5 #4
Eli estaba guapísima con su bañador y el pelo recogido en una cola de caballo.
Si el día anterior al muchacho le costó nadar por los pensamientos que le atormentaban, aquella mañana fue todo lo contrario.
Sentía que controlaba la situación y que disfrutaba del momento, y el cuerpo le respondía: hacía largas y rítmicas brazadas, y se desplazaba veloz en el agua.
De vez en cuando, prestaba atención y escuchaba el ruido de las brazadas de Eli, que nadaba en paralelo sin desfallecer.
Enseguida acompasó la respiración a los movimientos y pensó que habría podido nadar una docena de kilómetros.
Al llegar a la altura del edificio alto, Arnau hizo un gesto a su compañera para regresar. Después estuvieron un buen rato más en el agua, nadando poco a poco a braza, siempre siguiendo el reflejo del sol como le gustaba hacer a él.
—Podríamos seguir la estela de la luz del mar hasta el horizonte.
—Yo prefiero echarme un rato en la arena —le dijo él.
Se acercaron a la playa poco a poco, dejándose acariciar por el sol y disfrutando del silencio.
Era una sensación maravillosa y especial, porque era compartida.
«Quiero que la vida sea siempre esto —pensó el joven—.
Aquí y con ella. No quiero nada más». La piel mojada de Eli resplandecía al salir del agua, y Arnau sintió la necesidad imperiosa de acariciarla, y lo hizo, en el cuello, los hombros, la espalda, mientras se dirigían a las toallas.
Se estiraron bocabajo y se quedaron con las cabezas apoyadas en los antebrazos, mirándose, sin decirse nada.
Las gotas de agua brillaban en la frente y las cejas de Eli, y el chico descubrió una firme convicción en su mirada.
«Ella también quiere estar aquí, conmigo, sin nadie más», se dijo.
A Arnau le hubiera gustado poder pronunciar un «Te quiero» en aquel instante, pero no se atrevió. No lo había hecho nunca.
—¿Cuándo te vas a casa de tus amigos? —preguntó Eli.
—Pasado mañana. Pero están en Calafell, aquí al lado. Podremos continuar viéndonos cada día. Mis amigos te van a caer muy bien, ya lo verás. Incluso podremos quedar para nadar por la mañana. Vendré en bici. Es un momento.
—OK.
Eli acarició dulcemente el pelo de Arnau. Dejó que sus dedos se enredaran entre los mechones mojados y después cerró los ojos. La serenidad de aquella estampa, de aquel gesto congelado, llegaba para quedarse para siempre en el recuerdo de Arnau; él también cerró los ojos para retener la imagen.
—Ayer hablé con Eva —dijo Eli—. Se ve que Esther le confesó que te ha estado calentando la cabeza con mis historias. Eva opina que por eso te enfadaste.
—Un poco sí —admitió Arnau—. Pero si no quieres, no hay que hablar de eso ahora.
—Sí que quiero. A mí también me cabrea que te molestaras por los cotilleos de Esther. Eva me dijo que su hermana está arrepentida. Bueno, solo un poco, la verdad —añadió sonriente.
—Yo esperaré hasta que tú me lo quieras contar. Cuando estés preparada, yo te escucharé.
—No hay demasiado que explicar. Cometí un error, y lo pagué.
—¿Qué error? ¿Verte con tu acosador?
—Sí. Supongo que sí.
—Entonces, Esther no mintió. Me aseguró que os habíais visto sin que nadie lo supiera. Y que por culpa de ese contacto enfermaste.
Eli no replicó al comentario. Observaba fijamente a Arnau con aquella mirada tierna y firme a la vez
—¿Fue así, entonces? —quiso saber el joven.
—Imagino que sí.
—¿Te hizo daño? —se atrevió a preguntar él.
—¿En qué sentido lo preguntas? Daño físico, no. No me pegó ni me violó ni nada de eso. Pero sí que me hirió, vistas las consecuencias.
—¿Maltrato psicológico? —sugirió él.
La joven se dio la vuelta y se puso boca arriba. Tenía los ojos abiertos y miraba el cielo azul de aquel día radiante.
—Es complicado, Arnau. A lo mejor me equivoco cuando digo que me hizo daño. Quizá me lo hice a mí misma, porque estaba débil, y angustiada. Estaba en baja forma…
—¿Él se aprovechó? —la interrumpió el chico.
—Tampoco lo sé. Puede que él no tuviera la intención de hacerme sufrir ni de causarme ningún dolor.
No obstante, el resultado fue lamentable, sí.
Es muy complicado —repitió—. El caso es que los médicos me ayudaron, y mis padres también, la verdad.
Tocaba superarlo y lo estoy consiguiendo.
Vuelvo a encontrarme con la Eli de siempre, no la de aquella época. Una Eli perdida, insegura, nerviosa.
Arnau se quedó unos minutos en silencio, observando el perfil de aquella chica valiente que había conseguido dejar atrás un trauma y que ahora estaba con él en la playa, serena, dejando que el calor le acariciara el rostro. Sin embargo, no pudo resistirse a continuar preguntando:
—¿Y él?
—¿Él qué? —preguntó a su vez Eli girando la cabeza hacia la derecha para mirarlo.
—Quiero decir… ¿No le pasó nada? ¿Sigue haciendo su vida? ¿No tuvo problemas?
Algo cambió en la expresión de la muchacha. Arnau lo descubrió enseguida. Fue como si se apagara una luz. La mirada perdió intensidad. Las cejas se le contrajeron un poco. El cambio fue sutil, pero alarmante. El chico se incorporó levemente haciendo presión con los antebrazos sobre la toalla.
—Él se quedó con su mujer y su hijo —murmuró Eli.