El amor de Eli 2 #3
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Cuando regresaron a casa por el paseo, ya habían cerrado todos los bares, restaurantes y chiringuitos.

La poca gente que había los miraba mal, porque llevaban la música muy alta y algunos cantaban los temas que sonaban a todo pulmón y desafinando.

Eran las dos de la madrugada. La mayor parte del grupo se disolvió al llegar a la plaza de las palmeras.

Arnau, distraído, observó cómo Eva se despedía efusivamente de su acompañante, que resultó volver a ser Joan, el de Vilafranca, el ligue del día anterior, y no el nuevo.

Cuando se quedaron solos los cuatro dirigiéndose hacia su edificio, le ofreció un chicle a su hermana, pero Esther lo rechazó.

—Como vuelvas a montar un número esta noche, mañana no muevo ni un músculo para ayudarte, ¿me oyes?

Eli y Arnau andaban detrás de ellas. De una manera que al chico le pareció tan sutil que le hizo preguntarse si era casualidad, la mano derecha de Eli buscó su mano izquierda.

Apenas fue un roce, un leve contacto, pero muy sensual.

La mano aventurera se separó enseguida de su hipotético objetivo y Arnau la miró como preguntándole sin palabras si el gesto de aproximación había sido intencionado. Eli se limitó a sonreír.

—Buenas noches, Arnau, que descanses —se despidió Eva en nombre de las tres ya en el rellano de la escalera.

Al joven le costó un buen rato conciliar el sueño.

En su mente insomne, pasaban uno detrás de otro en bucle los momentos que había vivido aquella noche junto a Eli.

Nunca había sentido algo así. «¿Por qué ahora?

¿Qué diferencia a Eli de las otras chicas que he conocido?

», se preguntaba. ¿Por qué ella le había preguntado si había besado antes apasionadamente a otra persona?

¿Había hecho bien él respondiendo la verdad?

Sí, se había besado con Martina Planella, una compañera de clase.

Besos con lengua. Fue cuando estaba en cuarto de la ESO, antes de Navidad.

Un grupo de compañeros y compañeras habían ido a comer al McDonald’s.

Fue divertido y se habían reído un montón.

Al salir del local, Martina le había dicho de golpe que quería confesarle una cosa.

«¿Qué?», le preguntó él. «Me gustas», le había contestado ella.

Luego, todo pasó muy deprisa. De pronto estaban en casa de Martina.

«Mis padres no llegarán hasta esta noche, están en Francia», le había dicho.

Y allí, junto a un árbol de Navidad adornado con bolas y luces, Arnau había experimentado un intenso deseo.

Se le acercó con temor a ser rechazado, pero Martina no solo no lo rechazó, sino que se mostró más que dispuesta a besarlo.

Tal y como le había contado a Eli unas horas antes, ese beso existió.

Y fue largo, y húmedo, y se repitió durante la hora siguiente.

Arnau recordaba haber estado a gusto en la boca de Martina y sentir una excitación especial.

Todo era nuevo, se sentía mayor de golpe.

Ella olía bien, sabía bien… Y, sin embargo, lo que Ar nau sentía ahora, despierto y con los ojos bien abiertos, en la cama de la casa de sus tíos en Sant Salvador, era infinitamente más fuerte que lo que vivió con Martina aquella tarde.

¡Y eso que con Eli no había pasado nada!

¡Ni se habían dado un beso en la mejilla!

El chico reconocía que el recuerdo de lo que pasó después con Martina debía de haber influido por fuerza en la sensación rara que le había quedado.

Su compañera de clase no contestó a ningún wasap de los que él le envió durante las vacaciones de Navidad y, cuando se volvieron a ver en el instituto, lo saludó con indiferencia.

Esa reacción dejó a Arnau descolocado. Un día, a la hora del patio, hizo el intento de averiguar qué ocurría y por qué se comportaba así con él, pero Martina se limitó a pedirle que la dejara en paz.

Evidentemente ese final había afectado al recuerdo de aquellos besos y así había tratado de explicárselo a Eli: que la experiencia de besar había sido algo puramente físico, mecánico.

Aun así, antes de besar a Martina sí había sentido unas ganas locas de hacerlo.

¿Se había imaginado también que aquella chica de su clase podía ser su compañera para toda la vida?

La verdad era que no. Le dio la risa solo de imaginarlo.

¿Cómo iba a pensar que aquella chica que se sentaba dos filas por detrás de él en el aula, sin más cosas en común, fuera la mujer con la que compartiría su futuro?

¡Por favor! ¡Qué sandez! En cambio, Eli…

Había sido totalmente sincero aquella mañana con Pol: a pesar de que acababa de conocerla, a pesar de que tres días antes no tenía ni idea de la existencia de esa persona, ahora solo podía imaginarla a su lado para siempre.

Ahora la vida, sin Eli, no tenía sentido.

Y ni siquiera podía escribirle un wasap… Porque no tenía móvil. Porque algo muy grave le había pasado hacía unos años. O unos meses. O unas semanas… Arnau se angustió al comprobar que, realmente, sabía muy poco de la vida de la chica que le tenía robado el corazón.

«Pero tengo la esperanza de que un día se sincerará conmigo y me contará todo lo que no sé de ella.

Si hasta me ha sugerido que podría escribir un guion de su experiencia.

Y eso quiere decir que, tarde o temprano, piensa contármelo.

Y, si lo hace, es que confía en mí. Sería muy fuerte que mi primera película saliera de esta historia…

», y con esos pensamientos, se quedó dormido.