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Pol estaba a punto de salir de casa cuando Arnau se le acercó. Iba en bañador y llevaba la toalla al hombro.
—Pensaba que hoy no vendrías a nadar. Debiste de llegar tarde ayer.
—Me he puesto el despertador.
La playa era muy diferente a primera hora de la mañana.
Pol decía que no parecía el mismo lugar.
Casi no había nadie: alguna pareja de jubilados, algún nadador esporádico…
El sol ya calentaba bastante y la temperatura era agradable.
El mar estaba plano y solo se insinuaba el posterior oleaje que, casi a diario, dificultaba la natación en aquella zona a partir del mediodía.
Pol iba a nadar cada mañana cuando estaban en Sant Salvador.
Se levantaba temprano, se ponía el bañador e iba directo al agua.
Se alejaba unos metros de la costa y después nadaba en paralelo a la orilla, un kilómetro aproximadamente, en crol a la ida y de espaldas a la vuelta.
Arnau se unió a la misma rutina. Cuando acabaron, se quedaron todavía unos diez minutos con el agua hasta las rodillas, conversando como lo harían dentro de una bañera.
—¿Te puedo hacer una pregunta personal?
—Claro. ¿Qué pasa? —quiso saber Pol, intrigado.
—¿Cómo supiste que Jordi era el hombre de tu vida?
Pol rio.
—Me parece que la pregunta está mal formulada o contiene un error.
—¿Cuál?
—Pues que yo nunca he pensado que Jordi sea el hombre de mi vida.
Es la persona que me acompaña en mi vida desde hace un montón de años, eso sí.
Pero en ningún momento he pensado que fuese él porque estaba predestinado a serlo.
En mi opinión, ese tipo de ideas no hacen ningún bien a las relaciones.
Jordi es y será el hombre de mi vida mientras la vivamos juntos, a gusto, sin obligarnos a nada.
—¿Quieres decir que es temporal? ¿Que no va a durar para siempre?
—Eso ni lo sé yo ni lo sabe él. Por ahora nuestra relación funciona, lo compartimos todo. Pero si un día se tuerce o si ya no nos aporta nada estar juntos… Bueno, ya ves: no creo en esas cosas de para toda la vida… ¿Por qué lo preguntas?
Arnau se echó agua por la cabeza retirándose el pelo hacia atrás. Después, procurando superar la vergüenza, se sinceró:
—No lo sé… Ayer tuve como un presentimiento, algo que no había sentido antes.
—¿Qué fue?
—Que Eli, la amiga de Eva, podría ser mi pareja perfecta.
—Ahí es nada, tío. ¡Y eso conociéndola ayer! Así que hubo química entre los dos, ¿eh?
—Sí. Por mi parte sí, al menos. Solo charlamos, pero antes de dormirme pensé lo que te he comentado, que me gustaría que fuera la mujer de mi vida.
—Te aconsejo formularlo de otra manera: que te gustaría que Eli formara parte de tu vida. Es más sensato y más realista.
—Quizá sí.
—¿Y te atrae físicamente o su manera de ser? ¿O las dos cosas?
—Sí, ¡todo el conjunto! —Rio Arnau.
* * *
Era el cumpleaños del padre de Arnau y los invitó a comer a un restaurante, el Vil·la Casals.
Jordi había hecho la reserva con bastante antelación, porque en verano siempre estaba lleno, sobre todo los fines de semana, pero también los demás días.
Comieron un arroz buenísimo y brindaron con cava.
Arnau miraba el móvil a cada rato para saber qué hora era: tenía ganas de que llegara la tarde.
Estaban tomando el postre cuando le llegó un wasap inesperado de Esther:
Vienes a bañar te? Tú y yo solos. Soy Eli. Te escribo desde el móvil de Esther .
¿Era una broma? ¿Era de verdad Eli? ¿Por qué demonios usaba el móvil de Esther? ¿Y nadar solos, sin las hermanas? Tecleó:
Eres realmente Eli ?
Y la respuesta fue:
Sí, guionista !
Arnau decidió jugar sus cartas:
OK! Dónde quedamos? Cuándo ?
No podía apartar los ojos de la pantalla esperando recibir la contestación.
—Deja el teléfono, Arnau —le pidió su madre—. Es cosa de la edad —explicó dirigiéndose a los demás—. Hasta hace poco pasaba bastante del móvil, pero ya me lo advirtieron: a partir de los quince, es otra historia.
—Voy a cumplir diecisiete, mamá —replicó él, sin levantar la vista del teclado.
—Pues a mí me habían dicho a los quince. Debes de ir con retraso.
Por fin, dos minutos después, leyó:
En la plaza, en un cuarto de hora…
Inmediatamente algo incontrolable lo sacudió por dentro, no podía estarse quieto. Se levantó de la silla, cogió sus gafas de sol, que estaban encima de la mesa, y se acercó a su padre. Le dio un beso mientras le decía:
—¡Feliz cumpleaños, papá! —Luego, le guiñó un ojo a Pol y se despidió de los demás—: Me voy.
—¿Qué quiere decir que te vas? ¿Adónde vas? —preguntó su tío Jordi, y miró a su hermana, que puso cara de resignación—. ¡Si aún no hemos tomado ni el café!
—Me voy —repitió él cuando ya estaba en el exterior y echaba a correr por el paseo en dirección a casa.
