El amor de Eli
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A Arnau los planes para aquel verano no le habían parecido ni bien ni mal.
Habían salido así no por voluntad propia, sino por decisión de sus padres, y él simplemente lo había aceptado.
Acostumbraba a buscar el lado positivo de las situaciones, sobre todo si le venían impuestas y no dependían de él.
Pasaría dos semanas en casa de sus tíos, la primera acompañado de sus padres antes de que se fueran de viaje a Perú.
Y después, una tercera semana en casa de sus amigos Roc y Mireia.
En resumen: una semana de vida familiar al completo; otra de relativa libertad con sus tíos Jordi y Pol; y una tercera de libertad total en casa de sus compañeros de instituto, que también estarían sin sus padres, solo a cargo de la mujer que cuidaba de estos dos hermanos desde pequeños.
Y las tres semanas disfrutando de la playa, primero en Sant Salvador y luego en Calafell, un pueblo de al lado.
Llegaron a Sant Salvador a última hora de la tarde.
Sus tíos tenían ya la cena preparada y, tras dejar las maletas en sus respectivas habitaciones, se sentaron a la mesa, en la terraza.
Los adultos tenían muchas cosas que contarse, así que él apenas habló.
Comentó cómo le había ido el curso y les enseñó fotos de su viaje a Malta con la clase de primero de bachillerato.
Los preparativos del viaje a Perú ocuparon la mayor parte de la sobremesa, claro.
Arnau preguntó a sus tíos si estaban esos días Eva y Esther, las vecinas del tercero que pasaban allí el verano; las había conocido el año anterior y se habían caído bien.
Jordi le dijo que sí, aunque este año eran tres, porque Eva había invitado a una amiga, Eli, a pasar el mes con ellas.
Y añadió que habían formado una pandilla con más jóvenes del pueblo.
—Salen casi cada noche. Siempre hay un grupo de chicos esperándolas aquí abajo y desde la terraza las vemos irse de marcha con ellos. No te preocupes, seguro que cuentan contigo. Ayer ya nos preguntaron qué día llegabas.
Sin embargo, esa noche no debían de haber quedado, porque ni las vieron ni se presentó ningún «grupo de chicos» a reclamarlas.
Arnau quedó con Pol, la pareja de su tío Jordi, para ir a nadar a las ocho y media de la mañana; según él, la mejor hora, cuando la playa está vacía y el mar es como una balsa de aceite.
Dio las buenas noches, se fue a su habitación, encendió el ordenador y se puso a ver un capítulo de una serie que había empezado en Barcelona.
* * *
La primera vez que Arnau vio a Eli fue regresando de nadar al día siguiente.
Se la encontraron en la acera de delante de su casa y Pol los presentó.
Eli, igual que ellos, iba solo con el bañador y llevaba una toalla alrededor del cuello.
Calzaba unas chancletas y tenía el pelo recogido en una cola alta.
Les dijo que iba a nadar un rato y comentaron cómo estaba el agua.
Arnau le preguntó qué curso hacía y ella le contestó que había acabado primero de bachillerato.
—Como tú —dijo Pol—. Tendréis la misma edad.
Eli precisó que seguramente no, porque ella iba un curso retrasada.
—¿Has repetido algún año? —preguntó Arnau.
—No exactamente —respondió ella, de manera críptica, y dio por zanjado el tema.
—¿No van a nadar contigo las chicas? —quiso saber Pol.
—¡Qué va! Ellas prefieren dormir.
Mientras desayunaban con sus padres y con Jordi, Arnau le preguntó a Pol por Eli y si sabía por qué había perdido un curso, pero este le dijo que no tenía ni idea, que apenas la conocía.
La semana anterior habían ido todos juntos al cine, en El Vendrell: las hermanas siempre se apuntaban con Pol y Jordi cuando se trataba de ir a ver una peli, porque ellas ni tenían coche ni edad para conducir.
Pol contó que Eli le había parecido extrovertida.
Sabía que vivía en Barcelona y que era compañera de instituto de la mayor.
También se había enterado, por indiscreción de Eva, que los padres de Eli le habían dado dinero a Marta, la madre de las hermanas, para compensar los gastos por mantener a su hija como invitada un mes entero en Sant Salvador.
«Los padres de Eli no tienen problemas de pasta —había dicho Eva—, sino más bien problemas de agenda.
No tienen tiempo para estar con su hija».
Eli, al parecer, no confirmó ni negó nada.
Según opinó Jordi, había sido un comentario fuera de lugar.
¿Qué les importaba a ellos si los padres de Eli pagaban o no su estancia con la familia vecina?
Esa misma mañana, a eso de las doce, las vecinas, acompañadas de Eli, llamaron a la puerta para saludar a Arnau e invitarlo a ir a la playa.
Se puso el bañador, cogió una toalla y se fue con ellas.
Estuvieron dos horas sentados en la arena y bañándose de vez en cuando.
