3 #2
—¡No seas aguafiestas, mujer! —la amonestó su marido.
Oír la risa de su madre mientras la barcaza caía por la pendiente aumentaba la felicidad del momento que Arnau vivía.
Él también se hartó de reír viéndola con el pelo mojado y chillando como una cría.
Y se sumó al complot de su padre por convencerla para que todos se subieran al Dragon Khan como fin de fiesta.
—¿Os habéis vuelto locos o qué? ¡Esa montaña rusa parece salida de una pesadilla!
—Venga, cariño, ¡que un día es un día! —insistió su esposo.
—¡Nunca me he montado en un artilugio así! ¡Nunca jamás! ¡Me estremezco solo de pensarlo!
—Pero si no pasa nada. Es solo subir y bajar —la calmó Pol—. Y a esta hora ya no hay apenas cola…
Y al final la convencieron.
—Temo que voy a arrepentirme toda la vida —masculló aún mientras, sentada entre Arnau y Pol, se aferraba con todas sus fuerzas al arnés de seguridad—. ¿Ya es seguro esto? ¿Y si se levanta a la primera de cambio?
Realmente resultó una experiencia traumática para la madre de Arnau, que la oyó chillar como una posesa durante los minutos que duró el viaje.
—¡Abre los ojos, mamá! ¡Mira cómo se ve el mundo cabeza abajo!
—¡¡¡Y una mierda!!! ¡¡¡No pienso abrirlos!!! ¿Dónde demonio me habéis hecho subir, panda de asesinos? ¡¡¡Me las vais a pagar todas juntas cuando estemos en tierra!!! —gritaba como si la estuvieran torturando.
La anécdota del Dragon Khan sería motivo de risas durante días.
Y encima Pol compró las fotografías que les habían tomado en pleno delirio como recuerdo.
Se las dio antes de entrar al coche, cuando ya ninguno de ellos podía reír más del dolor de estómago que tenían.
En la foto de la madre de Arnau, muerta de miedo y aferrada al arnés, tenía la boca abierta y los pelos electrizados como una bruja.
—¡Os podría denunciar ahora mismo por lo que me habéis hecho! —se quejaba ella—. ¡Todos sabíais que era peor de lo que me decíais! ¡Y tú, Pol, mal bicho, encima has comprado las pruebas de la infamia!
Regresaron cuando ya había anochecido. Mientras los adultos todavía comentaban la epopeya vivida en el Dragon Khan, Arnau y Eli, favorecidos por la oscuridad, se cogieron de las manos a pesar de que Pol estuviera sentado con ellos.
Arnau evocó otro fotograma de su película: el rostro resplandeciente de Eli en la penumbra del coche, feliz de estar donde estaba, de tenerlo a él a su lado con su mano acariciando la suya.
* * *
Arnau acompañó a Eli a su apartamento y Marta les dijo que sus hijas habían salido ya con la pandilla, pero que podían llamarlas para preguntarles por dónde paraban y quedar con ellas.
Sin embargo, Arnau le propuso a Eli cenar algo primero con él y su familia, y luego, si les apetecía, salir para reunirse con los otros. Ella aceptó enseguida.
Cenaron como siempre en la terraza. Pol preparó pan con tomate, embutidos y quesos, y sacaron una jarra de gazpacho de la nevera.
Mientras intentaban transmitirle a Jordi la experiencia de su hermana en el Dragon Khan y le mostraban la fotografía que lo documentaba, Arnau sintió que Eli formaba parte de su familia: la incluían en la conversación, le pedían su opinión, reían…
Al acabar, los dos jóvenes dijeron que iban a dar una vuelta a ver si encontraban a sus amigos.
Durante el paseo, se quitaron los zapatos y caminaron descalzos por la orilla del mar. Había muchos pescadores nocturnos en la arena y ellos, de nuevo de la mano, agachaban la cabeza cuando pasaban bajo los hilos tensados de las cañas.
—Me gustaría darte un beso, Arnau —dijo Eli.
—¿Un beso con sentimiento o sin? —preguntó él.
—Un beso con sentimiento —contestó ella, y tras una pausa añadió riendo—: Con sentimiento y con lengua.
Se besaron apasionadamente ante el mar. La luna estaba casi llena y se reflejaba en la superficie del agua. «Todo es perfecto», se dijo Arnau. Y no pensó nada más…
Ya en la cama, sin embargo, sí lo hizo; le dio tantas vueltas a todo que acabó haciéndose demasiadas preguntas.
¿Quizás todo había sido demasiado sencillo, demasiado fácil?
¿Y si Eli siempre se comportaba así y hacía manitas con cualquier chico?
¿Había sido tan especial para ella como para él?
Enseguida se sintió mal de tener aquellos pensamientos.
¿Se estaba comportando como un machista?
* * *
El día en que se iban hacia Barcelona, porque al siguiente a primera hora tomaban un avión, los padres de Arnau propusieron a su hijo invitar a comer a Eli.
A los dos les había caído muy bien y repetían a su hijo que les encantaba esa chica y su forma de ser.
Y aunque desde entonces los jóvenes habían dejado de esconder su relación («¡Un amor adolescente de verano, qué bonito!
», llegó a decir su madre), para Arnau era todavía complicado gestionar el tema de las hermanas.
