El amor de Eli 4 #4
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—Nos interrumpieron y solo me lo soltaste.

—¿El qué?

—Que Eli se vio con el tipo que la asediaba.

Esther observó las uñas de su mano derecha sin decir palabra. Después asintió con un gesto de la cabeza.

—¿Quién era? ¿Qué pasó?

Ella hizo un gesto con el brazo invitándolo a entrar de nuevo.

Arnau obedeció mientras la muchacha advertía a su madre que Arnau y ella se sentarían un rato en la terraza.

La mujer asomó la cabeza por la puerta de la cocina y advirtió a su hija que no estuvieran mucho tiempo, ya que le había prometido que acabaría los dosieres de deberes que tenía que hacer para el instituto.

—Sí, pesada —contestó Esther.

Ocuparon dos sillas de plástico blancas, idénticas a las que Pol y Jordi tenían. Esther, que llevaba una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos de pijama, se sentó poniendo los dos pies descalzos sobre el asiento. Arnau pensó que con las piernas construía un tipo de barrera.

—¿Cómo has sabido tú personalmente todo lo que me cuentas? —inquirió el chico.

—Algunas cosas por Eva; otras porque las ha comentado la misma Eli. Y otras porque se habló mucho de ello el año pasado, cuando abandonó el instituto. Todo el mundo comentaba el motivo. O se lo imaginaba. No lo sé, se dijeron muchas cosas.

—Cosas que quizá no son verdad —dijo Arnau. Esther lo miraba con firmeza y no contestó la observación—. ¿Quién era aquel tipo?

La adolescente tampoco contestó a aquella pregunta.

Lo que aseguró fue que Eli, en un momento de incertidumbre y angustia, decidió cambiar de estrategia.

No había conseguido frenar los mensajes y las fotografías, y ni desde el instituto ni desde casa habían logrado disipar sus nervios.

Entonces, ¿por qué no intentar otra vía antes de que todo se descontrolara y pasara a manos de la policía?

Aunque poco convencida, Eli contestó el último mensaje que recibió del desconocido diciéndole que quería hablar con él en persona.

Le echó en cara lo que hacía, porque había llegado a aterrorizarla, y que había decidido que lo mejor para zanjar el tema era verlo y decirle lo que pensaba.

—Se ve que se quedó pasmado con la propuesta y le dio largas. Eli insistió: si no, sus padres y ella denunciarían el caso a la policía. Y al final, el tipo accedió a un encuentro.

—¿Y Eli fue? ¿El tío se presentó?

A partir de aquel punto de la historia, Esther aseguró a Arnau que todo eran conjeturas.

Que lo único cierto era que sí, que Eli y aquel tipo se encontraron, a escondidas de todos.

Nadie sabía dónde habían quedado, ni tampoco quién era aquel tipo.

Eli no relató toda esta parte de la historia hasta muchas semanas después, cuando ya todo iba fatal y tuvo que dejar los estudios para ser internada en un centro.

No se sabe qué pasó, ni qué le hizo aquel individuo.

—Pero se vieron. Y no solo una vez —añadió Esther.

—¿Más de una vez? —Arnau no podía creérselo.

—Mi hermana dice que el asunto se le fue de las manos.

Algo sucedió para que Eli se viera más de una vez con esa persona y finalmente tuviera miedo.

Mucho más miedo que al principio. Eva me dijo que, cuando sus padres denunciaron el caso a los Mossos, los mensajes de WhatsApp se habían interrumpido.

El móvil del tipo aquel ya no existía. Se ve que rastrearon mucho y descubrieron que el teléfono se había comprado en el mercado negro y que había pertenecido a una anciana que lo había perdido o se lo habían robado meses antes.

Eli se negó a dar información sobre aquel individuo.

La policía y los psicólogos insistieron, pero ella no cedió…

—Es muy extraño —la interrumpió Arnau—. Si una tía conoce a su agresor, lo primero que hace es acusarlo, denunciarlo.

—Ella no lo hizo. Lo protegió. Acabó hecha una mierda, pero no lo traicionó.

—¿Por qué?

Esther bajó las piernas y apoyó las manos en ellas.

—Yo tengo una teoría —anunció.

—¿Cuál?

—Que Eli se enamoró de él y por eso lo protegió.

—¡Qué bobada!

La chica levantó los párpados como diciendo: «¿Pues qué, si no?

». En aquel momento oyeron que la puerta del piso se abría, y Eli y Eva saludaron a su madre.

Esther no dejó de mirar fijamente a Arnau, que había desviado los ojos cuando las oyó entrar.

Y de golpe sintió una rabia extraña contra aquella niña que pretendía enredarlo con una historia sin pies ni cabeza, seguramente solo para hacerle daño a él o a la chica que quería.

Arnau tuvo la sensación de que, de manera voluntaria, había caído en manos de aquella pequeña perversa y destructiva.

Y por eso, cuando Eli y Eva, con el pelo mojado y las toallas de baño envolviéndoles los cuerpos, salieron a la terraza y saludaron a Arnau, este no tuvo ningún remordimiento al anunciar que venía a invitarlas a una excursión y a una cena en Vilanova en compañía de sus tíos.

—Lo siento mucho, Esther, no hay sitio para ti en el coche —remarcó mientras descubría una intensa mirada de reproche en los ojos de la joven.