El amor de Eli 4
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En la playa de Sant Salvador, Esther estaba segura de haber captado la atención de Arnau mientras le explicaba la historia de acoso de Eli, y eso, de alguna manera, la hacía sentirse bien: el joven nunca la había escuchado con tanta atención ni le había hecho tanto caso.

—Lo denunciaron a la policía, ¿no? —preguntó él.

Eli había dejado de asistir a clase. Su madre no lo supo hasta días más tarde, cuando la tutora la llamó para pedirle explicaciones.

La mujer ni siquiera había mirado el registro de faltas de asistencia que el instituto enviaba a diario a las familias a través de su aplicación.

«Hace cuatro días que no aparece por aquí —le dijo la tutora— y ningún familiar se ha puesto en contacto con el centro.

La directora me ha pedido que hable con usted con urgencia».

Eli se quedaba en casa viendo series de televisión.

De vez en cuando, salía al balcón e inspeccionaba el entorno por si descubría alguna pista de aquel tío que la tenía atemorizada.

Sus padres, esta vez ambos, hablaron seriamente con su hija aquella noche.

Ella les mostró los wasaps de su acosador, los últimos, porque los primeros los había borrado, como si el hecho de no tenerlos guardados sirviera para evitar la presión y el miedo que sentía.

En los mensajes aquel tipo le pedía que se vieran.

Le decía que no podía vivir sin ella y que estaba obsesionado con tenerla a su lado.

Había descripciones físicas de su rostro y de su cuerpo, muy explícitas, lo cual horrorizó a los progenitores.

En las fotos siempre se veía a Eli: a la salida del instituto, cruzando una plaza, sentada con una amiga en una cafetería de al lado de casa…

Su madre concertó enseguida una cita con la directora del instituto y la puso al tanto de todo.

Esta dijo estar convencida de que no se trataba de ningún alumno.

«¿Ha observado usted —preguntó la directora—, que no hay ni una falta de ortografía en ninguno de los mensajes?

Fíjese en la forma de expresarse de la persona que escribe: ni una falta, ni acorta las palabras, no se come ni una letra.

Me atrevería a asegurar que se trata de un adulto».

La madre de Eli se preocupó aún más. Fue cuando decidieron ir a denunciar el caso.

—Tardaron demasiado… —murmuró Arnau.

Esther se limitó a mirarlo a los ojos y sonreír.

—¿Qué te hace gracia? —le preguntó el chico.

Ella no contestó, sino que retomó el relato de los hechos:

—A Eli la llevaron a un psicólogo y le pusieron un tratamiento con pastillas, porque todo aquello la había desequilibrado un montón.

No se veía capaz de volver al instituto y durante las primeras semanas algunos profesores se conectaban con ella por videoconferencia y le resolvían los problemas que pudiera tener con los trabajos que le pasaban por el classroom .

Lo positivo fue que, cuando el acosador descubrió, vete a saber cómo, que el móvil de la chica estaba bajo control policial, dejó de enviar mensajes y fotos.

El equipo de la policía que investiga los delitos cometidos a través de sistemas tecnológicos les advirtió que probablemente tardarían tiempo en pescar al acosador de Eli.

Sus padres le propusieron comprarle un móvil nuevo con un número de teléfono distinto; sin embargo, ella, por voluntad propia o aconsejada por la psicóloga, lo rechazó.

Se ve que pasaron unas cuantas semanas y el estado de Eli no mejoraba —continuó Esther—.

Era como si cada día fuese peor que el anterior, aunque estuviera protegida en casa y no recibiera mensajes de móvil.

La situación llegó a ser tan crítica que los psicólogos que la trataban decidieron internarla temporalmente en un centro especializado.

—¿Por qué? ¿Tan mal estaba? —se interesó Arnau.

—Estaba nerviosa todo el día. No se podía concentrar en nada y vivía como aterrorizada —dijo Esther—. No comía. Sufría ataques de ansiedad. Se ve que los nervios no la dejaban comer ni dormir…

—Pobre tía…

Esther reaccionó al comentario del chico con silencio. Arnau le hizo un gesto con la barbilla para que continuara el relato, pero ella no lo hizo: lo volvió a mirar fijamente sin abrir la boca.

—¿Y qué más? ¿Pillaron a ese tipo? ¿Cuánto tiempo pasó internada? Al menos le fue bien, ¿no? Lo de que había estado encerrada y que había perdido un curso ya me lo había contado ella…

Esther continuaba observándolo en silencio.

