5
Los tíos de Arnau iban sentados delante y los tres jóvenes en la parte trasera.
Eva había dado su móvil a Pol, que a través del Bluetooth hacía sonar en los altavoces del vehículo las canciones que la chica le sugería y que ella y Eli cantaban una detrás de otra.
Jordi, que conducía, no paraba de decir que eran penosas y se lamentaba de que el sentido musical de las nuevas generaciones hubiera degenerado hasta aquellos extremos.
—Seguro que la música que escuchabas tú cuando tenías nuestra edad también debía de parecerles horrible y cutre a tus padres —le dijo Arnau.
—¡Pero aquello era música, chaval! ¡Tenía valor y ha sobrevivido a los años! ¡Queen, Abba, The Cure! Joder, todo el mundo los conoce todavía hoy. ¿Quién recordará esta porquería cuando pase el tiempo, eh?
Las chicas se reían a carcajadas con la conversación y las reacciones del conductor, que se puso de los nervios cuando Pol comenzó a cantar un viejo tema de Maluma.
—¡No jodas! ¿Tú también conoces la letra de esta basura?
— Y si con otro pasas el rato. Vamo a ser feliz, vamo a ser feliz. Felices los cuatro. Yo te acepto el trato y lo hacemo otro ratooooooo —cantaba a todo pulmón el pasaje adolescente que llenaba los asientos traseros del Corsa.
Dieron una vuelta por l’Arboç. Eva y Eli, divertidas, quisieron hacerse una foto ante La Giralda posando como dos flamencas.
—Lamentable —murmuraba Jordi fingiendo que se tapaba los ojos con las manos.
Arnau las miraba divertido, aunque no podía dejar de pensar en el misterio de Eli; le costaba reprimir las sensaciones desagradables que le provocaba lo que le había contado Esther.
Tenía la necesidad de hablar con ella enseguida.
De hacerle entender que para él era indispensable conocer la verdad de lo que le había pasado hacía un año, porque la quería, y deseaba ayudarla a superarlo, pero que para hacerlo era urgente poner las cartas boca arriba y hacerse cargo de la situación.
Durante el trayecto de Sant Salvador a l’Arboç se habían sentado al lado, y Eli, como siempre, le había cogido la mano y le había acariciado los dedos de aquella manera tan suya.
Y se habían mirado a menudo, y habían reído con la música y los comentarios de Jordi, y todo era normal y todo iba bien y él se sentía feliz, pero esto no quitaba que el misterio lo angustiara.
¿Había protegido realmente a aquel tipo que le había hecho daño?
¿Se había visto con él más de una vez, como aseguraba Esther? ¿Qué sentido tenía aquello?
Ese día fue imposible quedarse a solas con ella y pedirle mantener la conversación pendiente y urgente.
Tenía que hacer de tripas corazón y mostrarse sereno y tranquilo.
Y así lo hizo. Visitaron el pueblo de Castellet, los parajes amables del castillo en lo alto del embalse; y habían paseado por Vilanova i la Geltrú y habían cenado de primera en un restaurante del puerto.
Se habían reído de lo lindo cuando Eva, antes de regresar, los obligó a entrar en un local de reguetón donde sonaron muchos de los temas que a las chicas les encantaban y que Jordi detestaba profundamente.
Todo fue divertido, a pesar del pensamiento recurrente de Arnau sobre los extraños días en que Eli se había visto con su acosador.
¿Dónde habían quedado y qué habían hecho?
¿Por qué tuvieron varios encuentros? ¿Por qué motivo?
Volvieron a Sant Salvador cuando ya eran las dos de la madrugada. Eva se había quedado medio dormida con la cabeza apoyada en la ventanilla del coche y Jordi había conseguido imponer su música durante el trayecto. Pol miraba la pantalla de su móvil en el asiento del copiloto.
—Me gustaría que mañana nos viéramos tú y yo solos —le cuchicheó Arnau en la oreja a Eli, que lo tenía cogido de la mano y lo miraba con ternura.
—OK. Mañana tú y yo solos. No haré ningún plan con Eva.
—Vamos a cenar una pizza , y después paseamos por la playa.
—Una noche romántica. —Sonrió Eli.
—Eso mismo. Nos lo merecemos.
* * *
Al día siguiente, volviendo de nadar con Pol, Arnau se sentó en la terraza; estaba desayunando, cuando lo llamaron desde la calle.
Las hermanas y Eli lo saludaron con la mano.
Iban acompañadas de la madre de las chicas y, por la manera de vestir, se imaginó que iban a buscar el coche para ir a El Vendrell de compras.
Él les devolvió el saludo. Desde la altura de su piso, Arnau intuyó que Eli le hacía una señal, diciéndole que después hablarían.
Estuvo leyendo un rato y luego acompañó a Jordi al supermercado, a Calafell.
Compraron un montón de comida y bebidas.
Al regresar, se fueron a dar otro baño y a tomar el sol a la playa.
Comieron tarde y después el muchacho se encerró en su habitación para ver en el ordenador un episodio de la serie que seguía.
A las seis de la tarde empezó a extrañarle que Eli no hubiera bajado a decirle nada: no habían concretado la hora de la cena.
Una vez más se lamentó de que ella no tuviera móvil, porque le hubiera enviado un wasap para asegurarse de que la cita se mantenía en pie.
