El amor de Eli 2
71%

2

Pol se levantó el primero para su habitual baño matutino. Arnau y yo estábamos sentados a la mesa de la cocina y tomábamos un zumo de naranja.

—Te estábamos esperando —lo saludó Arnau.

—¿Ya estás aquí, Eli? Sí que sois madrugadores…

—Eli no ha encontrado su bañador de nadar. No sabe dónde lo ha guardado Marta y por no despertarla… —Yo me limitaba a mirar a Pol y sonreír. Seguíamos el plan tramado por Arnau—. He pensado que se podría poner el de mamá, aunque le vaya un poco grande.

—OK —dijo Pol haciendo una mueca de extrañeza—. Voy a ver si lo encuentro.

Arnau y yo reímos cuando Pol salió de la cocina. Le repetí que hubiera sido más sencillo decirle la verdad. Todavía se extrañaría más cuando viera que tampoco llevaba chanclas ni toalla. Pero Arnau se reafirmó en su estrategia:

—Todo irá bien, ya lo verás. Pol no le dará vueltas al asunto.

Así fue. Volvió con el bañador de la madre de Ar nau, yo me lo puse en el lavabo y salí descalza y con una toalla de su casa sin que él hiciera ni un comentario al respecto.

El día era perfecto. El mar estaba en calma.

No había gente en la playa. Fue un placer nadar.

Ni la falta de sueño ni los nervios de haber dormido juntos aquella noche nos afectaban.

Sexualmente, no había pasado nada, pero a Arnau no le había importado.

«Yo lo que quería era dormir contigo, no enrollarnos.

Si hubiera ocurrido, habría estado bien, Eli, claro, pero también ha sido fantástico así.

He dormido abrazado a tu cuerpo y al despertar ha sido como hacerlo dentro de un refugio», me había comentado.

Seguimos la rutina de nadar en paralelo a la playa desde la altura de la plaza hasta el bloque alto de apartamentos. Ir y volver, combinando crol y espalda. De vez en cuando, Arnau y yo nos buscábamos con la mirada, solo unos segundos, sin interrumpir el ritmo.

Al salir del agua le dijimos a Pol que nos quedaríamos un ratito más en la arena, y él se fue a preparar el café y el desayuno. Nos tumbamos en las toallas. Apenas hablamos. Simplemente nos mirábamos y sonreíamos.

Me repetía a mí misma que aquello era lo que me convenía.

Aquello era lo que tenía que desear y por lo cual tenía que luchar.

Para no perder a Arnau, para hacer más estrecha nuestra relación.

Al volver al apartamento de Eva, cogería el móvil y lo tiraría a la basura.

Mi objetivo debía ser enamorarme de Arnau y hacerle saber que lo necesitaba más que nunca.

Él me pasó la mano por el cuerpo, un poco imitando la primera caricia de la noche anterior.

Con aquella caricia, quería decir: «Estoy aquí, Eli. Estoy a tu lado».

Desayunamos con Pol y Jordi en la terraza. Arnau recibió un wasap de sus amigos de Calafell: le pasarían a buscar a las doce.

—¿No hay ninguno de vuestros colegas que busque habitación? —bromeó Jordi—. ¿Qué haremos ahora, acostumbrados a una presencia adolescente en casa?

—Puedo decirle a Eva que baje a vivir aquí —propuse.

—¡Ahórratelo, bonita! —Rio.

Arnau tenía ganas de presentarnos a sus amigos. Sugirió que a las doce, cuando vinieran a recogerlo, subirían un momento para saludarnos a las tres. En la puerta, nos despedimos con un beso en los labios.

—Ya no viviré aquí, pero no cambiará nada. Te lo prometo.

* * *

Eva y Esther acababan de desayunar cuando entré en el apartamento.

Eva me había cubierto (nada más levantarse, había anunciado a su madre que yo había ido a nadar con los vecinos) y se lo agradecí con un guiño.

Enseguida quiso acompañarme a nuestro cuarto para saber cómo había ido la noche en casa de Arnau.

—¿Lo habéis hecho?

—No. No era el momento —me sinceré—. Pero ha sido muy romántico.

—¿Romántico? ¿Solo romántico? ¿Con el tío que te gusta en la cama y solo ha sido romántico? No me lo puedo creer. ¡Era vuestra oportunidad!

Le dije que me iba a duchar y fui a buscar mi neceser al armario. En el lavabo, con el pestillo puesto, saqué el móvil de su escondite. ¿Qué debía hacer?

No podía dejar de pensar en los mensajes que no había oído.

Me herían y me intrigaban a la vez. ¿Habría más?

¿Por qué aquella insistencia enfermiza? ¿Por qué me los enviaba si sabía que me podían hacer daño?

Mi otro yo lo tenía muy claro: «Es una muestra evidente de abuso y acoso.

Te quiere hacer daño. Pretende que estés tan desequilibrada como hace un año.

Es una estrategia dominadora que no busca tu bien, sino tu alienación como persona».

Aun así, sostenía el móvil en las manos y no me sentía con fuerzas para volver a guardarlo.

Me puse los auriculares y pulsé para escuchar.

«No está bien lo que haces, Eli», me dije, pero ya lo estaba haciendo.

Eli, perdona que te moleste, pero me angustia tu silencio. ¿Estás bien? Envíame un wasap, por favor. Solo para decirme que todo va bien. Por favor .

