El amor de Eli 1
61%

1

La madre de Eva entró en la habitación pasadas las diez de la mañana.

—Es lo que pactamos, ¿no? —dijo la mujer después de escuchar las quejas de Eva desde la cama—. Podéis salir por la noche y volver a la hora que queráis, pero a las diez de la mañana tenéis que estar levantadas.

—Oh, mamá…, un ratito más, please …

—Ni plis ni plas. A la ducha y a vestirse deprisa, que tenéis que acompañarme al Lidl.

* * *

La noche anterior habíamos celebrado el cumpleaños de Raúl, todos los de la pandilla.

Nos invitó a una ronda en Can 60 (lo pagó todo él) y llenamos prácticamente la terraza entera.

Después fuimos a sentarnos en la arena, a la orilla del mar.

Los más íntimos le habían hecho regalos; los demás nos habíamos limitado a poner diez euros en el bote para comprar botellas de alcohol y de refrescos, y un arsenal de bolsas de patatas fritas, Cheetos y otras porquerías.

Estuve todo el rato junto a Arnau, pero me integré en las conversaciones de la pandilla, reí cuando tocaba reír y hasta bailé.

Arnau no. Él no se preocupó en disimular su incomodidad desde la conversación que habíamos mantenido por la mañana, los dos solos en la playa.

Había sacado el tema él y yo, por primera vez, me sinceré.

Solo un poco, y aun así, con lo que le revelé tuvo suficiente.

No hizo muchas preguntas, pero lo poco que supo lo dejó de malhumor, o preocupado, o desilusionado; no lo sabría definir.

Y eso que yo me había esforzado en quitar hierro al asunto.

Le dije que estaba superado, que las cosas eran diferentes ahora y que no le diera más vueltas al tema.

Que ya no había nada que hacer. «¡Ostras, tía, es que te doblaba la edad!

Tenía familia… Es muy heavy ». Sí, reconocí, pero aquello ya pertenecía al pasado.

Ni aquel hombre ni las circunstancias que nos rodearon tenían nada que ver con mi vida actual. Mentí, está claro.

Raúl estaba eufórico y se animó enseguida.

Habían subido el volumen de los altavoces hasta que unos adultos nos llamaron la atención y dijeron que o apagábamos la música o llamaban a la policía.

Conocían a la madre de Eva y miraron a las hermanas con acritud.

Eva, muy educada, les pidió disculpas y, a pesar de las protestas, nos obligó a movernos y buscar un lugar en la playa alejado del paseo y de los vecinos.

Arnau me tomó por la cintura mientras cambiábamos de campamento andando por la arena, descalzos y con los zapatos en las manos.

—¿Qué piensas? ¿Estás preocupado? —le pregunté.

—No puedo dejar de pensar en ello —reconoció.

Me dijo que era una situación extraña para él. Que era la primera vez que se enamoraba de verdad, me confesó, y que sentía por mí cosas que nunca había sentido por nadie. Según él, eso justificaba que se hubiera quedado tan impactado y yo debía entenderlo.

—¡Joder, tía! Eres mi primer amor. ¿Sabes qué quiero decir?

El primero auténtico, porque antes solo había tonteado, ligues intrascendentes.

Y ahora que siento esto y compruebo lo guapo que es y el buen rollo que da, resulta que descubro que la tía que me gusta se había enrollado con un tipo mucho mayor, casado y con hijos, y…

—Yo no te he dicho que nos hubiésemos enrollado, Arnau —le interrumpí.

—¡Pero me lo imagino! ¡Que después estuviste fatal! ¡Que incluso tuvieron que ingresarte!

—La verdad, pienso que lo estás magnificando. Y te repito que es agua pasada y que ahora todo ha cambiado. Yo también tengo sentimientos hacia ti que no había sentido antes por nadie…

—No puedo compararme con un tipo de treinta y cinco años, tía… —me interrumpió esta vez él.

—Yo no te he comparado nunca con él.

Pero sí lo hacía, claro. Constantemente. Desde hacía una semana y media. Desde que había conocido a Arnau. Y desde que el otro había vuelto a mi vida.

* * *

Recorrimos los pasillos del Lidl de Calafell bajo las órdenes de la madre de Eva y era yo, más que su hija, la que le hacía caso y cogía los productos que pedía y la que sugería qué comprar mientras ella improvisaba mentalmente las comidas de la semana.

Desde el primer día intenté no ser una molestia en la vida de aquella familia que tan amablemente me estaba acogiendo durante un mes.

Ellas enseguida se dieron cuenta de que yo estaba dispuesta a colaborar en todo, y que al final era más una ayuda que un estorbo.

Hacerlo era algo natural para mí. Desgraciadamente, me había tocado actuar así muchas veces en la vida y estaba acostumbrada.

Solo hacía un año que conocía a Eva, desde que íbamos a la misma clase, pero habíamos congeniado a fondo.

Cuando me incorporé al instituto en septiembre, después de mi baja de un año entero, Eva me había acogido con los brazos abiertos.

