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—Nada —contestó Eva—. Disfrutar de un ambiente bonito, beber gratis y divertirnos en la piscina.
La casa tenía una entrada por el paseo, pero ellos entraron por la puerta principal, que daba a la avenida Palfuriana.
El dueño fue a recibirlos a la reja de entrada con una copa en la mano y los saludó uno a uno dándoles la mano.
Los guio hasta el jardín, enorme y muy cuidado, con los troncos de los árboles cubiertos de tiras de bombillas pequeñas que se encendían y se apagaban, como de Navidad, y que hacían un efecto curioso de lluvia vertical de colores.
En el centro había una piscina bastante grande de la cual emergía una luz azulada.
Alrededor se esparcían hamacas, sofás de exterior y mesas pequeñas encima de las cuales se erigían farolillos encendidos.
Arnau se quedó maravillado: parecía un resort de lujo, un escenario de película.
El hombre les preguntó qué querían tomar.
Tenía de todo. Eva lo ayudó en la preparación de las bebidas y después se sentaron en los sofás y las hamacas.
Al hombre, de unos setenta y cinco años, le gustaba hablar de su vida y de su pasado, y Eva, que lo sabía y conocía parte de su historia por sus padres, le hacía las preguntas adecuadas.
Arnau notó que Eli, que de entrada parecía reacia a entrar en la casa, se iba relajando y reía como el resto con las anécdotas.
Poco después, Eva preguntó si podrían darse un baño en la piscina. No llevaban bañador, pero la ropa interior era prácticamente igual.
—Podemos bañarnos en ropa interior, ¿verdad? —le preguntó antes al anfitrión.
—Por supuesto. Esto es una propiedad privada. Nadie os verá y podéis hacer lo que queráis —confirmó riendo.
Joan se quitó la camiseta y se tiró de cabeza al agua con las bermudas y desde allí invitó a los otros a imitarlo. Eva y Raúl no tardaron ni un minuto en seguirlo, mientras que Eli y Arnau rechazaron el ofrecimiento.
—Con el calor que hace esta noche, os vendrá bien refrescaros —dijo el hombre—. Voy a buscar unas toallas.
Cuando desapareció en el interior de la casa, Eli le dijo a Arnau que ella no estaba cómoda allí y que prefería marcharse.
Tal y como había comentado Eva, Arnau ya se había percatado de que el señor le miraba mucho tanto a él como a Joan y a Raúl.
A Eva aquello le debía de parecer divertido, pero a Eli no. No obstante, no cedió.
—No pasa nada, tía —respondió—. Estamos bebiendo y ellos se están bañando tan felices. Es un buen hombre, e inofensivo.
—No estoy yo tan segura de sus motivaciones…
—¿Y a nosotros qué nos importa? Nos ha invitado a su casa y nos está tratando de maravilla. Además, conoce a Eva y a sus padres. No sufras, Eli.
Julio regresó con las toallas. Tomó asiento y miraba alternativamente a la pareja y a los bañistas. Eli permanecía seria, observando la evolución de sus compañeros en el agua. Pero se notaba que Arnau tenía ganas de bañarse y reír junto a los otros.
—Y tú, ¿no te animas? —le preguntó Julio.
—Pues sí, me animo —resolvió de golpe. Y se quitó la camiseta y los pantalones. Llevaba unos bóxers azul eléctrico.
—¡Qué envidia ser tan joven! —se sinceró Julio San Fernando con Eli cuando Arnau se hubo tirado de bomba a la piscina.
Ella no se dignó a hacer ningún comentario al respecto.
Los bañistas no paraban de reírse y de salpicarse unos a otros.
Cuando Eva salió, se enrolló una toalla al cuerpo y se sentó junto a Eli.
Le preguntó con gestos qué le pasaba y la otra negó con la cabeza procurando forzar una sonrisa de circunstancias.
Los tres chicos salieron al cabo de un rato y continuaron charlando mientras se secaban.