También se dijo que era por culpa del acosador fantasma que la chica no lo usara, y eso le dolió aún más.
Un fantasma que había entrado físicamente en el mundo de Eli, que había aceptado encontrarse con ella vete a saber dónde y más de una vez.
A causa de esos encuentros, pensaba Arnau, ella se había trastocado y le había cambiado la vida.
Y había optado por no tener móvil, y ahora él no le podía enviar un mensaje.
Ya había anunciado a sus tíos que aquella noche no cenaría en casa, y no supo qué decirles cuando ellos empezaron a poner la mesa en la terraza y le preguntaron si finalmente se quedaba.
—Estoy esperando a que Eli me diga algo o me pase a buscar.
Cuando Jordi y Pol ya estaban sentados a la mesa, le sugirieron que subiera a casa de las vecinas para preguntar si salían o no.
Arnau no se atrevió, porque no sabía si Eli había dicho algo de su cita.
A las diez y media, resignado, Arnau se sentó a la mesa cuando sus tíos ya estaban tomando los postres y devoró el plato de pasta que Jordi, en previsión, le había guardado en la nevera.
Pasadas las once oyó que lo llamaban desde la calle. Salió a la terraza y vio a las hermanas y a más gente de la pandilla en la acera contraria.
—¿Te vienes, Arnau? —gritaba Eva.
—¿Adónde vais?
—No lo sé. A dar una vuelta, como siempre.
Buscó a Eli y no la encontró.
—¿Y Eli? —preguntó.
—No está. Quizá se apunta más tarde.
—¿Está en casa?
—No. Está fuera.
Arnau no supo cómo reaccionar.
—¡Va, ven, tío! —le reclamó Joan.
—Paso. Estoy cansado. Hoy me quedo en casa.
Eva, Joan y otros le dijeron adiós con la mano y retomaron la marcha en dirección a la plaza de las palmeras y al paseo. Arnau distinguió a Esther junto a dos muchachitas más que avanzaban sin apartar los ojos de las pantallas de sus respectivos móviles.
Pol estaba sentado ante la tele viendo una película y Jordi trasteaba en la mesa de su habitación, que hacía las funciones de despacho.
¿Dónde estaba Eli?, se preguntaba Arnau, que no sabía exactamente qué hacer, ni dónde sentarse, ni cómo pasar las últimas horas de aquel día estúpido durante el cual solo había estado pendiente de la chica.
No le había dicho nada, lo había dejado plantado sin cenar juntos, y ahora resultaba que había salido. ¿Qué se suponía que tenía que hacer él?
—¿No sales con los colegas? —le preguntó Pol desviando los ojos de la tele.
—No. Eli no está con ellos.
—¿Y dónde está?
—Ni puta idea.
Pol bajó el volumen de la tele con el mando mientras le pedía que se sentara con él en el sofá.
—¿Algo va mal, pues?
—Y yo qué sé. No me ha dicho nada en todo el día; ha pasado de mí y de la cena que habíamos planeado. Y ahora vete a saber dónde está. ¡Joder! Todo el día pendiente de ella.
—Que no tenga móvil es un problema… Quizás han vuelto a venir sus padres.
—No lo sé. Pero entonces tendría que haber encontrado la manera de decirme que no podía quedar conmigo. Las cosas no se hacen así, ¿no te parece?
Pol se encogió de hombros.
—¿No te habían dicho nunca que la vida es complicada, chaval? —Rio—. No te preocupes. Seguro que le ha surgido algún imprevisto. Mañana te lo explicará y te pedirá disculpas.
Arnau anunció que se iba a leer a la cama. Se sentía realmente superado por la situación: era como si lo hubieran estafado. Todo debía de tener una explicación, seguro, pero aquella sensación de humillación y desprecio lo hería.
Cuando ya se había puesto el pijama y estaba dispuesto a ver un nuevo capítulo de la serie, convencido de que no se podría concentrar para leer, recibió un wasap de Esther:
Está con él. Ha dado una excusa a mi madre, pero yo creo que él ha venido a verla .
* * *
Cuando Arnau y Pol salieron a nadar, faltaban diez minutos para las nueve. En la puerta del apartamento encontraron una nota enganchada con Blu-Tack:
«Arnau, si vas a nadar con Pol, dame un toque.
Estaré despierta y esperándoos a partir de las ocho».
Pol rio y puso una mano en el hombro de Arnau.
—¿Ves cómo se arreglan las cosas de la vida?
El primer impulso del muchacho fue pasar de ella, pero Pol lo obligó a cambiar de opinión. Subió al piso de arriba, dio unos golpecitos a la puerta, y enseguida Eli le abrió. Ya llevaba el bañador y una toalla alrededor del cuello. Le sonrió, salió y cerró la puerta sin hacer ruido.
—Pol me espera abajo —anunció Arnau.
—OK. Vamos —dijo Eli.
Ninguno de los dos comentó nada más hasta que no estuvieron en la calle y Eli saludó a Pol. Mientras iban a la playa hablaron sobre la rutina matutina de la natación. Arnau estuvo en silencio todo el rato. Mientras dejaban las toallas y las chanclas en la arena, Pol trató de mediar entre los dos.
—Lo tenemos un poco mosca porque ayer estuvo esperándote un montón de horas. ¿No teníais que ir a cenar juntos? —le preguntó a Eli.