El amor de Eli 4 #2
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Antes de la cena, se sentó con Pol en el comedor y vieron una película, La mala educación , de Pedro Almodóvar.

Pol era un fanático de ese director y, sabiendo el interés del muchacho por el mundo del cine, le hacía ver los giros de guion, la manera sorprendente en que estaba explicada aquella historia, cuántas lecturas tenía, cómo se intercalaban unas con otras.

Arnau seguía a medias tanto el argumento de la propia película como las divagaciones de Pol.

Le impactó una frase que se decía hacia el final: dos de los protagonistas estaban planeando cometer un crimen y ultimaban los detalles en el interior de un museo en Valencia donde se exponían figuras de fallas, gigantes y cabezudos.

En un momento dado, uno de los hombres le preguntaba al otro: «¿De que se ríen estos cabezones?

». Las caras que tenían delante mostraban enormes risas.

«Se ríen de nosotros», decía el otro. A Arnau aquella sentencia lo golpeó.

Se imaginó que todo el mundo debía de estar burlándose de él si conocían, como Esther, la historia del acosador.

Que debían de reírse de él cuando besaba a Eli por las noches, cuando lo veían abrazarla y sonreírle con cara de pardillo, el ingenuo que ignoraba lo que había sucedido.

Porque, si lo sabía Esther, lo sabía Eva.

Y tal vez, otros de la pandilla de amigos de Eva.

Incluso los padres de Eli se debían de estar riendo ahora mismo si ella les había contado que estaba medio enamorada de un vecino del edificio.

Por suerte, al instante Arnau admitió que aquellas ideas eran una locura sin pies ni cabeza.

Nadie se reía de él, como tampoco nadie se reía de los protagonistas de La mala educación , solo unos muñecos de papel maché.

Arnau no oyó irse a los padres de Eli. Pasadas las once, las tres chicas, vestidas para salir, fueron a buscarlo.

—¿Adónde iréis de marcha hoy? —les preguntó Jordi.

—¿A ti qué te parece? Por aquí no tenemos demasiadas opciones —contestó Eva, guiñándole un ojo.

Eli estaba como siempre. Lo abrazó por la cintura mientras se dirigían a la plaza donde ya los esperaba un grupo de jóvenes. Arnau se dio cuenta de que Esther no le había dirigido la palabra y que evitaba mirarlo a los ojos.

—Estás muy callado —observó Eli—. ¿No quieres saber cómo ha ido con mis padres?

—Imagino que bien. Os he visto por la terraza cuando salíais a pasear. Tu madre se parece mucho a ti. Físicamente, quiero decir.

—Sí, todo el mundo lo dice. Le he hablado de ti. Solo un poco. Muy por encima.

—Ah, ¿sí? ¿Qué le has dicho?

—Que había conocido a un chico. Que estaba contenta.

—¿Y ella se ha alegrado?

—Sí, mucho. Dice que es lo que me conviene ahora: conocer a un chico que me trate bien, me quiera y me respete.

—Qué responsabilidad —murmuró Arnau, y se preguntó, en silencio, si Eli habría detectado el punto de ironía que había en su comentario.

* * *

Se instalaron en la arena, cerca de la terraza del hotel Europe, donde un DJ no profesional pinchaba música para los clientes que tomaban una copa.

El grupo de jóvenes en la playa aprovechaba la música que salía de los bafles para bailar descalzos, haciendo el loco y cantando a todo pulmón el reguetón y el trap antiguo que les llegaba desde el hotel.

Eli y Arnau bailaron un par de canciones y después se sentaron juntos.

Arnau llevaba un vaso de cartón en la mano con la mezcla de ginebra y Fanta de limón que Eva le había servido. Eli no bebía nada.

—Te noto extraño —dijo ella, mirándolo fijamente, con los brazos alrededor de las piernas flexionadas. Encima de las rodillas descubiertas apoyaba la barbilla.

—¿Por qué lo dices? ¿Extraño?

—No lo sé. Pensaba que tendrías muchas ganas de verme.

—Y las tengo. Hemos estado todo el día separados.

—Pues no lo parece.

Arnau se le acercó y le pasó un brazo alrededor de los hombros. Le apartó unos mechones de pelo antes de besarle el cuello.

—¡Tengo cosquillas! —lo riñó ella, divertida.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

Eli levantó la cabeza y lo miró antes de asentir.

—Es que no paro de darle vueltas a lo que te pasó con el acosador. Me gustaría que me lo contaras.

—¿Por qué? Es agua pasada.

—Pero soy consciente de que cambió tu vida. ¡Joder, fue muy fuerte! Necesito saber cómo te afectó. Sabes que me gustas y que…, no sé, me estoy enamorando de ti… Y por eso… Lo que quiero decir es que creo que tendría que saber qué pasó y cómo ocurrió.

A Eli se le borró la sonrisa del rostro y, a continuación, giró la cabeza hacia los de la pandilla que bailaban a su lado. Arnau sintió que se ahogaba en aquel silencio que Eli interpuso entre ellos y que llenaba, absurdamente, una vieja canción de Sebastián Yatra.

—¿Qué te pasa? —quiso saber.

