El amor de Eli 3
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Tal y como había quedado con Arnau, a las doce ya estaba en casa de sus tíos para bajar los cuatro juntos a la playa.

El plan era reunirme con ellos, darnos un baño y charlar un rato tomando el sol antes de regresar a su apartamento para comer.

Traté de disimular que había dormido poco e intenté mostrarme divertida y sociable como siempre.

—Mira, lo que más rabia me da desde que mi sobrino ya no vive con nosotros es no verte a ti —bromeó Jordi.

Me preguntaron qué tal me iba la convivencia con sus vecinas y hasta cuándo me quedaría.

Fui sincera al decirles que todo iba sobre ruedas; que apreciaba a las chicas, y que su madre era muy cariñosa y considerada conmigo.

En cuanto a precisar hasta cuándo, reconocí que ni yo lo sabía.

Bueno, antes de acabar el mes, mis padres vendrían a buscarme para pasar un fin de semana juntos, todavía no sabía dónde.

Arnau nos puso al día de su vida con Mireia y Roc.

Le había resultado sencillo adaptarse y se lo pasaba bien con ellos, que se desenvolvían perfectamente sin sus padres en casa.

Añadió que siempre recordaría aquel agosto.

Estaba sintiéndose muy a gusto en los lugares donde se había alojado y con todas las personas con las que había compartido experiencias.

—Especialmente contigo, Eli, está claro.

Nadamos un rato con Pol, no tanto como en las sesiones de primera hora, porque en aquella zona de la Costa Dorada, a partir del mediodía, el oleaje y el viento eran fuertes y dificultaban la natación. Jordi nos esperaba en la arena leyendo una novela.

Me notaba más cansada que habitualmente.

La noche me había pasado factura. Tenía los hombros entumecidos y los reflejos me fallaban.

También era más pesada la respiración con la cabeza sumergida.

Pero había decidido no explicar nada a nadie e intenté disimular.

Me ayudó Arnau, que a cada rato se iba parando para besarme en los labios y me impedía avanzar.

Yo le reprochaba que me entraba la risa y no podía nadar, y él decía que aquel era su propósito, que tenía ganas de besarme y no de nadar, y yo reía con él.

Al final, pasamos de seguir el ritmo de Pol y nos quedamos flotando, haciendo el muerto.

Las manos de Arnau se agarraban a mi cuerpo bajo el agua.

Siempre me había gustado que lo hiciera y la manera como lo hacía, pero aquella mañana tenía el cuerpo destemplado, y me molestaba o me hacía unas cosquillas que no podía soportar.

Aquel mediodía todo era extraño, y confuso. Nada era placentero.

* * *

Tomamos un aperitivo en la terraza. Pol se levantaba a menudo para controlar el arroz (cocinó una paella) y Jordi estaba especialmente charlatán.

Me taladraba el cerebro, porque me costaba centrarme en las conversaciones, y me costaba reír sus bromas y dar la réplica a los juegos de palabras.

Arnau estaba muy relajado. Me pasaba la mano por el pelo, me decía que estaba preciosa.

Mi desazón fue en aumento durante la comida, y se hizo evidente en los postres.

—Estoy molida —les confesé al final—. Ayer Eva llegó tardísimo, cuando yo ya dormía, y me desveló. Me ha costado mucho conciliar el sueño. He dormido fatal. He intentado disimularlo tanto como he podido. Lo siento…

—¡No hay nada que no cure una buena y larga siesta! —sugirió Jordi.

Volví a tumbarme en la cama de la habitación de Arnau.

—¡Hoy no nos tenemos que esconder! —celebró él.

—No sé si tengo hoy el cuerpo en modo romántico… —bromeé.

—¡No te lo he pedido! Necesitas dormir y es lo que te dejaré hacer.

—¿Que me dejarás? ¿Perdona? ¿Es que tengo que pedirte permiso? —Me esforcé en reír, en mostrarme igual que siempre.

—Intentemos dormir un rato. Y cuando afloje el calor, me apetece dar una vuelta. Tú y yo solos. Podemos ir por los caminos de atrás, más allá de la carretera.

Experimenté un escalofrío. ¿Salir de casa? No. ¡No podíamos salir de casa! Todo era complicado… ¡No podíamos salir de casa!

—Prefiero estar aquí contigo —le dije acariciándole el pelo—. Tú y yo aquí, en tu habitación. Mañana regresarás a Calafell y nos volveremos a separar. No, Arnau. Quiero estar contigo aquí.

—Me encantaría, Eli, pero no es solo que me corta que estén mis tíos, sino que además hoy han invitado a unos amigos a cenar.

En un rato llegará Ingrid para echarles una mano con los preparativos.

Es una amiga suya que conozco y es un poco pesada.

Tú y yo, señorita, tendremos que ir a tomar el aire fuera y hacer de novios por el pueblo.

O podemos ir a la playa otra vez en lugar de dar un paseo.

Arnau se quedó roque enseguida y yo, tumbada a su lado en aquella cama estrecha, me esforcé por mantenerme inmóvil, como si también durmiera, respirando profundamente siguiendo las instrucciones que había aprendido en el centro y que ya había ejercitado la noche anterior.

Mi corazón volvía a latir a cien por hora.