Subió los peldaños de dos en dos, entró en su habitación, se puso el bañador y, sin coger ni la toalla, salió pitando hacia la plaza. Eli lo esperaba sentada en un banco a la sombra.
—¿Adónde va el guionista con tanta prisa?
Él frenó en seco y no pudo reprimir una primera pregunta espontánea:
—¿Y las hermanas?
A Esther la habían castigado sin salir en todo el día.
A las tres de la madrugada había empezado a vomitar de manera escandalosa, lo que despertó a su madre.
El copioso vómito no solo echaba peste a alcohol, sino también a tabaco.
Por la mañana Eva había intentado justificar a su hermana diciendo que habían estado celebrando el cumpleaños de Joan y que habían bebido un gin-tonic .
Fue peor. Su madre le reprochó que, siendo ella la mayor, tenía que ser responsable de su hermana; que de hecho las dos eran menores y no podían beber alcohol, pero que ella tenía dos años más y su obligación era velar por Esther.
—Total, que a Eva su madre no la ha castigado, pero la ha obligado a acompañarla al súper y no sé adónde más y se han ido.
Esther todavía está en la cama, ni siquiera ha comido.
¿Y qué iba a hacer yo? Pues he pensado que me apetecía ir a bañarme contigo.
Le he pedido si podía enviarte un mensaje desde su móvil. ¿Te ha molestado?
—¡Qué va! Estaba en casa, muerto de asco —mintió.
—¿Ya has ido a nadar hoy?
—Sí. Pero no me importa volver. Si te apetece nadar, claro.
* * *
Arnau ayudó a Eli a extender su toalla en la arena.
Después estuvieron hablando con el agua mojándoles los pies y al final nadaron un rato.
A Arnau le parecía maravilloso ver emerger la cabeza mojada de Eli, con el cabello y la piel brillantes.
Las gotas rodaban por sus mejillas y algunas se perdían en su boca, que mantenía abierta en una sonrisa.
Era una visión resplandeciente y le transmitía felicidad.
Si alguien, en aquel instante, le hubiera preguntado: «¿Cómo te encuentras ahora mismo?
», él hubiera respondido: «Feliz». Así de simple.
Aquella chica le parecía bellísima e inteligente.
Era la primera vez que se sentía tan seguro de sus sentimientos.
No tenía dudas; estaba convencido de que no se equivocaba; que lo que experimentaba en compañía de Eli no era un espejismo ni una ilusión.
Todo era real, auténtico, todo era de verdad. Sin trampas.
En un momento dado, cuando volvían nadando a braza hacia la orilla, Arnau captó en su retina una imagen que, sin lugar a dudas, iría en el storyboard que preparaba: la frente de la chica, el pelo mojado a ambos lados y los ojos de Eli mirándolo fijamente.
Tenía medio rostro sumergido, de la nariz hacia abajo.
El pelo oscurecido por el agua se abría a su alrededor como los tentáculos de una medusa.
El sol de la tarde hacía brillar la escena y todo estaba rodeado de silencio.
—Te haría una foto ahora mismo —dijo él.
Bajo el agua, ella contestó algo ininteligible y solo unas cuantas burbujas le aparecieron alrededor de la nariz.
Aquella tarde, tumbados en la arena, habló más él que ella.
Le explicó la historia de su vida, le habló de su familia y de sus amigos.
Eli lo escuchaba con interés y, de vez en cuando, lo interrumpía para hacerle una pregunta o un comentario.
Quizás estuvieron una hora. Después llegó Eva, que los iba llamando mientras se les acercaba con las chanclas en la mano y un capazo colgado del hombro del cual sobresalía la toalla.
Les comentó que se había imaginado que estarían en la playa y les llevaba una bolsa de Cheetos y una lata de Coca-Cola.
Les hizo un resumen de cómo había ido la tarde con su madre, les anunció que había quedado por la noche con los vecinos de la calle de más arriba, que tenían amigos invitados, y que estaba segura de que su madre acabaría perdonando a Esther y que, si se encontraba bien, la dejaría salir, al menos un rato.
En efecto, cuando después de cenar Arnau pasó a buscar a las vecinas, que habían quedado a las once en la plaza, salieron las dos hermanas y Eli.
Eva estaba espectacular. Se había pintado los labios y lucía unos aros dorados enormes en las orejas.
Arnau supuso que se había arreglado así para Joan; pero comprobó que aquel día no tocaba tontear con Joan, sino con otro chico, uno de los nuevos: uno alto que parecía mayor que los demás.
Cuando se reunieron todos, el número de jóvenes casi triplicaba el del día anterior y se tiraron un buen rato presentándose, con apretones de manos o besos en las mejillas, e intentando decidir qué hacían y adónde irían.
Al final echaron a andar por el paseo, sin rumbo.
Todo eran risas. La mayoría llevaba los móviles en la mano con las pantallas iluminadas. Fue entonces cuando Arnau se percató por primera vez de que Eli no solo no lo llevaba aquella noche, sino que no la había visto con ningún móvil desde que se habían conocido el día anterior.
—No eres de mirar mucho el móvil, ¿no? —le preguntó cuando consiguió ponerse a su lado.
—No. No tengo móvil.
—¡No me lo puedo creer! ¡Todo el mundo tiene uno! ¡Y todo el mundo está enganchado a él!