El amor de Eli 1 #3
68%

1 #3

Mi mensaje lo tranquilizaría, evidentemente, pero a la vez sería como iniciar una conversación que, en el fondo, yo sabía que no era oportuna.

Un diálogo para el que no estaba preparada, o no sabía si lo estaba.

Cuando el teléfono se estaba poniendo en marcha estuve a punto de apagarlo.

Deseé que Eva acabara de pintarse enseguida y entrara en la habitación antes de tiempo, obligándome a esconder el móvil.

«Te estás engañando a ti misma, Eli», me decía mi alter ego .

Eva no entró. El móvil se puso en marcha.

Él había dejado tres mensajes más de voz.

«Cuidado, Eli —me advirtió mi alter ego —. Esta situación tiene la pinta de repetir los esquemas de la primera vez. Este tipo está obsesionado. No ha cambiado lo más mínimo. Te ha estado mintiendo en los últimos meses. Lo mejor sería tirar el móvil a la basura».

Mi corazón iba a cien por hora. Apagué el aparato y lo guardé sin escuchar los mensajes ni responder a los anteriores.

—¿Aún no te has vestido? —se extrañó Eva cuando regresó a su habitación.

* * *

Arnau notó enseguida mi nerviosismo.

—No tengas miedo —me dijo al oído—. Todo va a salir bien. Iremos a tu ritmo. ¡Mi cama es bastante grande para dormir cómodos!

Le regalé una sonrisa (aplaudiendo que malinterpretara aquello que me afectaba) y le estreché la mano.

La pandilla había decidido dedicarle a él la noche, porque sabían que se iba.

No se marchaba muy lejos, es cierto, pero cualquier excusa era buena para hacer una fiesta.

Fuimos al Pizza Metro a cenar y después el grupo se dividió.

Arnau nos invitó a unos cuantos a un gin-tonic en un chiringuito de la playa.

No me separé de él ni un minuto: andábamos juntos por el paseo y él me pasaba un brazo alrededor de los hombros; en el chiringuito, en la arena, siempre reclinados uno encima del otro.

Arnau nos prometió que no cambiaría nada durante la semana siguiente; que él vendría en bici desde Calafell y que su intención era que sus amigos también pudieran formar parte de nuestra pandilla.

Reímos y bailamos descalzos un rato. En un momento dado, Arnau soltó que él y yo queríamos estar solos y nos despedimos del grupo.

Atravesamos la playa hasta el mar. Él se remangó los pantalones para poder andar con los pies dentro del agua.

La luna lucía esplendorosa y nos llegaba en sordina el ruido de la gente y los locales del paseo.

De vez en cuando nos parábamos para besarnos.

—Tengo ganas de dormir contigo esta noche, Eli. Muchas ganas.

Yo no sabía qué pasaría más tarde. No sabía ni siquiera qué quería que pasara. No podía dejar de pensar en los mensajes de voz del móvil y en la extraña angustia que aquella insistencia me provocaba.

Nos sentamos en la arena, muy juntos. Arnau me pasó el brazo alrededor de los hombros.

Me preguntó si tenía frío, porque sintió que temblaba como una hoja.

Agradecí que no habláramos y nos limitáramos a admirar aquella luna brillante encima de nuestras cabezas.

Un terremoto emocional me sacudía por dentro.

Tenía ganas de gritar: «¡Arnau, ayúdame ahora!

¡No te separes de mí!», y a continuación revelarle los quebraderos de cabeza de los mensajes que se acumulaban en la memoria de un móvil que, en teoría, no existía.

Me preguntaba si sería capaz de sincerarme con Arnau y explicárselo todo, lo que hacía bien y lo que hacía mal; mis errores y mis aciertos.

Haciéndolo, sin embargo, perdería la exigua libertad y la rebeldía que había conseguido hacer mías las últimas semanas.

Confesándole mis miedos, volvería a ser la Eli desvalida e inútil del último año, el peor de mi vida.

—¿Lo has hecho alguna vez? —preguntó de pronto Arnau.

—¿El qué? —Inmersa en mis pensamientos, no tenía ni idea de lo que me preguntaba.

Él me miró a los ojos. No lo hizo divertido, ni siquiera excitado. Su mirada transmitía dudas, desazón y recelos.

—No —mentí.

* * *

Mientras entrábamos en silencio en el apartamento de sus tíos, imaginé que nuestros pasos eran una especie de cuenta atrás.

Quince, catorce, trece… Cuando él cerrara la puerta de su habitación sería el momento cero.

Y yo entonces le tendría que contar todo lo que pasaba, todo lo que temía.

Si no lo hacía, si decidía callar y tragármelo, quizá se produciría el desastre.

Arnau tenía la capacidad de convertirse en mi salvador, pero me tocaba a mí aceptar el papel de salvada.

Cuando fuimos a la cama, yo todavía no había abierto la boca.

—¿Nos quitamos la ropa? —preguntó él.

Yo solo tenía ganas de llorar. De manera egoísta, reclamaba que fuese él quien descubriera mi desconcierto y actuara en consecuencia.

—Aún tiemblas —constató—. Tal vez es mejor que nos quedemos en ropa interior, ¿no? De momento, vaya.

Asentí con la cabeza.

—Estoy muy nerviosa —reconocí.

—No pasa nada. Iremos a tu ritmo, ¿vale?

Liberada del vestido y las sandalias, me tumbé encima de la sábana llevando solo la ropa interior, y él se tumbó a mi lado.

Se giró hacia mí y me acarició el cuerpo, desde la cara a los dedos de los pies.

Lo hacía muy despacio. Era inexperto, se notaba; sin embargo, me tocaba con sensibilidad y respeto.

En aquel primer recorrido, evitó deslizar sus dedos por mis pechos ni entre los muslos.

Cuando su mano volvió a mi rostro, lo giró hacia el suyo y me besó dulcemente los labios.

—Te quiero, Eli —dijo.

«¿Por qué demonios ha tenido que dejarme tantos mensajes de voz? —pensaba yo—. ¿Por qué no es fiel a las intenciones que tantas veces ha pregonado y se queda tranquilo y en paz junto a su mujer y su hijo?».