Si antes había estado segura de que Arnau podía ser mi salvador, un flotador al que aferrarme, en aquel instante su presencia y su contacto me ponían nerviosa.

Tenía ganas de llorar, pero no podía hacerlo.

Sentía el impulso de levantarme y huir de allí deprisa, para tirarme al mar, vestida incluso, y nadar como una desesperada.

Sin embargo, no podía hacer nada de lo que mi corazón me pedía. Era una sensación extraña: como si alguien me impidiera gritar haciendo presión con una mano sobre mi boca.

* * *

La amiga de los tíos de Arnau llegó antes de la hora prevista. Yo estaba despierta y oí el timbre del interfono y después los saludos de Pol y Jordi. Alguien puso música disco antigua, de los setenta u ochenta. Arnau aún dormía y yo rezaba para que continuara así.

Pero las voces de fuera lo despertaron; me abrazó y besó dulcemente mis labios.

—Ya ha empezado la juerga… —se lamentó.

—Pasemos de ellos. A mí no me molestan.

—No conoces a Jordi. Si nos quedamos aquí, nos obligará a ayudarlo a preparar la cena. Lo sé.

—A lo mejor podríamos cenar con ellos. Seguro que nos invitan.

Arnau dejó de acariciarme los brazos y me miró estupefacto.

—Pero ¿qué dices? ¿Cenar aquí con ellos? ¡Estás loca! Lo que tenemos que hacer es salir pitando.

Se puso de pie y cogió la camiseta mientras me miraba sonriente. Yo, en posición fetal, no me había movido de la cama.

—¡Vamos, perezosa! Otro día les pediré pasar la noche aquí contigo. Lo prometo. —Y se inclinó hacia delante para besarme en la boca.

Me calcé las chancletas con pesar. Intentaba disimular mi azoramiento siguiendo la conversación de Arnau, y después la de los adultos (que sí, insistieron en que nos quedásemos a cenar con ellos). Arnau ya se despedía besuqueando a todo el mundo y tirando de mí en dirección a la puerta.

Bajamos la escalera de la mano, y salimos a la calle poniéndonos los dos las gafas de sol. Yo estaba muerta de miedo y olía la tragedia.

—Hace demasiado calor todavía —dijo Arnau—. ¿Qué te parece si posponemos el paseo y nos vamos a bañar?

Yo era incapaz de vocalizar ni una palabra.

Miraba a derecha y a izquierda. Las hileras de los coches aparcados en la calle, la perspectiva de la plaza de las palmeras.

Antes de salir me había puesto el bañador, que habíamos dejado secar en la terraza mientras comíamos.

Él también lo llevaba puesto debajo de sus bermudas.

Dijo que subiría a buscar toallas. Me envió un beso a distancia y desapareció por el portal.

Me quedé sola en la calle. Estaba tensa y me sentía atrapada. Me abracé el pecho con los brazos, porque tenía miedo y no sabía qué hacer. Temí desmayarme con tanto calor y tanta angustia.

Y de repente, se abrió la puerta del coche. Había aparcado casi frente al bloque de apartamentos. No me había fijado de tan nerviosa como estaba.

—Eli —saludó Jonathan mientras salía.

Como me temía, había cumplido su promesa, o su amenaza (depende de cómo se mire) y había venido a Sant Salvador.

Me lo había anunciado aquella mañana en el mensaje de voz.

Yo le había llamado enseguida, encerrada en el lavabo, para suplicarle que no lo hiciera, que no se le ocurriera venir.

Que era inaceptable que nos viéramos, que aquello no era bueno para mí, que lo tenía prohibido por prescripción de los médicos y psicólogos; que, si venía, enviaría a la mierda la terapia de tantos meses. Que lo estropearía todo.

En el anterior mensaje, él anunciaba que vendría porque yo se lo había pedido la noche anterior, cuando tuve el ataque de pánico y él me salvó con su voz. Decía que yo le había insistido en que lo necesitaba, que no podría sobrevivir sin él a mi lado.

Yo no lo recordaba exactamente así, claro, pero durante aquella conversación nocturna estaba fuera de mí y no sé bien lo que dije.

Que le había dado la dirección exacta donde encontrarme.

Y sí, es muy posible que, en mi estado de vulnerabilidad, le hubiera pedido ayuda.

Seguramente también que viniera, tal vez sí, pero en un sentido metafórico.

Quiero decir que probablemente le dije que necesitaba tenerlo cerca para que me apoyara, para darme fuerzas y superar lo sola y abandonada que me sentía esa madrugada cuando lo telefoneé.

El último mensaje de voz, que me había dejado aquella misma mañana, era breve y conciso:

Eli, iré hoy. Necesito verte y comprobar que estás bien. No estás sola. Yo estoy a tu lado, pase lo que pase .

Lo llamé con desesperación desde el baño de casa de Eva.

No respondió. A lo mejor tenía el móvil apagado.

Quizás había salido con su hijo y se había dejado el teléfono en casa.

El caso es que no pude decirle que abortase la misión de rescate.

Que por nada del mundo hiciera la locura de venir a verme.

Y eso que, en realidad, sí que tenía ganas de verlo, de saber que estaba cerca y que me ayudaría si hacía falta. Pero no podía ser aquel día, el día que Arnau había elegido para pasarlo conmigo.