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Pasaban de las doce cuando Jordi le preguntó si le apetecía ir un rato a la playa con él.
Aceptó encantado y se llevó la novela. A esa hora el ambiente era totalmente familiar.
Arnau siempre se fijaba en los pequeños grupos que se formaban, sentados en sillas plegables o bien tumbados en la arena, con sombrillas coloridas…
Con frecuencia distinguía hasta tres generaciones.
Además, en aquella parte de la costa, predominaba el turismo nacional y podía entender todas las conversaciones.
—Sí, tu madre también lo dice —corroboró su tío—. Que en la Costa Brava oyes hablar en multitud de idiomas y todo está pensado para un turismo de extranjeros, mientras que aquí casi todos hablan en castellano o catalán. Lo malo es que somos demasiado bulliciosos cuando nos juntamos —se quejó.
Precisamente a causa de no soportar los griteríos, Jordi siempre optaba por alejarse de la primera línea cuando bajaba a darse un baño.
—No aguanto las voces y los chillidos que hay en la orilla, aunque el problema de estas zonas más alejadas del mar son los futbolistas o los del voleibol, que se colocan por aquí…
En fin, peor era antes, que había grupos que se traían la música y, o te tragabas lo que pusieran, o recogías tus cosas y te ibas.
Por suerte, ahora está prohibido y ponen multas.
En efecto, Jordi se quedó semidormido en la toalla. Arnau se dio un chapuzón y al volver vio que Esther se les acercaba.
—Hola, Arnau —saludó. Jordi se incorporó levemente—. ¡Hola, Jordi! —añadió.
Como Arnau no abría la boca, Jordi le preguntó dónde estaba su hermana, si había ido sola a la playa y si quería sentarse un rato con ellos.
—Venía a preguntarle a Arnau si me acompañaba a dar un paseo por la orilla.
—No… Es que estoy leyendo —se excusó, y enseguida bajó los ojos hacia la página del libro.
—¡Acompáñala un rato, tonto! Aprovechad que sois jóvenes y no te quedes aquí conmigo como un carcamal —metió la pata su tío.
—Es que no me apetece ahora, de verdad…
Esther se encogió de hombros y sonrió.
—Entendido. Me voy, pues. ¡Ah!, por cierto —dijo cuando ya se había alejado unos pasos—, tenía un mensaje de Eli para ti. Después, si nos vemos, ya te lo diré.
El joven reaccionó levantándose de un salto con tanta celeridad y sin ningún disimulo que Esther se echó a reír. Jordi la imitó.
—Te han entrado las ganas de golpe, ¿eh? Eres transparente, sobrino… Anda, vete. Y si tardáis mucho, yo ya me habré ido, que aquí no se puede estar tranquilo…
—¡Qué exagerado! —dijo Esther—. ¡Si cuando he llegado, estabas dormido como un tronco!
Se fueron hacia la orilla concentrados en ir esquivando grupos de gente y luego caminaron en dirección a Coma-ruga.
Arnau no decía nada, esperando que fuera Esther quien le revelara el mensaje de Eli.
Sin embargo, la joven solo sonreía y lo miraba de vez en cuando mientras el agua les mojaba los pies.
—Pensarán que salimos juntos —dijo ella finalmente.
—¿Quién lo va a pensar?
—Yo qué sé. La gente que nos vea.
De pronto, Arnau entendió que aquello era una encerrona que se había inventado la chica: no tenía nada que decirle de parte de Eli. Solo quería que, si había algún conocido en la playa, pensara que eran pareja. Estuvo a punto de detenerse y retroceder, pero entonces ella mostró sus cartas…
—He pensado que te gustaría saber cosas de Eli.
—Decías que te había dado un mensaje para mí.
—Solo me ha comentado que, si te veía en la playa, te dijera que ya quedaríais esta tarde a última hora, pero yo te quería contar otras cosas. Si te interesa, claro.
—¿Qué cosas?
—Veo que sí que te interesa —respondió ella, riendo.
—¿Qué cosas? —insistió Arnau.
—Cosas de ella que quizás no te ha comentado. Y que tú quizás tendrías que saber.
—Oye, Esther, si hay cosas que no me ha dicho, será porque no ha querido decírmelas. No soy un cotilla. Y tú tampoco tendrías que serlo.
—OK —dijo Esther.
—OK, ¿qué?
—Que no te las diré.
No habían parado de andar y se habían alejado del lugar donde se había quedado Jordi.
Arnau se estaba enfadando. Pensaba que hubiera tenido que irse enseguida, que tendría que haber sospechado que todo era un engaño y no haberla acompañado a pasear.
Pero ya era demasiado tarde: estaban juntos y él tenía ganas de saber.
A pesar de que solo tenía un par de años más que Esther, se creía capacitado para dirigir la conversación hacia lo que le interesaba.
—Has dicho que hay cosas de Eli que yo tendría que saber…
—Sí, pero acabas de decirme que no quieres que te las diga.
Arnau intuía que lo que Esther pretendía era revelarle algunos secretos de Eli para vengarse, y aunque le pesaba la curiosidad, también se dijo que eso no estaba bien, que no era ético. Y que él, como persona mayor y sensata, debería evitarlo.
—Hay cosas que ya sé —dijo, sin embargo, animándola.
Esther se detuvo y lo miró fijamente.
—Ah, ¿sí? ¿Te lo ha contado todo?
—No sé a qué te refieres con «todo».
—Dime qué sabes, y yo te diré si lo sabes todo.
Arnau pensó que aquella conversación era patética. Aun así, no se calló, necesitaba averiguar más.
—Sé que un tío la asedió. Y sé que ella cogió miedo. También sé que necesitó ayuda y por eso dejó los estudios colgados durante un año. Pero ahora todo está bien.
—Hummm —murmuró Esther asintiendo con la cabeza; después, continuó andando.
—Como ves, lo sé todo.
Ella se puso a reír antes de contradecirlo.
—¡Te equivocas, tonto! No sabes nada.
—¿Y qué más tendría que saber?