El amor de Eli 5 #2
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—Surgió un imprevisto y no pude avisarte —dijo la chica dirigiéndose a Arnau—. Mi madre me llamó para pedirme que fuera a visitar a una amiga suya que vive en Llorenç del Penedès. Me llevó la madre de Eva.

—¿Y no les podías haber dicho a las hermanas que me lo dijeran? Te estuve esperando toda la noche.

—Es que no pensaba quedarme tanto rato. La señora me tenía que acompañar a Sant Salvador antes de las nueve, pero al final me invitaron a cenar y me trajeron mucho más tarde.

Arnau sacudía los brazos y las piernas antes de entrar en el agua y no hizo ningún comentario. Eli dijo que sentía mucho haberle hecho perder el tiempo, y Pol dio la conversación por acabada.

—Aclarado todo, ¡ahora toca nadar!

Mientras braceaba, el joven no podía dejar de pensar en el wasap de Esther. Y, según su parecer, no ayudaba la actitud de Eli, que no se mostró nada afectada por las recriminaciones que él le hizo: la chica se limitó a justificar lo que había pasado sin darle importancia.

No se detuvo ni un momento para comprobar si Eli los seguía o si alguno de ellos se desviaba de la ruta habitual.

El ritmo constante y el ruido de las brazadas sucesivas hacían de barrera contra todo lo que le atormentaba y no quería ni imaginar.

No sabía nada de Eli. No podía juzgar su actitud ni su comportamiento.

No podía saber si le mentía o decía la verdad.

No sabía interpretar sus emociones. Era consciente de que nunca había experimentado lo que sentía por ella, pero lo cierto era que apenas la conocía.

En cualquier caso, reflexionó, muchas de sus inquietudes seguramente eran injustifi- cadas porque provenían de la maldad de Esther, de sus historias y sus wasaps cargados de crueldad y ansia de venganza.

Y si, en el peor de los casos, lo que le había revelado Esther tenía algo de cierto, lo único que debía hacer era olvidarse de Eli y esforzarse en minimizar los quebraderos de cabeza que lo trastornaban.

Eso haría, se repetía a cada movimiento de brazo concentrado en nadar a crol: pasar de ella, hacer como si no existiera, procurar que no interfiriera en su vida.

Si la chica tenía problemas, ella se los había buscado y él no tenía nada que ver con ellos.

Cuando se dio cuenta de que había llegado a la altura del edificio alto de siempre, Arnau buscó la cabeza de Pol, por si ya había dado media vuelta para iniciar el camino de regreso. A su lado, sin embargo, a pocos centímetros, se encontró con el rostro de Eli.

—¿Dais la vuelta aquí?

Arnau asintió, pero no hizo el gesto de ponerse a nadar. Eli también se quedó quieta, moviendo los brazos para flotar.

—¿De verdad que estás enfadado?

—¿Yo? No.

La expresión de la chica había cambiado ahora que estaban solos. A pesar de tener media cabeza bajo el agua, Arnau la notó compungida, como si admitiese su error, como si se avergonzara de su comportamiento.

—Va, regresemos —dijo él antes de empezar a nadar.

Pero ¿qué comportamiento? ¿El que había tenido con él?

¿El que mantenía con su acosador que la visitaba incluso cuando estaba de vacaciones en casa de unas amigas?

¿De qué demonios se avergonzaba? Arnau intuyó que no podría continuar nadando si pensaba en estas cosas.

Físicamente se estaba resintiendo; el malhumor le rompía el ritmo de la respiración y le empezaban a doler los gemelos, como si tuviera calambres.

Se detuvo un segundo y después retomó el ejercicio intentando no pensar en nada.

Pol los esperaba en la arena, se estaba secando con la toalla.

Arnau fue el último en salir del agua y se quedó un rato más, mirando el sol y el reflejo que provocaba sobre el débil oleaje.

Por el rabillo del ojo, veía cómo Eli y Pol conversaban en la arena, envueltos en sus toallas.

No había sido buena idea venir con ella a nadar, pensó Arnau.

Le había cortado el rollo y no lo dejaba disfrutar del momento.

La playa estaba silenciosa, la temperatura era ideal, pero en su interior los nervios y la agitación lo roían, sensaciones que iban del desprecio a la decepción.

No, no hubieran tenido que avisar a Eli aquella mañana.

—¡Va, tío, vamos a desayunar! —Oyó que lo llamaba Pol.

Él, desde el agua, les hizo un gesto con la mano.

—¡Id tirando! ¡Yo me quedo un rato más! —gritó, y enseguida dio la vuelta de nuevo hacia el horizonte para nadar a braza lentamente, siguiendo la estela del sol sobre el mar.

Contó cien brazadas y por fin giró para regresar a la playa.

Con sorpresa descubrió que Eli lo esperaba, con los pies en el agua; Pol se había ido.

Nadó a crol hasta donde ella se encontraba.

Se había envuelto la toalla alrededor del cuerpo y, de vez en cuando, se agachaba para recoger alguna concha.

Arnau decidió que no tenía ganas de hablar con ella.

—Siento que estés enfadado conmigo —le dijo Eli mientras él se secaba—. No era mi intención hacerte perder el tiempo.

