1 #2
Solo podía esperar wasaps o mensajes de voz de una persona.
La única persona del mundo que sabía que tenía un móvil.
La única que tenía mi número. Y aquella persona había dejado tres mensajes, dos de texto y uno de voz.
Antes de leer los primeros y, como pasaba cada vez que ponía en marcha el móvil, tuve remordimientos.
Era consciente de que estaba actuando mal y de espaldas a todos aquellos que querían ayudarme.
Comprando el aparato a escondidas, estaba traicionando a mis padres y a la psicóloga.
Él me lo propuso y yo lo había aceptado.
A la mierda todas las recomendaciones y las terapias.
«A la mierda», pensé el último día que nos vimos y le pasé el número.
No me da miedo tener el móvil, ni que él pueda comunicarse conmigo, porque las cosas han cambiado mucho y yo me encuentro bien y cada día estoy más segura de mí misma.
Decidí que no me hacía ningún mal que mantuviésemos (aunque fuera en secreto) el contacto.
Él había insistido, es cierto: que si todo había cambiado; que ahora que yo estaba fuerte debía tomar mis propias decisiones; que tenía que ser valiente y pensar por mí misma…
Los dos valoramos qué camino tomaríamos y a qué cosas renunciaríamos.
Y los dos optamos por no apartarnos de nuestras vidas respectivas.
Él me propuso seguir en contacto, siempre en secreto, siempre de espaldas a los otros y sin dejar ninguna pista.
Me dijo que él, que era mayor y más maduro, sabía que nos teníamos que dar una nueva oportunidad.
Quizás olvidar cómo había empezado todo; porque él aceptaba que se había equivocado, pero que ahora éramos libres y nos merecíamos volver a intentarlo.
Después de aquel encuentro me planteé muchas dudas.
Como no podía hablar con nadie (era nuestro secreto), me inventé una interlocutora virtual.
Ella, ese personaje ficticio, me haría las preguntas que el resto del mundo no me podía hacer.
Y yo, la Eli real, las tendría que responder.
Al principio era un juego de locos (un juego que me había inventado yo, la que había estado bastante loca la última temporada de mi vida): una mujer (yo) me preguntaba a mí (también yo) todo lo que me pasaba por la cabeza.
Yo (la real) tenía que contestar a todas las cuestiones, sin obviar ninguna.
La primera que mi doble me hizo fue esta: «Tú, Eli, tienes solo diecisiete años.
Eres menor de edad. Este tipo tiene treinta y cinco.
¿No crees que puede haber cierto abuso de poder en la decisión de no perder el contacto?
¿No crees que él, que es un adulto, puede aprovecharse?
». Estaba convencida de que eso era lo que me habrían preguntado mis amigos, mis padres o cualquier psicólogo.
Después de largas conversaciones (monólogos) con mi otro yo, decidí que sí quería mantener el contacto con él y, por lo tanto, me decanté por el móvil secreto y que él tuviera mi número.
Consideré que aquel gesto de rebeldía era beneficioso para mí.
Durante meses me había visto sometida a voluntades que no eran la mía.
Había obedecido las órdenes, había tomado la medicación, había seguido las terapias y había respetado los consejos.
Me había anulado como mujer joven e independiente.
Había transigido en todo (también es cierto que mi salud física lo reclamaba), pero de pronto me sentía mejor y tenía ansias de libertad.
La nueva Eli, la reencontrada Eli, quería tomar de nuevo las riendas de su vida.
Leí los dos wasaps. El primero era solo una pregunta:
Cómo estás ?
El segundo eran dos preguntas:
No quieres decirme nada? Por dónde andas ?
Después me puse los auriculares para escuchar el mensaje de voz.
Eli, no sé nada de ti. Tal vez has tomado la decisión de evitarme.
No pasa nada, lo entiendo, pero me gustaría que me lo dijeras.
¿Estás todavía en ese pueblo de la costa en casa de tu amiga?
Sabes que no te presionaré con los mensajes.
Aceptaré cualquier decisión tuya, pero me angustia el silencio.
Estoy de vacaciones; quiero decir que no trabajo estos días.
Quizás es eso, que tengo mucho tiempo para pensar y me rayo un poco .
Aquí se callaba un rato largo y se le oía respirar.
Eli, no quiero abrumarte. Solo necesitaba oírte y que me confirmaras que estás bien. Cuídate .
Enseguida guardé el móvil dentro del neceser, tiré de la cadena del váter y salí. Eva me esperaba en la habitación.
—Mi madre dice que nos demos un baño antes de ayudarla a preparar la comida. ¿Te animas?
Bajamos a la playa con las toallas. Ni ella ni yo sugerimos invitar a Esther o a Arnau a acompañarnos: tenía que ser un baño breve, porque nos habíamos comprometido a cocinar.
—¿Te puedo comentar una cosa, Eva? Es solo una idea alocada, a ver qué te parece.
—¿Qué idea?
Nos habíamos bañado y nos secábamos tumbadas en las toallas.
—Estoy dudando si pedirle a Arnau dormir juntos hoy, antes de que se vaya a Calafell.
Eva se incorporó haciendo presión con los antebrazos y se quedó mirándome con la boca abierta. Con una mano se subió las gafas de sol para observarme directamente a los ojos.