—¿Por qué cojones me miras así? —Perdió la paciencia él—. ¿Hay algo que no me has dicho todavía?

Justo en aquel momento escucharon que alguien llamaba a Esther desde la orilla. Los dos se volvieron y descubrieron a Eva y a su madre, que les hacían señas con los brazos.

—¡Esther! ¡Arnau!

Esther correspondió al saludo y se irguió.

—¿Qué es lo que no me has contado? —insistió Arnau.

—Ahora no puedo hablar.

Sin embargo, mientras andaban hacia donde los esperaban su madre y su hermana, Esther se acercó a Arnau y le dijo por lo bajini:

—Eli había estado con su acosador antes de que la ingresaran. Se habían conocido.

* * *

Comieron en la terraza, gracias a la sombra que les daba el toldo. Cuando estaban sus padres, tenían que comer dentro, porque la terraza era demasiado estrecha para que los cinco pudieran guarecerse de aquel sol de justicia.

—Estás un poco apagado, chaval —observó Jordi—. ¿Te ha comido el coco Esther o qué?

—Me ha contado cosas de Eli que no sabía —dijo Arnau.

A Pol se le escapó la risa.

—Yo diría que es una estrategia perversa… Porque la menor de las dos hermanas es la que está coladita por ti, ¿no? Pues ha utilizado un arma de seducción de manual: hacerte dudar de Eli o ponerte en su contra para sacar beneficio.

—¿Vosotros sabéis algo más de Eli?

—Olvida los cotilleos, anda —replicó algo serio su tío—. Nosotros no la conocíamos, ya te lo dijimos. Es la primera vez que viene a Sant Salvador y nos enteramos de casualidad de lo de sus padres, que la tienen un poco abandonada y que pagan a Marta para que se quede en su casa.

—Sin embargo, sus padres hoy mismo están aquí con ella —comentó Pol.

* * *

Por la tarde Arnau estuvo un buen rato solo en la terraza. De vez en cuando oía hablar a los vecinos del piso superior, cuando salían al balcón. Las voces desconocidas debían de ser de los padres de Eli. Escuchaba sus risas y conversaciones intrascendentes.

Sobre las siete oyó que alguien salía del edificio y se asomó a la calle mirando por la barandilla, intentando que no lo vieran.

Marta, sus dos hijas, Eli y sus padres salían a pasear.

Eli en ningún momento miró hacia arriba.

Los vio cruzar la carretera y la plaza de las palmeras antes de dirigirse hacia el paseo en dirección a Calafell.

Los tres adultos iban conversando, y las tres chicas un poco más atrás: Eli y Eva charlando; Esther pendiente de la pantalla del móvil.

Arnau los siguió con la mirada hasta que desaparecieron.

Pensó que Pol tal vez tenía razón y que lo que le había revelado Esther solo era para ponerlo en contra de Eli.

Pero a la vez pensaba que un tema tan serio como aquel no podía habérselo inventado aquella niñata.

De hecho, recapituló, no le había dicho nada que no él no supiera, salvo lo que insinuó al final…

Eso era lo que le inquietaba. ¿Era posible que Eli hubiera conocido al tipo que le había infligido tanto dolor?

¿De verdad consintió en encontrarse con su acosador?

¿Por qué? ¿Cómo se atrevió? Le parecía una locura.

Según Esther, lo había hecho antes de que la internaran en un centro.

¿Haberlo conocido le había provocado que su sistema nervioso se acabara de desestabilizar?

¿Era la causa? ¿Qué demonios había pasado entre Eli y aquel individuo?

¿Había sido solo un día? ¿Qué se habían dicho?

Y, sobre todo, ¿por qué Eli no le había hablado de aquel encuentro?

Seguramente porque no había tenido tiempo de hacerlo, se dijo.

Apenas hacía unos días que salían. Aquello que había pasado, fuera lo que fuera, y lo que comportó después, no era un tema fácil de sacar a colación a la primera de cambio, la justificó el joven.

Pero era evidente que tenían que hablar.

Él necesitaba saberlo. Tenía derecho, pensaba, ahora que su relación había evolucionado.

Se habían besado e incluso se la había presentado a sus padres.

Estaba convencido de que, si él le preguntaba, ella acabaría por explicarle la verdad.

De todos modos, recapacitó después, aquello pertenecía al pasado. Era preocupante, pero se trataba de una rémora del pasado. Algo que él no podía cambiar. Unos hechos que ya habían sucedido, que ya no se podían borrar.