Eli se alojaba en su casa. Era un poco delicado, sobre todo para ella, aceptar una invitación personal sin contar ni siquiera con Eva.
—No le veo el problema, Arnau. A ver, nosotros nos vamos y es natural que queramos despedirnos de nuestro hijo, y de su chica.
—Mamá…
—Bueno, díselo como quieras. Pero creo que, tal como están las cosas, ellas lo entenderán perfectamente. A mí, al menos, me lo parece, vaya.
Arnau no estaba tan seguro. Cuando salieron con la pandilla, al día siguiente de la excursión a Port Aventura, Eli y él no habían escondido sus muestras de afecto y habían dejado claro que algo había cambiado entre ellos.
A Eva se lo había confesado enseguida Eli desayunando.
Sin embargo, ni una ni otra se lo contaron a Esther, que se dio cuenta aquella noche en la plaza, mientras estaban esperando al resto de la pandilla.
La reacción de Esther no les sorprendió demasiado, ni a la reciente pareja ni a su hermana. Sabían que estaba coladita por Arnau, pero solo era una cría y reaccionó como tal: caras largas, silencio, evitando dirigirse a uno y a otra. Eva decidió no hacerle caso.
—Ya se le pasará.
Como Arnau nunca había dado falsas esperanzas a Esther, no se sentía culpable.
Sin embargo, Eli se sentía fatal, más que nada porque estaba en su casa, durmiendo en su cama (aquellos días Esther dormía en una cama supletoria en el cuarto que usaban de despacho), aunque reconocía que no podía hacer nada y que no era culpa suya.
La cría tendría que asumir el desengaño.
«La vida es como es —pensaba— y todos tenemos que aceptar las cosas tal y como llegan».
Finalmente, Eli fue a comer al restaurante Tama con los padres de Arnau.
Brindaron por su viaje y, también, en secreto, por la semana que viviría la pareja sin su presencia en Sant Salvador.
Arnau había fantaseado incluso con pedir a Jordi y a Pol si Eli podría quedarse algún día a dormir en su casa.
No sabía aún con qué objetivo ni con qué intenciones, pero le reconfortaba la idea de estar con Eli en la terraza hasta tarde, sabiendo que no tendría que marcharse a dormir al piso superior.
De momento, no era necesario dar vueltas al asunto.
Era una posibilidad. Ya se vería cómo evolucionaba todo.
Después de comer, dieron un paseo. Al regreso, Eli volvió a casa de las vecinas.
—Mis padres vienen mañana. Esta vez sí me he acordado de decírtelo —comentó Eli antes de cruzar la puerta.
—Vaya —se lamentó el chico—, justo mañana, que es el primer día sin mis padres…
—¡Tendremos una semana entera! Y esta noche salimos con la pandilla, ¿no?
Arnau asintió y corrió a despedirse de sus padres, que lo estaban esperando.
Por supuesto, le hicieron mil recomendaciones y le dieron un montón de instrucciones antes de subirse al coche y él les aseguró que todo iría bien.
Pol y Jordi prometieron comportarse como tutores superresponsables y que no se preocuparan de nada.
Jordi abrazó a su hermana con fuerza y le dijo al oído:
—Desconecta y disfruta del viaje, que te lo mereces… Os lo merecéis. Arnau va a estar aquí de maravilla.
Luego, fueron a buscar unas pizzas al Don Vitto y cenaron los tres hombres solos en la terraza.
A las once pasaron a buscarlo las vecinas y repitieron el plan habitual: reír, hacer un poco el tonto por el paseo y acabar en la playa bebiendo, charlando y escuchando música.
Eli y él se mantenían algo distanciados del grupo y se besaban cuando los otros no los miraban, si bien Arnau interceptó un par de veces la mirada fría y poco amistosa de Esther.
Sin embargo, en general fue una noche divertida.
Regresó a casa antes de las tres de la madrugada y se puso la alarma del móvil para ir a nadar con Pol.
* * *
A la mañana siguiente, después de nadar y tomar un buen desayuno, Arnau se instaló en la terraza para leer una novela.
En realidad, estaba atento a la calle; Eli le había dicho que sus padres llegarían sobre las once y tenía curiosidad por saber cómo eran, tras haber escuchado hablar tanto de ellos.
A las once y cuarto, un moderno y reluciente Mercedes se detuvo delante del edificio.
El conductor puso los intermitentes de posición y de la puerta del copiloto bajó una mujer alta, delgada, con un vestido largo de verano y una pamela.
La mujer levantó la cabeza y saludó con la mano a alguien, seguramente a su hija, que debía de estar asomada.
—¡Dile a papá que aparque en la calle de arriba, a la izquierda! ¡Siempre hay sitio! —Oyó Arnau cómo Eli se dirigía a su madre.
La mujer dio las indicaciones a su marido a través de la ventanilla abierta y el coche arrancó enseguida. Luego, volvió a saludar a su hija y se dirigió al portal de entrada.
Arnau obtuvo dos conclusiones de esa primera impresión: por un lado, que era muy pija, tal y como le había dicho la propia Eli, y por otro, que se parecían mucho; tenían el mismo tipo de cuerpo y las facciones eran similares, como observó cuando elevó el rostro. Y siguió leyendo sin más.