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Le di cinco minutos, que pasé sentada en un banco solitario cerca de la entrada de un camping situado en medio de la urbanización.
Durante aquellos cinco minutos sostuve una lucha conmigo misma, con mi yo responsable que me perseguía desde hacía semanas y que no me dejaba en paz.
«No lo llames, Eli —me decía a mí misma—.
No seas tonta y apaga el teléfono de una vez por todas».
Pero lo llamé. Me dijo que había salido de casa, que estaba en la calle. Me preguntó cómo me encontraba; que se alegraba mucho de oírme. Que no podía ni imaginarme la ilusión que le hacía oírme. Que estaba desesperado sin saber nada de mí.
—Tú y yo sabemos que no tendría que haberte llamado.
—No has hecho nada malo. Eli. Yo te pedí que lo hicieras. Solo esto, una llamada para decirme que estás saliendo adelante; que te encuentras bien de salud y te diviertes con tu amiga.
—Estoy perfectamente. De salud y de todo.
—Me alegro. Me quitas un peso de encima. No te haces a la idea de cuánto sufría, Eli.
—Lo repito: no debería llamarte. Estoy segura de ello.
—Pero lo has hecho. Y te lo agradezco.
Me quedé en silencio unos segundos. Él insistió en que me quedara tranquila, que no pasaba nada. Me preguntó si alguien sabía que estaba haciendo aquella llamada.
—No. Nadie sabe que tengo móvil.
—Genial. Es lo mejor.
—No. En absoluto. Sinceramente creo que no está bien. No tengo por qué decirte dónde estoy, ni con quién. No te diré nada.
—Ni yo te lo he pedido, Eli.
—Pues me has dejado un montón de mensajes. No me conviene que me dejes mensajes.
—No lo volveré a hacer más, si tú me lo pides. Si me garantizas que estás bien y que no quieres que te diga nada, lo cumpliré. No está en mi voluntad hacerte sufrir, Eli. Noto en tu voz que te sientes más fuerte y serena. Me gusta que sea así.
—¿Has salido de casa porque estaba tu mujer?
—Sí. —Hizo una pausa—. Así es.
Yo no dije nada. No podía ni quería decir nada.
—Soy yo quien no está bien, Eli. No funciona. Es un infierno. Ya no nos amamos. No me ha perdonado, ni yo he intentado que lo haga. No la quiero, Eli.
—A mí qué me importa.
—Solo te lo digo.
—¿Y el niño?
—Por eso estoy aguantando. Por él. Pau no tiene la culpa de nada. No tiene la culpa de que sus padres no se quieran. Tengo que pensar en él, en hacer lo mejor para él…
—No me apetece seguir hablando —lo interrumpí—. Voy a colgar. No me dejes mensajes. Yo no voy a llamarte más, Jonathan.
—Eli, yo…
Corté la conversación y apagué el móvil deprisa y corriendo. Allí mismo, sentada en el banco, me eché a llorar. No podía contener las lágrimas. Era incapaz de verbalizar, ni siquiera mentalmente, lo que me pasaba, lo que sentía. No podía asumir mi debilidad, mi carencia de voluntad, mi ceguera.
¿Estaba sufriendo él? ¿Realmente sentía algo por mí? Me estaba volviendo loca. Otro tipo de locura, diferente de la que había sufrido un año atrás, pero locura, al fin y al cabo. «Tira de una puta vez el móvil, Eli —me repetía mi otro yo sin cesar—. Tira el puto móvil ahora».
* * *
Después de cenar, vino a buscarnos Joan con sus colegas de Vilanova.
Cuando preguntó si esperábamos a Arnau, se me puso la piel de gallina.
No. No lo esperábamos aquella noche. Y a mí me hacía falta tenerlo cerca.
Probablemente (no estaba segura) le confesaría lo que me pasaba.
Que tenía pánico a equivocarme. Le rogaría que me gritase, que me sacudiera por los hombros y me dijera que estaba zumbada; que, si no pasaba de Jonathan, mi vida se iría a la mierda.
—Vamos a tomar unas birras y después vemos qué pasa —sugirió Eva, que me cogió del brazo y me cuchicheó a la oreja—: Anímate, tía. Arnau vendrá mañana. Lo ha prometido.
A la una de la madrugada, cinco de nosotros, los más mayores, nos metimos en el coche de uno de los de Vilafranca y fuimos a una discoteca que había medio escondida en una vereda detrás de la gasolinera a la entrada de Coma-ruga.
Bailé con ganas. El volumen altísimo de la música me ayudó a aislarme de mis angustias, dudas y miedos.
En un momento dado, se me acercó un tipo.
Me explicó a gritos que trabajaba en un restaurante, que acababa de salir del servicio de cenas y que se había fijado en mí.
Que bailaba muy bien. Me invitó a una copa. Había nacido en Colombia.
—Eres muy bella —me dijo.
Eva se acercó donde bailábamos el colombiano y yo, y lo apartó de un manotazo cuando el tipo ya había puesto sus labios en los míos. Me asió del brazo con violencia y se me llevó hacia donde estaba el resto de la pandilla.
