El amor de Eli 3
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Esa mañana Arnau no se había puesto el despertador. Cuando se levantó, pasadas las diez, Pol ya había regresado de nadar, y todos estaban terminando de desayunar en la terraza.

—Y tú… ¿a qué hora volviste anoche, si puede saberse? —le preguntó su madre.

—Tarde.

—Ya me imagino que tarde, porque estuvimos despiertos viendo una película hasta la una y media de la madrugada. ¿Y hoy el señorito tiene planes? Queríamos proponerte uno nosotros.

—¿Cuál?

—Primera parte a nuestro gusto y segunda parte para ti. Así, todos contentos.

—¿Cuál es el plan? —repitió el joven mientras se servía un café con leche.

—Como regalo de cumpleaños —habló su padre—, pedí volver a visitar el monasterio de Poblet. Hace siglos que no he ido, creo que desde el colegio. Y aprovechando la visita, podríamos comer por la costa y pasar luego la tarde en Port Aventura.

—Esa es la parte dedicada a ti —puntualizó su madre.

Arnau había ido un montón de veces de pequeño a Port Aventura y siempre se lo había pasado genial. No se cansaba de subir a las atracciones. Y aunque ya no fuera un niño, la ilusión volvió a brillar en sus ojos. Su madre se dio cuenta enseguida.

—Esta parte del plan mola, ¿eh?

De repente, él tuvo una idea.

—¿Habría sitio en el coche para una persona más?

Sin embargo, mientras formulaba la pregunta, calculó mentalmente las plazas disponibles: sus padres, sus tíos y él, o sea cinco, o sea completo.

—Mira por dónde estás de suerte, chaval —dijo Jordi—. Tenemos que ir en dos coches. Yo he de regresar por la tarde para atender una reunión on line , así que no iré con vosotros al parque de atracciones.

Arnau se ilusionó con la posibilidad de invitar a Eli. El problema era cómo proponerle solo a ella la excursión, sin incluir a las dos hermanas, si no podía hacerlo por el móvil.

—Subo un momento a la casa de las vecinas —anunció.

—Las tres no caben en el coche, ¿eh, Arnau? Recuerda que de regreso solo dispondremos de un vehículo.

—Sí, sí, solo una plaza —dijo mirando a Pol con complicidad.

Salió del apartamento deprisa y sin ninguna idea preconcebida, aunque, mientras subía los peldaños, pensó que ojalá Esther hubiera vuelto a vomitar de madrugada y su madre hubiera castigado a las dos hermanas sin salir.

—¡Buenos días, Arnau! —Le abrió Eva—. ¿Vas ya a la playa?

—No, no. ¿Qué tal ha pasado la noche tu hermana?

—Bien. ¡Pobre de ella, si no! La habría crucificado. Venga, entra. Estamos desayunando en la terraza.

Marta, su madre, estaba ordenando la casa y lo saludó. Esther y Eli todavía iban en pijama. Estaban sentadas a la mesa ante unas tazas de café con leche y unas rebanadas de pan. Esther llevaba las gafas de sol puestas.

Arnau tragó saliva y se lanzó a improvisar…

—Venía porque a mi tío Jordi le han regalado cinco pases para Port Aventura, pero al final le han puesto una reunión importante y, como ayer fue el cumpleaños de mi padre, pues le hace ilusión y…

Total, que nos sobra una entrada y una plaza en el coche…

Y he pensado que a lo mejor Eli no ha estado nunca y le apetecería venir… Digo, como no veranea aquí…

Las tres chicas se quedaron observándolo con cara de no haber entendido bien lo que, tartamudeando y nervioso, les había contado. Luego, las dos hermanas miraron a Eli, que no dijo ni palabra.

—Solo era una propuesta… Ya sé que sería mucho mejor ir todos y poder invitaros a las tres, pero es lo que hay y…

—¿No te habíamos dicho que hoy vienen los padres de Eli? —le preguntó Eva. Y enseguida se dirigió a su amiga—: ¿Tú no se lo comentaste ayer?

Arnau se quedó sin habla. No solo su plan se iba a pique, sino que también le dolió que Eli no le hubiera hablado de la visita de sus padres a pesar de haber estado charlando con ella tanto rato la víspera.

Desorientado y decepcionado, un pensamiento le cruzó la mente: «¿Vendrán a buscarla para llevársela? ».

—No, no se lo conté, se me pasó —se excusó la chica.

—Llegarán a la hora de comer —añadió Eva dirigiéndose a Arnau—. Vienen solo a pasar el día.

—Ah, vale, entonces nada…

Arnau sentía una rabia feroz y unas ganas terribles de huir de aquella casa.

—¿Y cuándo os vais? ¿Por la tarde? Ahora debe de hacer mucho calor… —dijo Esther.

—Primero iremos a Poblet, a visitar el monasterio. Después a comer y a media tarde nos acercaremos al parque de atracciones. Salimos dentro de un rato.

—¿Ypor la noche estarás aquí? —preguntó Eva—. Hemos quedado con Joan y la pandilla.

Eli no dijo nada.

Cada vez más furioso, Arnau se despidió a la carrera de las chicas argumentando que tenía prisa. Bajó las escaleras como si las piernas le pesaran y abrió la puerta del piso con su llave. Los adultos ya habían empezado a organizar la salida y Pol acababa de lavar los platos del desayuno.

—¿Al final se apunta Eli? —le preguntó en cuanto él entró en la cocina.