Mi historia secreta (mi desaparición repentina y larga del centro) le llamaba la atención.

No sabía qué me había pasado exactamente, pero intuía que tenía que ser algo grave.

Y eso, esa diferencia, esa peculiaridad, le resultaba fascinante.

Eva era así: le gustaba rodearse de personas especiales, de personas que sobresalían por algún motivo.

Iba con los chicos más vivarachos y embaucadores; sus amigas eran las chicas más populares del instituto.

Era muy extravertida y le gustaba ser el centro de atención, pero más por lo que le aportaba la gente de la que se rodeaba que por ella misma.

Presumía de sus amigos y amigas. Presumía del hecho de que, precisamente ellos y ellas, fueran sus amigos.

Tenía un montón de contactos y relaciones, daba buena imagen en las redes sociales.

Que mis padres tuvieran pasta era un punto a mi favor, pero no tanto como para ser la razón de que apreciara mi amistad y mi compañía sinceramente.

Fue la historia de mi internamiento en un centro (posterior a un episodio de acoso) lo que hizo que se acercara a mí ya el primer día del curso.

«Me tendrás siempre a tu lado, Eli. No te quepa ninguna duda». Y así fue.

Mientras salíamos del supermercado, Eva le contó a su madre que al día siguiente Arnau se iba de casa de sus tíos.

—¿Vuelve a Barcelona? —preguntó la mujer.

—No. Viene aquí, a Calafell. Pasará una semana en casa de unos amigos. Sus padres todavía están de viaje.

—Así podréis continuar viéndoos —comentó su madre mirándome a mí.

—Sí. Esta pequeña distancia no conseguirá romper la parejita —dijo Eva riendo.

Aquella madrugada, cuando volvíamos a casa, había hablado de eso con Arnau.

A aquella hora ya se le había pasado un poco el malhumor y reía y hacía bromas.

En el fondo, yo estaba convencida de que aquel distanciamiento de unos pocos kilómetros le vendría bien a nuestra relación.

Él se distraería conviviendo con sus amigos y estaría a un paseo en bici de Sant Salvador, para ir juntos a bañarnos o quedar con la pandilla.

Además, yo necesitaba relajarme. Sufría la presión de vivir en una casa que no era la mía, con una familia que no era la mía y sabiendo que en el piso de abajo vivía el chico con quien estaba iniciando una relación que, por fin, era «normal», como las que tenían las chicas de mi edad, y que evolucionaba como debían de hacerlo todas las relaciones que mantenían ellas con sus enamorados.

Sabía que tenía que apostar por una relación como esta: natural, sin complicaciones, sin juicios, sin trabas.

Tenía que acostumbrarme (o aprender) a querer como lo hacía todo el mundo.

Y Arnau era la persona ideal para experimentarlo.

Un chico tierno, inexperto, ilusionado, que, además, tenía inquietudes intelectuales y creativas.

Arnau era el chico que me podía hacer feliz y que me podía ayudar a aclarar mis dudas, a rectificar mis errores y equilibrar mi deteriorado sistema nervioso.

—Te ayudaré en todo lo que pueda, Eli. Quiero apostar para que lo nuestro funcione. Me tendrás cerca para superar toda esa mierda.

Le di las gracias antes de despedirnos con un beso largo a las puertas del edificio mientras esperábamos a que llegaran Eva y Esther.

Después subimos por la escalera en silencio y solo nos dimos las buenas noches.

En la habitación, ya en la cama y admirada una vez más por la velocidad con que se dormía Eva, resonó en mi cabeza la última frase de Arnau: «Superar toda esa mierda».

«Esa mierda» había complicado mi vida, sí, por supuesto.

Había torcido mi camino; había retrasado el ritmo normal de mis estudios; había frenado en seco el contacto con mis amistades y con mi familia.

Esa mierda lo había cambiado todo. Me tuvieron que ingresar, medicar y psicoanalizar, porque afectó a mi salud mental.

Me hizo vulnerable, miedosa. Disminuyó mi autoestima, me coartó la libertad.

Me dejó hecha polvo. Me anuló, me hizo dudar de mis propios razonamientos, de mis propios deseos.

Sin embargo, aun así, me dolía que alguien dijera que aquello había sido una mierda.

Nadie, ni siquiera Arnau, que no sabía nada y que, según él, me quería, tenía derecho a decir que aquello había sido una mierda.

En todo caso, yo era la única que podía utilizar aquel término para definir lo que había vivido.

Y yo no lo usaría nunca.

* * *

Cuando volvimos del Lidl y mientras Eva y su madre guardaban en los armarios y en la nevera lo que habíamos comprado, fui al dormitorio, cogí el neceser y me encerré en el baño. De pasada, vi que Esther estaba en la terraza mirando el móvil y la saludé con la cabeza.

Abrí el estuche donde escondía mi móvil. Estaba apagado, como siempre. Lo puse en marcha, tecleé el pin y aguardé a que se actualizaran aplicaciones y mensajes. Antes que nada, puse el aparato en silencio.