El anfitrión no paraba de narrar anécdotas que había vivido con actores, cantantes y futbolistas famosos cuando dirigía su empresa en Barcelona.
Después del tercer combinado, junto al cual Julio había sacado patatas fritas y frutos secos para picar, Eva decidió que ya era hora de irse.
—No queremos hacerte perder más horas de sueño, Julio.
—¡Por mí os podéis quedar todo lo que queráis!
No obstante, los acompañó hasta la puerta de entrada y les agradeció su visita. Ellos le dieron las gracias por las bebidas y el baño. Después avanzaron aguantándose la risa hasta la plaza de las palmeras, que estaba apenas a cien metros, y allí explotaron comentando la situación.
—¿A ti no te ha parecido divertido, Eli? —le preguntó Raúl—. Tenías mala cara, tía…
—No me ha hecho ninguna gracia, la verdad —respondió ella.
—¡Joder, pues ha sido de lo más gracioso!
—¡A mí no me ha mirado ni una sola vez! —se quejó falsamente Eva.
—Yo sí —dijo Joan.
Arnau se acercó a Eli y le pasó un brazo por los hombros.
—Eres un poco aguafiestas —le dijo al oído.
Eran casi las tres de la madrugada cuando se despidieron de Joan y Raúl. Cruzaron la carretera y anduvieron en silencio hasta el bloque de apartamentos donde residían.
—Nosotros nos hemos divertido, Eli, y no hemos hecho nada malo. Tú no debías de tener el día —comentó Eva mientras subían por la escalera.
—Buenas noches, Arnau —dijo Eli cuando estuvieron en el rellano, pero no le dio ni siquiera un beso en la mejilla.
* * *
Jordi tuvo la idea de hacer una excursión al día siguiente y propuso a su sobrino invitar a Eli.
—Podemos hacer la ruta por l’Arboç, Castellet y llegar a Vilanova por la carretera de curvas —dijo dirigiéndose a Pol—. Y luego, cenar en aquel restaurante tan bonito del puerto. Tú no lo conoces, Arnau, porque el año pasado no viniste cuando fuimos con tus padres.
El chaval expresó sus dudas a la hora de excluir a las hermanas del plan de su tío.
—Los seis no cabemos en el coche, así que una debe sacrificarse.
Evidentemente, la sacrificada tenía que ser Esther. Era lo más lógico: Eli estaba en Sant Salvador por su amistad con Eva, compañera en el instituto. Era, pues, Eva la que tenía que acompañarlos si le apetecía.
—No sé si será tan fácil dejar de lado a Esther. Se va a molestar —advirtió Arnau.
El chico subió al piso de las vecinas después de desayunar pensando en cómo proponer y justificar el motivo por el cual no podía invitar a las tres.
Se dijo que Eva lo ayudaría para librarse de cargar siempre con su hermana pequeña.
El problema fue que Eva y Eli se habían ido a la playa.
Saludó a la madre de las hermanas y se excusó diciendo que solo venía a preguntar si quedarían más tarde.
No mencionó siquiera la idea de la excursión.
Cuando ya se despedía y Marta se dirigía a la cocina, apareció Esther y le pidió que se quedara un rato con ella en la terraza.
Arnau sabía que tenía que rechazar el ofrecimiento.
—Podría acabar de contarte lo de ayer —susurró Esther.
—Ya me lo dijiste todo.
—Ah, ¿sí? —preguntó con una sonrisa traviesa—. Vale, pues hasta luego.
Arnau se aferraba al pomo de la puerta del apartamento dispuesto a salir.
En su interior, un fuego le quemaba. Ante la imposibilidad de hablar abiertamente con Eli saltándose el tiempo que ella le reclamaba, la incontinencia verbal de Esther y, quizá, su afán de hacer daño a la amiga de su hermana significaban un acceso fácil a lo que él desconocía y anhelaba saber.
—No me lo contaste con detalle —reconoció Arnau.
Esther se quedó observándolo sin decir nada. Hizo un leve encogimiento de hombros.