—No te preocupes. No tengo ganas de hablar de eso ahora…

—No tenía móvil para poder avisarte. No me sé ni tu número y…

—¡Ya sé que no tienes móvil! —le gritó Arnau sin poder reprimirse—. ¿Y yo qué culpa tengo de eso? ¡No lo tienes por culpa de otro, joder!

Eli se quedó paralizada y no supo qué decir. Arnau notó su azoramiento y pensó que debía excusarse, pero no le salió. La chica carraspeó, como si fuera a decir algo, pero tampoco lo hizo. Aquel mutismo enfureció aún más al muchacho.

—Me escondes cosas, Eli, lo sé. Me dijiste que necesitabas tiempo e ir a tu ritmo, sí, pero ¡toda esta mierda me afecta a mí, a mi tiempo, y a mi ritmo!

—¿Por qué me hablas así? —Se volvió ella.

—¡Porque juegas conmigo, tía! ¡Evitas contarme cosas, y te importa tres pitos si me afecta o no!

—No tienes derecho a…

—¿A qué? ¿A qué no tengo derecho? —se precipitó él, enfurecido—. ¿Tú tienes derecho a no ser sincera y yo no tengo derecho a molestarme? ¿Cuál es mi papel? ¿Callar y esperar sin protestar? ¿Estar disponible cuando la señora quiera acariciarme la mano? ¿Cuando a la señora le apetezca ir a nadar?

Eli lo miraba furiosa y enseguida hizo el gesto de dirigirse hacia donde habían dejado las chancletas. Arnau la detuvo reteniéndola violentamente por el brazo.

—Sé cosas, Eli. He sabido cosas de ti que seguramente todo el mundo sabía menos yo, y me siento un pringado, porque debería haberme enterado por ti, pero tú no eres capaz de contarme nada.

—¿Qué cosas? ¿De qué demonios hablas?

Arnau no contestó. La observó con rabia, sin soltarle el brazo. Ella, finalmente, se libró de un tirón. Recogió sus chancletas y salió a la carrera hacia el paseo.

* * *

Viendo a Arnau tan aletargado, Pol le propuso ir a buscar el coche y pasar el día fuera, donde él quisiera.

Podrían visitar algún pueblo o buscar alguna actividad por internet, o ir a comer a algún sitio especial o bañarse en alguna playa.

Arnau se encogió de hombros y le dijo que le era indiferente, que no se preocupara por él, que ya se le pasaría.

—Hoy no tengo nada que hacer —insistió Pol—. O sea que me apetece pasar el día fuera.

Finalmente eligieron ir a Sitges. A Pol le apetecía ir al museo del Cau Ferrat y aprovechar para visitar la exposición que un amigo suyo, ceramista, tenía abierta en una pequeña galería del pueblo.

Cogieron los bañadores por si acaso, a pesar de que la finalidad de la salida era cultural.

Arnau aceptó la propuesta sin apetecerle demasiado, y Jordi les sugirió quedar al atardecer en El Vendrell para ir al cine y después picar algo en los locales de la zona de ocio de Les Mates.

Cuando estaban a punto de salir, Eva llamó al timbre. Venía a proponer a Arnau ir a la playa y quedar por la noche con los de la pandilla. El joven rechazó el plan, porque se iba con Pol a Sitges. Ni por un segundo se le pasó por la mente invitar a las chicas a la salida.

—Hoy es el cumpleaños de Raúl —anunció Eva—. Iremos a celebrarlo. Nos invita a una copa y le gustaría que vinieras.

—No puedo ir. Felicítalo de mi parte. Ya lo veré mañana.

* * *

La salida estuvo bien. Pol aparcó el coche en la zona de El Vinyet de Sitges, en la misma calle Enric Morera, donde vivía una amiga de sus tíos, y fueron andando por el paseo hasta el centro del pueblo.

Hacía un día radiante de playa, pero ninguno de los dos propuso bañarse.

Fueron directamente al museo y allí se tiraron bastante rato.

Pol había estudiado Historia del Arte en la universidad y le gustaba explicar, a quien quisiera escucharlo, el significado de las obras y su razón de ser, las características formales, la vida del artista…

Arnau hacía preguntas y comentarios sobre las piezas expuestas, y estaba muy interesado en contextualizarlas.

En el museo, no solo había pinturas modernistas, sino también piezas antiguas y curiosidades que encantaron al joven.

Se hicieron fotos desde una de las terrazas del museo y Pol sugirió que se hiciera una especial para Eli, pero él se negó.

—¿Todavía estás enfadado?

Hablaron del tema mientras salían del museo y lo continuaron haciendo mientras comían en un restaurante que Pol conocía y donde cocinaban unas tapas buenísimas.

Arnau no podía explicarle a Pol todo lo que sabía porque, de hecho, no lo sabía a ciencia cierta.

Todo eran intuiciones o insinuaciones que le había hecho Esther.

Por lo tanto, fue con cuidado al contar las causas que lo mantenían cabreado con Eli y se concentró en exponer su estado de ánimo.

—No puedes juzgar a una persona sin conocerla a fondo y menos por su comportamiento de un día concreto. Yo lo he oído, tío: esta mañana te ha pedido perdón, y no tienes ninguna razón para creer que te ha engañado o no te ha dicho la verdad.

—Es que no es clara conmigo, no confía en mí para contarme lo malo que le ha pasado en la vida.