Sé que estoy enviando a la mierda todas nuestras normas.

Sé que no tendría que grabarte mensajes.

Quedamos en que serías tú la que lo harías si lo necesitabas.

Lo sé. Pero estoy sufriendo mucho. ¡Ojalá estés bien en la costa, con tu amiga!

Pero… Pero ¿y si no es así? ¿Y si todo se ha complicado?

Solo un wasap, Eli. Solo un emoticono de cara sonriente, por favor…

Hoy el día está nublado. No sé si allí donde estás también. Quizás es solo eso .

Una tarde me comprometí a cuidar de ti, Eli.

Si he estropeado algo, he asumido la responsabilidad de arreglarlo.

No quiero hacerte daño, Eli, de eso puedes estar segura.

Si me equivoqué al principio, te he pedido disculpas un montón de veces.

Y lo continuaré haciendo. Siempre. Pero estoy saturado.

Saturado de sufrir por ti. Cualquier cosa que digas estará bien.

Pero necesito que lo hagas. No quisiera parecer histérico, pero estoy hecho polvo.

Me cuesta sacar fuerzas para sobreponerme.

Quizás el silencio es tu respuesta y ahora, recapacitando, lo entiendo…

Quieres silencio. Que te deje en paz. Y tienes todo el derecho, solo faltaría.

No voy a dejarte más mensajes, Eli… Perdóname.

Una vez más. Solo quería saber que estabas bien. Perdóname .

No había más mensajes nuevos. Eso significaba que había cumplido su palabra y había conseguido, en las últimas veinticuatro horas, no enviarme ni un mensaje más. A lo mejor no volvía a hacerlo; no dejaría ninguno más si yo no contestaba antes.

Ese era mi objetivo. Aquel silencio definitivo era hacia donde yo debía dirigirme (hacia donde me aconsejaba mi otro yo, que hablaba en nombre de todas las personas sensatas que me querían de verdad).

No sé si soy una persona débil o una chica rebelde.

* * *

Arnau subió a nuestro piso para presentarnos a Mireia y a Roc.

Entre los dos hermanos solo se llevaban un año de diferencia.

Nos cayeron bien. Mireia nos aseguró que la distancia entre su casa y Sant Salvador era una insignificancia, y que les haría ilusión conocer al resto de la pandilla y sumarse al grupo.

Arnau les había hablado de todos. Incluso, propuso Roc, más bajito y más tímido que su hermana, que alguna noche podríamos hacer una quedada de pandillas, la de Sant Salvador y la de Calafell.

Arnau ya tenía la bolsa preparada y se había despedido de su tío Jordi y de Pol.

La mujer que los cuidaba, a quien denominaban «tata», los esperaba en el coche y les dijimos adiós desde la terraza.

Arnau me lanzó un beso soplando en la palma abierta de la mano.

Habíamos quedado en vernos al día siguiente al atardecer, con la pandilla, y dos días después él vendría a comer a casa de sus tíos y yo estaba invitada.

«No va a cambiar demasiado. Arnau continuará siendo mi punto de apoyo, por mucho que ahora viva a unos kilómetros de distancia», pensé.

Me fui con Eva a tomar el sol a la playa. Más tarde, bajaron también su madre y su hermana. Después de comer, nos dedicamos un rato a la lectura, cada una en su cama.

—Arnau te envía un corazón —me informó Eva, que era incapaz de concentrarse en su libro e iba dando vistazos a la pantalla del móvil.

A mí también me costaba concentrarme en la lectura. De una forma extraña, el hecho de que Arnau no estuviera provocaba que me sintiera sola. Tenía una sensación de abandono. Quise hablar un rato con Eva, aunque fuera de tonterías, pero la tía se había quedado dormida con el libro en las manos.

Necesitaba ser escuchada, ser atendida. No estaba en mi casa, con mis cosas, mis amigas íntimas.

Me encontraba en un pueblo donde no había estado nunca, con una familia que no era la mía.

¿Era una excusa estúpida? Yo era una chica fuerte (mucho más fuerte que hace unos años, después de lo que había pasado), pero aun así en aquel momento me sentía perdida, desvalida, extraviada.

¿O no? ¿O era, como digo, una excusa estúpida?

Recuerdo que fue en aquel instante cuando empecé a equivocarme de verdad.

Marta estaba sentada delante de la tele viendo un concurso.

—Voy a salir a pasear un rato, Marta. No me apetece leer y tengo ganas de moverme.

—De acuerdo, cariño. Llévate las llaves, por si acaso.

Bajé la escalera sin evitar sentir un escalofrío cuando pasé por el rellano del apartamento donde, hasta hacía unas horas, vivía Arnau.

No fui hacia el paseo, sino hacia arriba. Después giré a la derecha y luego a la izquierda, como si quisiera perderme entre aquellas urbanizaciones similares, aburridas y, a aquella hora de la tarde, solitarias. Había cogido el móvil y lo llevaba en la mano.

Ya estaba muy lejos de la casa cuando lo encendí. No había mensajes nuevos: había cumplido su palabra. Era yo, si acaso, la que tenía que dar señales de vida. Pero hacerlo era un error. Ante mí se abría un abismo. Tecleé un mensaje de WhatsApp:

Puedes hablar ahora ?

Jonathan contestó el wasap enseguida:

Dame tres minutos y llámame, por favor .