El amor de Eli 3 #4
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—Ya te lo contará ella, ¿no? Si quiere que lo sepas, claro.

Arnau estaba perdiendo la paciencia. ¿Qué demonios se proponía aquella estúpida?

¿Vengarse porque había elegido a Eli en vez de a ella?

Se debía de haber quedado sorprendida al comprobar que Eli le había contado por qué había perdido un curso escolar y ahora pretendía confundirlo y hacerle daño inventándose cosas que ignoraba.

No obstante, cabía la posibilidad de que no fuera así. Tal vez sí que había aspectos que Eli no le había revelado; era factible que se hubiera sincerado con Eva, y que Esther lo hubiera oído o se hubiera enterado. ¿Y si se lo había contado su hermana en confianza?

—Podemos sentarnos un rato en la arena y te cuento lo que sé —sugirió Esther.

Arnau sintió de nuevo la necesidad de enviarla a la mierda y salir corriendo. No lo hizo. Se limitó a seguirla hasta que optó por un rincón lejos de todo el mundo y se sentó. Le hizo un gesto para que hiciera lo mismo y él la obedeció.

—¿Cómo sé que no vas a contarme una mentira?

—¿Por qué iba a hacerlo? Si no me crees, contrástalo con ella directamente y que te explique la verdad.

El joven flexionó las piernas y apoyó los brazos en las rodillas.

—Te escucho.

La historia que le contó fue escuchada con atención y escepticismo por parte de Arnau.

Esther a menudo intercalaba expresiones como, por ejemplo, «Bueno, eso es lo que me han dicho», o «Esto no sé si te lo tendría que decir» o «Mejor que este detalle te lo confirme ella»…

que todavía hicieron dudar más al joven sobre la veracidad del relato.

Se notaba que estaba complacida de que Arnau le prestara tanta atención.

Por fin atraía su interés y se sentía importante ofreciéndole una información que él desconocía.

Según Esther, Eli primero recibió un wasap de una persona que decía que la había conocido en la fiesta de una compañera de clase.

Eli, en efecto, había asistido a aquella fiesta y recordaba haber hablado con algunos chicos, amigos de la anfitriona.

Quien escribía el mensaje no decía nada ofensivo, solo la saludaba y le hacía saber que tenía ganas de volver a verla.

Ella respondió con un wasap corto para saludarle y admitir que no se acordaba de quién era.

El nick de la persona en cuestión no era un nombre, sino una serie de letras y cifras separadas por puntos, como unas siglas.

Aquel día no recibió ningún otro mensaje.

Al día siguiente, en clase, Eli preguntó a la compañera de la fiesta si tenía a esa persona entre sus contactos y le mostró el mensaje que le había enviado.

Su amiga no identificó aquel contacto ni lo tenía en su directorio.

—Después llegaron más wasaps que Eli no contestó. Un día recibió una foto del edificio donde vive Eli. Y al siguiente, una foto hecha desde la calle en la que se veía a Eli esperando el autobús en su parada. ¡Aquel tipo la seguía!

—¿No se lo explicó a nadie? —preguntó Arnau.

—Todavía pensaba que sería algún idiota con quien había hablado en la fiesta de su amiga.

Incluso sospechaba de uno en concreto. Con la ayuda de su compañera de clase lo siguieron un mediodía saliendo del instituto.

El chaval iba a una escuela concertada del barrio.

Lo acorralaron. Le obligaron a mostrar su perfil de WhatsApp y le hicieron mil preguntas por si usaba varias identidades en las redes.

Nada. Por cómo el muchacho reaccionó, tanto Eli como su amiga se convencieron de que no se trataba de él.

Eli se decidió a hablar con sus padres el día en que le llegaron dieciocho wasaps de la cuenta misteriosa.

—Imagino que ya sabes que los padres de Eli siempre están muy ocupados y que pasan bastante de su hija.

Se ve que, cuando se lo contó, ambos quitaron hierro al asunto: que sería un insistente compañero de clase que se había enamorado, o en cualquier caso, cosas de adolescentes.

Eli les confesó que tenía miedo y que la agobiaba que un desconocido le enviara tantos mensajes y la siguiera por la calle sin que ella se diera cuenta.

La solución de su madre fue llamar al instituto.

«No es nadie del instituto, mamá», le insistió ella, pero para esa señora eran las típicas bromas de críos.

«En mi época también era así. Sin móviles, claro.

Yo recibía notitas escritas», le dijo incluso quitándole importancia.

Al final la madre de Eli fue a hablar con la directora del instituto, quien sí se lo tomó en serio y le aseguró que intentarían averiguar si alguien del centro podía esconderse tras el anónimo que enviaba los wasaps.

No obstante, le sugirió que, si no sacaban nada en claro y los mensajes continuaban, debía denunciarlo a los Mossos d’Esquadra.

Para entonces Eli ya había caído en una especie de depresión. Se encerró en su habitación. Tenía miedo de ir al instituto, miedo de salir sola de casa, miedo todo el tiempo. Los mensajes, por lo que sabía Esther, fueron subiendo de tono y de frecuencia.