—Pero ¿tú estás tonta, Eli? ¿Qué haces con ese tío? ¿No ves que te dobla la edad? ¡Has bebido demasiado, joder!
Me rompí por dentro. Eva me acompañó al lavabo a vomitar. No podía dejar de llorar y le supliqué que volviéramos a casa.
* * *
Arnau envió un mensaje al móvil de Eva avisándole de que vendría con sus amigos a Sant Salvador en bici al atardecer y le proponía ir a cenar al Pizza Metro.
Y si no, como ellos lo harían igualmente, podíamos quedar allí mismo después de cenar.
Que tenía ganas de vernos y de que estuviéramos juntos un buen rato.
Eva dijo que OK a la cena en la pizzería, pero que iríamos nosotras dos solas y el resto de la pandilla se añadiría después.
Arnau envió tres manos aplaudiendo y un corazón.
La madre de Eva aceptó que cenáramos fuera si nos lo pagábamos nosotras.
Esther puso cara de pena, pero no se atrevió a pedir acompañarnos.
Me puse el top blanco y la falda corta, también blanca, que sabía que le gustaba mucho a Arnau.
Me hice una cola de caballo, muy tirante, y Eva me dejó sus pendientes de aro.
Cuando llegamos al Pizza Metro ellos tres ya estaban en una mesa.
Tanto a Eva como mí nos sorprendió (o decepcionó) que Arnau y sus dos amigos fueran con pantalones de chándal, camisetas y sudaderas por si refrescaba.
Habían venido en bici desde Calafell, y por eso no se debían de haber arreglado.
Aparentemente, no dieron ninguna importancia a la diferencia de look , pero advertí la desilusión en la mirada de Eva, que más tarde, aquella misma noche antes de dormir, me reveló su opinión sobre aquellos hermanos; para ella no eran igual que nosotros.
Dijo que se veía a la legua que tenían intereses diferentes y que lo sentía por Arnau, porque él sí que era más «de los nuestros» o al menos se había adaptado a «nuestro estilo», pero que aquella chica, Mireia, la había mirado mal un par de veces; como con desprecio, o con un punto de superioridad, y que a ella no le había gustado nada.
A mí, la verdad, aquellas pequeñeces me habían pasado por alto.
Lo pasamos bien en el restaurante; hablamos de muchas cosas y nos reímos.
Y es cierto que Arnau tuvo la misión de ejercer de puente entre sus colegas y nosotros durante toda la noche, pero lo hizo muy bien.
Y aunque Mireia se burló un par de veces de los pijos y de la tontería de algunos, yo en ningún momento pensé que se refería ni a nosotras ni a los de nuestra pandilla, a los cuales saludó muy amable cuando llegaron a la pizzería y fue empujando su bici con ellos por el paseo hasta el chiringuito que hay delante de Els Secallets.
Luego, la vi aceptando el cigarrillo que Joan le dio, y más tarde haciendo el tonto en la arena con uno de los de Barcelona.
Realmente apenas me di cuenta porque, tan pronto acabamos de cenar y nos reunimos con los otros, me dediqué a Arnau.
Anduvimos juntos y algo apartados. Él también empujaba su bici a mi lado, mientras me contaba cómo era la casa de los hermanos en Calafell y cómo era el ritmo que llevaban durante las vacaciones.
Me aseguró que añoraba nuestras citas y que pensaba en mí a todas horas.
—Te tengo en la cabeza todo el tiempo, tía. Te echo muchísimo de menos. Nunca había tenido esta sensación antes. Es muy fuerte.
—Menos mal que no te has ido lejos. A mí también me gusta estar contigo. No puedo imaginar cómo será el día que nos tengamos que separar.
—Ese día no llegará. Tenemos la suerte de vivir en la misma ciudad.
No nos sentamos en el chiringuito con los otros, sino en la arena, a la orilla del mar, rodeados de oscuridad.
Me dejó la sudadera que llevaba atada en la cintura y me pasó los brazos alrededor del cuello.
La música nos llegaba amortiguada junto al rumor suave del oleaje que nos mecía.
Yo deseaba sentir que aquel momento era mágico.
Y curativo. Quiero decir que aquello, la presencia de los brazos de Arnau alrededor de mi cuello, me tenía que salvar.
Yo quería ser salvada. Sentía que mi cordura dependía de aquellas sensaciones; de Arnau y yo, solos, ante el mar.
Aquella tenía que ser mi apuesta, mi decisión, mi realidad.
Aquel tenía que ser mi futuro, mi deseo, mi mañana.
Eli tenía que ser esa jovencita en la playa cubierta con la sudadera de su chico para no tener frío.
Nos despedimos de Arnau y sus amigos en el puente que separa el paseo de Sant Salvador del espacio natural de Les Madrigueres. Le devolví la sudadera a Arnau y nos dimos un beso en los labios.
—Mañana comemos juntos. Me hace una ilusión tremenda. Pol y Jordi tienen ganas de verte.
Volvimos por el paseo. Eva sugirió tomar una cerveza en Can 60, que todavía estaba abierto, pero yo le dije que prefería volver a casa. Esther se quedó con su hermana y los chicos de la pandilla.