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—Quizá precisamente por eso no puede hacerlo todavía.
Porque le duele, o no lo ha superado. Ni tú ni yo sabemos exactamente qué experiencia traumática ha vivido.
Hay gente que tarda en recuperarse. O que anda con pies de plomo para que la historia no se repita, ¿sabes lo que quiero decir?
Pienso que no tienes que precipitarte y que, si realmente sientes algo especial por ella, algo que nunca antes habías sentido por nadie, entonces tienes que respetarla y acompasar tus tiempos a los suyos.
Arnau hubiera querido sincerarse más para poder criticar abiertamente el papel que había jugado Esther, pero no podía hacerlo sin revelar las conversaciones que habían mantenido.
Viéndose a sí mismo desde el punto de vista de Pol, se sentía un imbécil descomunal dejándose influir por aquella cría celosa, vengativa y tóxica.
Mientras esperaban los postres, Arnau le dijo a Pol que había cambiado de idea y que quería enviar una de las fotos a Eli.
A su móvil inexistente no, está claro, sino al de Eva.
Eligieron una en la que salía más vivaracho, de pie junto a una estatua femenina, y la respuesta no tardó al llegar: tres corazones.
—Deben de ser uno por cada una, Eva, Eli y Esther —interpretó, poco animado, Arnau, y Pol se rio y le dio un golpecito amistoso en el pecho.
Pero un segundo mensaje llegó a continuación:
De parte de Eli !
Después de comer, fueron a la galería del amigo de Pol, que no resultó ser una sala de arte sino una especie de tienda de regalos donde se exponían las cerámicas del artista.
Pol le había enviado un wasap anunciándole su visita y Alejandro, que así se llamaba el tipo, vivía en Sitges y le dijo que iría a verlos y a mostrarles las piezas en persona.
Así lo hicieron, y después fueron a tomar un helado a una terraza del paseo.
Alejandro hablaba sin complejos de su vida sentimental y sexual, siempre con tíos y bastante promiscua. Arnau a veces no sabía qué cara poner.
—¡Córtate un poco, Ale, tío! ¡Que Arnau es menor de edad!
—Pues que vaya aprendiendo, ¿no, chaval? ¡La vida puede ser tan placentera como asquerosa! Yo salí del armario y me prometí que nunca más volvería a entrar, ¿sabes qué quiero decir? Por eso no me corto ni un pelo. ¡Y a quien no le guste, aire!
Jordi llamó al móvil de Pol para quedar en el cine de El Vendrell e ir a la sesión de las ocho. Ya tenía la película elegida.
—Dice que es una finlandesa, existencialista, y en versión subtitulada.
—No me lo creo —dijo Arnau—. En esos cines solo pasan pelis dobladas y taquillazos.
—También tienes razón… No me ha querido decir cuál es. ¡Sorpresa!
La verdadera sorpresa fue llegar al multisalas y encontrarse no solo a Jordi, sino también a Eli y a Eva haciéndole compañía.
—Las chicas han querido sumarse a la fiesta —dijo Jordi.
Y Arnau se alegró.
—¿Y el cumpleaños de Raúl?
—Lo ha pospuesto para mañana —explicó Eva—. Se ve que, de improviso, se han presentado sus abuelos y sus tíos de Igualada para felicitarlo e invitarlo a cenar.
—Ya es mala suerte —murmuró Arnau.
—O no —se apresuró a decir Eli, y le guiñó un ojo.
Después de la peli, un thriller a la americana que, según Arnau, se parecía a todos los thrillers americanos que existían, se sentaron en una terraza para tomar un burrito mexicano y unos nachos con guacamole.
Charlaron por los codos y rieron con ganas.
Eva sentía curiosidad por conocer las interioridades de una pareja gay consolidada, y a pesar de que Pol le recriminaba que era una cotilla, Jordi, muriéndose de risa, charlaba como una cotorra y exageraba las cosas como si estuviera contando chistes.
Como revancha, él quiso saber cómo era la vida sexual de una chica tan jovencita como ella, y Eva le dijo que no fuera un viejo verde como Julio San Fernando; y eso dio pie para hablar de Julio y otros vecinos de Sant Salvador.
Arnau apenas decía nada, porque estaba encantado compartiendo aquel rato con Eli, que estaba sentada a su lado, y que, de vez en cuando, le cogía la mano y reía tanto como los otros.
Arnau pensó que el mundo era complejo: el día anterior se sentía la persona más infeliz del mundo y hoy, en cambio, era un tipo afortunado que disfrutaba de la vida.
Le entraron ganas de coger el cuaderno en el que escribía el guion de la película del verano que estaba pergeñando para contrastar lo que había escrito con lo que escribiría aquella noche.
Desde fuera, un futuro espectador podría pensar que aquel cambio de humor del relato era inverosímil, un recurso del autor para dar ritmo al filme, pero él podía asegurar que la realidad había ido de aquella manera y que aquello no era una fantasía de ficción, sino una verdad sorprendente de la vida.
Cuando llegaron a casa, Eli le preguntó a qué hora irían a nadar al día siguiente.
—Yo mañana no iré —anunció Pol, sin dar más explicaciones.
—OK. Entonces, ¿quedamos tú y yo, Arnau? ¿A las nueve?
—OK. A las nueve —dijo él, y recibió un beso en los labios que, en aquel momento, no esperaba.
* * *
Arnau recordaría aquellas horas de la mañana siguiente como las más mágicas de su vida.
Como siempre, la playa estaba vacía salvo por una pareja de jubilados y un individuo leyendo en la arena.
El mar estaba tranquilo, el sol empezaba a brillar y la temperatura era muy agradable.
Eli le propuso nadar primero y después quedarse tumbados un rato.
—Si ahora nos apalancamos, ¡después nos dará pereza nadar!