—Pasa —respondió ella, sin mirarlo— que te equivocas. Que no hace falta que sepas nada más. Sí que tienes la obligación, si me quieres, de respetarme y aceptar que necesito un tiempo y un ritmo, Arnau. Porque en una cosa sí que tienes razón: fue muy fuerte y no es fácil de superar.

Arnau no contestó. Observó también a los que hacían el burro en medio del corro.

Su situación era delicada, porque no le podía decir a Eli lo que le había insinuado Esther aquel mediodía.

No podía decirle que estaba convencido de que le escondía información adrede, y que, por muy doloroso que fuera, él necesitaba saberlo para entenderla, para apoyarla y ayudarla.

En su cabeza se repetía una y otra vez la última frase de Esther: que Eli había estado con su acosador.

¿Significaba que lo había visto? ¿Habían hablado?

¿Se habían enrollado? No, no tenía sentido.

Pero algo había pasado. Eli había enfermado, la habían ingresado en un centro psiquiátrico, había perdido un curso…

¡Joder! ¿Qué demonios había pasado con aquel tipo para que la situación se hubiera vuelto tan catastrófica? ¿No tenía él derecho a saberlo?

Evidentemente también podía ser que Pol tuviera razón y que lo que le había insinuado Esther no fuera cierto o no fuera exacto.

Podía tratarse de un cotilleo cutre o incluso malintencionado para hacerle daño o para hacerle dudar.

Como venganza o revancha o algo parecido.

Para Arnau, las chicas eran mucho más complicadas que los chicos; se le escapaba cómo interpretaban las cosas, siempre buscando un doble sentido a lo que decían los demás.

¿Por qué les costaba contar las cosas de manera simple como hacen los tíos?

Y ahora Eli se estaba comportando, según él, como lo hacen todas las tías cuando se cierran en banda.

No le quería explicar su historia y eso que, a pesar de ser difícil, seguro que él la podría entender y solidarizarse, y ayudarla o al menos comprenderla.

Vale que él se había obsesionado un poco, así que pensó que tal vez tenía que pedirle perdón por haber insistido tanto, pero no le salió del corazón.

Se había enfadado. Eli no había vuelto a mirarlo, seguramente porque esperaba que fuera él quien hablara.

En lugar de eso, giró la cara y se dedicó a observar a su alrededor.

Sin interés, siguió con la mirada a un grupo de cuatro personas adultas que llamaban a Eva y le hacían gestos con las manos.

Eva dejó de bailar y se acercó a ellos. Eran tres hombres y una mujer, bastante mayores.

Los tres hombres tenían el pelo blanco o muy canoso.

Esperaban a la joven en el paseo, delante del hotel, y todos la besaron en la mejilla.

Conversaron un rato. Después tres de ellos continuaron andando y uno se quedó con Eva unos minutos más.

Ella señaló con la cabeza a los de la pandilla, que seguían haciendo el bobo en la arena.

—¿No vas a decir nada más? —le preguntó de repente Eli.

Arnau perdió el interés por Eva y se volvió hacia la chica, que lo observaba y le sonreía con la barbilla contra las rodillas.

—Quiero respetar tu ritmo —repuso él.

—No seas burro. Dame un beso, tonto.

Arnau le volvió a pasar el brazo alrededor del cuello y la besó en los labios.

—Sabes a gin-tonic —dijo Eli.

Eva se acercó a Arnau y a Eli, y se puso en cuclillas delante de ellos.

—Ha salido un plan. Pero no podemos ir todos. O sea que ahora os levantaréis y seguiréis mis indicaciones sin decir nada, ¿OK?

Mientras ellos se incorporaban y se sacudían la arena de la falda y las bermudas, Eva anunció a los demás que se iban, que querían ir a saludar a una conocida y tomar una cerveza con ella. Que ya se verían al día siguiente en la plaza. Algunos se quejaron, sobre todo su hermana.

—No me esperes, Esther. Y no bebas más de la cuenta, que ya sabes lo que pasa luego.

—¿Adónde vais? ¿Con quién?

—¡No te importa!

Advertidos igual que lo estaban ellos, Joan, el de Vilafranca, y Raúl se levantaron también y siguieron a Eva, que se despedía del resto lanzando besos al aire y saludándolos con la mano.

—¿Adónde vamos? —preguntó Joan.

—¡Fliparéis! —les advirtió Eva.

A esa hora era difícil caminar por el paseo, ocupado por el top manta y lleno de turistas, así que a Eva le dio tiempo de contarles que iban a casa de Julio San Fernando, un adinerado empresario conocido de sus padres que tenía una mansión de ensueño allí cerca.

Arnau le preguntó si era el hombre mayor con quien la había visto hablando hacía un momento.

—Sí, se ha retirado a vivir aquí y vive por todo lo alto.

Es un lujo ir a su casa, ya veréis: tendremos barra libre, piscina privada y glamur, ¡todo en exclusiva para nosotros!

—Rio—. Le gusta estar rodeado de juventud, sobre todo masculina.

—Volvió a reír y guiñó un ojo a los chicos—.

Pero es inofensivo, ¿eh? El año pasado fui a una de sus fiestas y fue una pasada.

Fliparéis con el sitio —insistió—. El tío solo quiere conversación, risas y gente joven que se bañe en su piscina.

Raúl no estaba muy convencido de qué demonios se suponía que iban a hacer allí.