—No lo sé, tía. Es un poco fuerte. Quiero decir que, aunque no estén sus padres, vive con sus tíos. Yo no sé si Arnau… Vaya. No lo sé. ¿Habéis hablado de dormir juntos? ¿Os lo habíais planteado, quiero decir?
—No.
—Pues no lo sé —repitió—. Quizás mejor si os enrolláis en la playa esta noche.
—Los tíos de Arnau son muy permisivos…
—Ya, pero son sus tíos. Yo no sé si… Quiero decir… Ya me entiendes. —Hizo una pausa sin dejar de mirarme—. ¿A ti te apetece irte a la cama con él?
—Sí. Y hoy sería la última oportunidad. A ver, solo estoy pensando en pasar un rato a solas tumbados en la cama. Un rato romántico de intimidad. A ver qué le parece a él.
—No lo sé, chica.
* * *
Por la tarde, después de comer, en lugar de echar la siesta, bajé al piso de Arnau.
Saludé a Pol (Jordi no estaba) y rehusé el café que me ofreció.
Arnau había empezado a preparar su bolsa para irse a Calafell al día siguiente y la tenía encima de la cama.
Le pregunté si tenía ganas de ir con sus amigos y él me dijo que sí, aunque ahora todo era diferente.
—He estado pensando en llamarles y decirles que no iba, que prefería quedarme aquí. Ya me inventaría alguna excusa. Para mis tíos no sería ningún problema que me quedara. Pero no lo sé.
—¿Qué es lo que no sabes?
—No sé si es buena idea.
Me senté en la cama, junto a la bolsa a medio preparar. Arnau apoyó su espalda en la pared y se quedó de pie. Llevaba una camiseta y unas bermudas, e iba descalzo. Arnau tenía los pies muy bonitos.
—Estoy confundido, Eli —reconoció.
No dije nada, esperando a que fuese él quien empezara a hablar. Pero no lo hizo. Al cabo de unos segundos insistió:
—Estoy hecho un lío, Eli.
—¿Quieres que cenemos juntos hoy? Comemos un bocata en alguna terraza y después nos reunimos con la pandilla. O no. Como tú quieras. También había pensado que podríamos…
—¿Lo sabe Eva? —me interrumpió Arnau.
—¿El qué?
—Que él era tan mayor, y que estaba casado y tenía un hijo.
—No. Bueno, no estoy segura. Yo no se lo he contado.
¿Puedo hacerte una pregunta: que te quedes o te vayas depende de si Eva lo sabe o no?
Es que no te entiendo, Arnau. Lo que te quita el sueño pertenece al pasado, te lo he dicho muchas veces.
Soy otra persona. Tú has conocido y hablas con la Eli de ahora, no con la de antes.
Arnau bajó la cabeza, sin ninguna intención de contestar a mis reproches.
Pensé que quizá no era buena idea sugerirle dormir juntos, al menos hasta que se aclarara.
Me parecía que estaba siendo injusto conmigo; aunque tampoco yo era sincera con él.
Lo que yo necesitaba era que él apostara firmemente por nuestra relación y me lo pusiera todo fácil.
Aquel pensamiento era egoísta por mi parte, pero estaba convencida de que la actitud de Arnau podía ser clave para solucionar las cosas.
—Esta historia tuya me sobrepasa, Eli… No sé qué pensar ni cómo actuar.
Le hice un gesto con la mano para que se acercara a la cama. Lo hizo. Nos quedamos sentados, el uno al lado del otro, con las manos entrelazadas.
—No sé cómo ayudarte… —murmuré.
—Es complicado —reconoció—, pero quiero confiar en ti. Necesito confiar en ti.
—¿Qué puedo hacer?
—Explicármelo todo.
—¿Explicarte el pasado? ¿Y qué vas a hacer con lo que ya es pasado, algo que ya está muerto? Creo que deberías confiar en mí ahora, en el presente. Yo soy la que has conocido. Lo demás es una historia de una Eli antigua. Tú no la conociste.
Asintió con un cabezazo y me miró en los ojos.
—Tienes razón. Soy un idiota. —Luego, me sonrió—. Un idiota romántico.
—Te quiero proponer una cosa. No sé qué va a parecerte… —Hice una pausa durante la cual él se limitó a mirarme expectante—. ¿Por qué no dormimos juntos hoy? Aquí, en tu habitación.
Arnau se me quedó observando fijamente mientras se le dibujaba una sonrisa que fue incapaz de disimular.
—¡Me encantaría! —dijo finalmente y acercó sus labios a los míos—. Aunque es mejor que mis tíos no se enteren. Si volvemos tarde, ellos ya estarán en la cama y ni se darán cuenta de que te quedas aquí.
* * *
Después de cenar, mientras Eva estaba en el lavabo pintándose para salir, eché un vistazo al móvil.
Lo puse en marcha solo para pensar, durante la operación, si sería mejor escribirle y decirle que estaba bien y que intentaría llamarle un día de estos; que era complicado hacerlo estando en casa de mi amiga (que sí, que todavía estaba con Eva) fingiendo que no tenía móvil; que no se preocupara.