El amor de Eli 2 #3
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En la habitación, tumbada en la cama con el móvil apagado en la mano, me volvió el ahogo.

La tarde anterior, cuando había hablado con Jonathan, no me había pasado, pero de repente, allí sola y a oscuras en la habitación de Eva, el llanto y la desazón me transportaron a mis épocas más oscuras de hacía un año, en los días previos a mi ingreso en el centro donde me trataron.

Era una sensación de no poder respirar, de perderme en un bucle sin salida.

Los latidos del corazón acelerados, un temblor imparable en manos y pies, una inminente pérdida del aliento…

Una escalofriante situación de angustia que hacía un año que no sentía.

Cogí las pastillas del neceser. Me tomé dos.

Añadí una extra a la dosis habitual, como me había recomendado la doctora en el caso de que sufriera un nuevo ataque de pánico.

Estaba muy asustada, necesitaba ayuda, y mis padres no estaban conmigo.

No me tranquilizaba solo con pensar que la madre de mi amiga me auxiliaría, o que tenía a Arnau cerca, o a sus tíos.

Todo se me hacía un mundo: igual requeriría de mis médicos, de mi psicóloga; con ellos únicamente podían contactar mis padres, porque conocían mi historial y sabrían cómo actuar si se repetían los síntomas.

Esta retahíla de pensamientos aumentaba mi angustia. No podía parar de llorar y me ahogaba.

Conteniendo un temblor furioso de manos intenté encender el móvil.

Eran casi las dos de la madrugada. Solo Jonathan me había ayudado en una situación similar.

Yo estaba con él cuando me dio un ataque tan brutal como el que ahora amenazaba con repetirse.

Entonces él supo cómo actuar. Mis dedos se movían inquietos y me costaba deslizarlos por la pantalla para marcar su nombre.

El único que había en mi lista de contactos. El único que podía salvarme.

Nadie contestaba. Seguramente a aquella hora lo tenía apagado. Mucha gente desconecta el móvil por la noche, o lo deja en silencio cargándose. Oí muchas señales de llamada, pero no saltaba ni el contestador. Y de golpe escuché su voz.

—¿Eli? ¿Estás bien?

* * *

Para cuando Eva y Esther regresaron a casa, la situación había cambiado radicalmente. Las pastillas habían hecho su efecto, y la conversación con Jonathan había actuado de sedante. Aquella noche me salvó la vida.

Me explicó que había tardado en oír el timbre del móvil porque bajaba el volumen durante la noche.

No dormía con su mujer: desde hacía meses él ocupaba la habitación de invitados.

No levantó la voz durante nuestra charla; estaba convencido de que su mujer no había oído la llamada ni nos escuchaba.

Me ayudó a serenarme, a respirar. Me preguntó si me había tomado las pastillas.

Después me pidió que le describiera cómo se había producido el ataque.

Qué había hecho antes, de dónde venía. En qué pensaba.

Qué laberinto de problemas formaban el escenario del bucle en el cual había entrado.

Su voz, a través del aparato, me calmó. Fue un puntal al que aferrarme.

Fue una plataforma sólida donde subir y estabilizarme lejos del oleaje.

Eva entró en el dormitorio y me encontró sentada.

—¿Todavía estás despierta? ¿No estabas muerta de sueño?

—No podía dormir. Me he puesto nerviosa, no sé por qué. Pero ya se me ha pasado.

—¿No te encuentras bien? Estás muy blanca. ¿Quieres que avise a mi madre?

—No, no, no hace falta.

—¡Tienes la camiseta empapada de sudor, Eli! ¿Qué demonios te ha ocurrido?

—No lo sé, pero ya está bajo control, en serio. Ahora solo estoy cansada y desvelada.

—¿Quieres que hagamos algo? ¿Salimos a la terraza? ¿Quieres darte una ducha?

—No, gracias, Eva. Solo quiero estar quieta y en silencio.

—¿Te has tomado la medicación?

—Sí, no te preocupes.

Eva se puso el pijama y se tumbó en su cama antes de apagar la luz.

—Despiértame si necesitas algo —me dijo todavía antes de dormirse.

Apliqué las técnicas para controlar la respiración.

Aunque era más difícil a oscuras, me habían enseñado algunas estrategias y Jonathan, con su voz somnolienta, murmurándome al oído como había hecho tantas veces, me las había recordado.

Estaba el truco de mirar fijamente un punto en el exterior, incluso si era de noche.

Contemplar el cielo, las nubes (si había), la luz de una farola o una casa.

Por eso, antes de que llegara Eva, había subido la persiana hasta arriba del todo y había abierto la ventana.

Con la cortina corrida, ella ni se había dado cuenta de que estaba abierta.

Cuando interpreté por su respiración que se había dormido, descorrí la cortina y situé la almohada a los pies de la cama.

Me tumbé a la inversa de la posición habitual, porque la ventana quedaba encima del cabecero de la cama.

Respirar, mirar al exterior, sentir que entraba aire en la habitación.

Acompasar el ritmo de la respiración con los latidos del corazón.

Ir cerrando los ojos lentamente y, si volvía la sensación de ahogo, abrirlos y volver a mirar y respirar.

El proceso podía tardar un buen rato, pero no fallaba nunca.

La madre de Eva nos despertó a la hora habitual.

Yo dormía profundamente. Decidí no ir a nadar.

Llevé el neceser al lavabo: sentía la necesidad imperiosa de encender el móvil y saber si Jonathan había dejado algún mensaje después de la larga y difícil conversación de la madrugada.

Había dos mensajes de voz. El primero me tranquilizó. El segundo me heló la sangre.