—No, no puede. Hoy vienen a verla sus padres.

Se cambió las chanclas por unas zapatillas de deporte, cogió los auriculares y la cartera, y se reunió con su familia para salir. Justo cuando su tío cerraba la puerta y él ya estaba en las escaleras, oyó unos pasos de alguien que bajaba del piso de arriba.

—¡Eh, Arnau! ¿Continúa en pie la invitación? Mis padres al final no vienen.

El chico comprobó cómo una decepción inesperada se transformaba en una alegría desbordante en cuestión de segundos.

Eli no hizo ninguna observación cuando descubrió que iban en dos coches. Aun así, Arnau se apresuró a explicarle que Jordi volvería en el suyo por la tarde porque tenía trabajo.

—Por eso después tendremos solo un coche y no había sitio para Eva y Esther.

Ella tampoco comentó nada al respecto. Se montaron con los padres de Arnau, en los asientos posteriores, y durante el viaje, estos le fueron preguntando cosas a Eli, que ella respondía con amabilidad, aunque Arnau se dio cuenta de que algunas de las apreciaciones que hacía no eran exactas o que escondía parte de la información que él sabía.

Pasó de puntillas, por ejemplo, por temas como su retraso en los estudios o el trabajo de sus padres.

En el Citroën, Arnau volvió a experimentar la sensación de que los dedos de Eli buscaban los suyos.

Miró sus manos, la de ella y la suya, una junto a la otra en el asiento.

Eli continuaba conversando con los padres de Arnau y respondía a las preguntas o comentarios que le hacían, pero sus dedos parecían empeñados en vivir una aventura por su cuenta: se acercaban a los de Arnau, los tocaban; se quedaban un rato allí, tanto que el chico la miraba fijamente esperando una señal, visual o táctil, para dar un paso más y apretarle la mano, pero entonces ella o sus dedos cambiaban de idea y se retiraban. Aquel juego duró todo el trayecto.

En Poblet habían quedado con un conocido de Jordi que les haría de guía en el monasterio. Lo esperaron tomando un café.

—Me alegro de que tus padres hayan cambiado de idea en el último momento —le susurró Arnau a Eli durante la visita; atravesaban uno de los claustros y caminaban unos metros por detrás de la comitiva de los adultos—. Me hacía mucha ilusión que pasáramos el día juntos.

—Mis padres suelen hacer eso de cambiar los planes a última hora. Sobre todo cuando esos planes tienen que ver conmigo.

—Vaya. Lo siento.

—Pasan bastante de mí. Qué le vamos a hacer.

—Lo siento —repitió el chico.

Entonces y por primera vez, Eli entrelazó los dedos con los de Arnau, sin disimular.

Él se quedó sorprendido unos segundos; la miró a los ojos y vio que ella le sonreía, así que le apretó con fuerza la mano, sin temor a que sus padres se diesen la vuelta y los vieran andar como si fueran una pareja.

—Te he mentido —dijo Eli de repente—. En realidad, he sido yo quien ha llamado a mis padres y les he pedido que no vinieran. A mí también me hacía ilusión pasar el día contigo.

* * *

Comieron en Salou, en un restaurante que les gustaba a Pol y a Jordi. Durante la comida, Eli participó en la conversación mucho más de lo que lo hacía habitualmente Arnau, y los mayores, en un momento u otro, lo celebraron.

—Eli, admito que no tengo demasiado contacto con gente de vuestra edad —confesó la madre de Arnau—, salvo con mi hijo, y por eso pensaba que todos erais como él, o sea, callados, ensimismados y solo preocupados con vuestras historias de adolescente.

¡Más cerrados que una ostra! Te pido perdón por mis prejuicios.

—Bueno, la verdad es que yo en casa, con mis padres, tampoco suelo hablar mucho…

—No intentes justificarlo, cariño —la acalló la mujer riendo—. ¡Sé cómo es mi hijo!

Tomaron café en la terraza del mismo restaurante y Jordi se despidió del grupo para volver a Sant Salvador.

En el trayecto hasta el parque de atracciones Eli y Arnau ni se rozaron, porque Pol iba sentado en la parte trasera con ellos. Sin embargo, nada más montarse en el Furius Baco, retomaron el juego de las manos enseguida. Nadie había querido subir con ellos.

—Busquemos alguna atracción que no libere tanta adrenalina. O podemos sentarnos en una terraza a tomar una caña —propuso Pol.

—¡Por mí, perfecto! —se sumó la madre de Arnau—. Prefiero mil veces marearme con un gin-tonic que no sacar hasta la primera papilla por culpa de esos loopings .

—Vosotros pasáoslo bien —los animó el padre.

Cualquiera hubiera dicho que Arnau y Eli eran una joven pareja de enamorados haciendo cola para subir a la montaña rusa.

Agarrados de la mano, se miraban a los ojos sin hablarse.

Y el silencio no era incómodo, sino al contrario.

Arnau se sentía eufórico: estaba siendo un día perfecto.

Todo se desarrollaba de manera natural, sin forzar nada; todo era sencillo y fácil.

Cuando se bajaron, habían disfrutado tanto de la emoción que aún se subieron a unas cuantas atracciones más y pasearon de la mano por la zona del Far West, antes de llamar a los padres de Arnau para saber dónde estaban. Comenzaba a ponerse el sol cuando se montaron todos juntos en el Tutuki Splash.

—Ahora solo me falta quedar empapada de arriba abajo antes de coger el coche… —se lamentó la madre de Arnau.