioso. Durante el trayecto hasta el pueblo yo guie a Jonathan.
Fue como llevar las riendas de nuestra relación.
Él, al volante, se limitaba a seguir las órdenes que yo le daba.
«Gira a la izquierda. En la rotonda, la segunda salida…
». Una chica de diecisiete años guiando a un hombre de treinta y cinco.
Quizás era posible. Algo cambió en mi interior durante los minutos que duró el trayecto.
Al llegar aparcamos en una plaza. Rememoré la otra vez que estuve y guie a Jonathan hasta un punto desde donde se admiraba una vista fantástica del mar y las poblaciones costeras del Baix Penedès que lo delimitaban.
Aquella tarde hablamos más que nunca. Nos sinceramos el uno con el otro.
Estábamos solos, no teníamos prisa. No había nadie para juzgarnos.
Al cabo de bastante rato, fui yo quien le pasó el brazo alrededor del cuello.
Fui yo quien le buscó los labios para besarlos.
Algo me gritaba que me estaba equivocando.
Que pronto me arrepentiría. Algo me decía que aquello no era real.
Que él estaba interpretando un papel para sacar un beneficio.
Que yo saldría perjudicada. Sin embargo, aun así, yo busqué sus labios.