Hablaron sin parar de anécdotas de sus cursos respectivos y de los viajes que habían hecho.
Arnau se fijó en que Eli no llevaba un bañador de natación, como por la mañana, sino un bikini de colores fluorescentes que le resaltaba el moreno de su piel.
También se fijó en que tenía un tipo perfecto, el pecho de la medida que a él le gustaba y una cara graciosa llena de pecas de color avellana.
Hablaron más las hermanas que ella, sobre todo Eva.
Y como ya había notado el año anterior, más de dos veces pilló a Esther, que era dos años más joven, mirándolo con descaro.
Por la tarde, después de comer en la terraza, Arnau se echó una siesta. Luego, estuvo leyendo un rato y vio un nuevo episodio de su serie. No le había apetecido acompañar a sus padres y a sus tíos a visitar unas cavas cercanas.
Hacia las siete, Eva le envió un wasap proponiéndole ir a cenar una pizza esa noche.
Él aceptó, les contó el plan a sus padres cuando regresaron y a las nueve salió para esperar a las chicas en la plaza de las palmeras.
Allí conoció a los otros chicos con los que habían quedado, Marc, Artur y Joan, los tres de Vilafranca.
Eli estaba guapísima, con una minifalda de color blanco y una camiseta sin mangas.
Fueron hasta el Pizza Metro, donde compartieron la pizza más grande que Arnau había visto en su vida.
Después de cenar, confirmó que él y Eli eran los dos únicos que no estaban pendientes del móvil todo el rato, así que se sentaron juntos para charlar.
Así se enteró de que el padre de Eli trabajaba para una multinacional danesa que lo obligaba a permanecer fuera de Barcelona muchos días a la semana.
Su madre tenía una tienda de ropa pija, «muuuy pija», precisó ella, que incluso organizaba eventos y desfiles en Barcelona.
Muchos días ni veía a sus padres; después de clase iba a comer con sus abuelos y por la tarde regresaba a su casa para estudiar o dedicarse a sus aficio nes.
—¿Como cuáles? —quiso saber Arnau.
—Los lunes voy a inglés. Me estoy sacando el First . Y martes y jueves voy a clases de danza contemporánea. ¿Sabes qué es?
—Sí, me lo imagino. ¿Quieres ser bailarina?
—No lo sé. Pero me gusta moverme y expresarme con el cuerpo. No son las típicas coreografías de TikTok. Es algo más… artístico. Y a ti, ¿qué te gusta hacer?
—Me encanta el cine —dijo después de una pausa—. Bueno, más que el cine en general o más que las imágenes en sí, me fijo en cómo están narradas las historias. Me gusta analizar los guiones, el orden en el que se presentan las escenas… No sé si me explico.
—¿Te gustaría ser guionista?
—Para realizar guiones se tiene que saber escribir muy bien, y a mí me cuesta hacerlo. Lo intento, pero nunca estoy satisfecho del todo con el resultado. En el insti nos hablaron de los storyboards , que es una forma de contar los guiones con imágenes. El problema es que tampoco domino el dibujo…
Al salir de la pizzería fueron todos a la playa.
En la orilla, lejos del paseo, estaba muy oscuro.
La luz de la luna convertía la arena en plata y otorgaba a las pieles de los jóvenes un tono metalizado.
Allí Arnau descubrió por qué el bolso de Eva parecía pesar tanto: llevaba una botella de ginebra y otra de tónica, además de un montón de vasos de cartón apilados.
Dos de los chicos sacaron paquetes de cigarrillos y se pusieron a fumar mientras Eva servía los combinados.
Contaron más anécdotas, hablaron de música, de la superada pandemia de COVID y de personas que Arnau no conocía.
De vez en cuando, observaba que Eli lo miraba con complicidad y le sonreía.
Era una forma de mirarle muy diferente a la de Esther, que no le quitaba los ojos de encima y que finalmente se sentó a su lado.
—Este invierno me he acordado muchas veces de ti. Tenía ganas de volver a verte —le dijo con un vaso de gin-tonic en la mano—. Pensaba que me daría vergüenza decírtelo, pero ya ves, resulta que no. —Se rio—. Quería preguntarte si sales con alguna chica en Barcelona.
—¿Por qué lo quieres saber?
—No soy celosa —dijo.
Arnau miró a Eli, que sonreía y negaba con la cabeza adivinando la situación.
Arnau le devolvió la sonrisa y abrió mucho los ojos como diciendo «Dios mío…
». Este intercambio gestual se produjo durante los segundos en que Esther se dedicó a dar un largo trago que debió de darle seguridad, porque a continuación se acercó aún más a Arnau y se atrevió a apoyar su cabeza en su hombro.
Eli se tapó la cara con las manos, muerta de risa.
Arnau optó por ponerse de pie, dijo que tenía que ir a mear y abandonó el grupo.
Cuando volvió, se sentó junto a Eli y recibió una mirada furibunda de Esther, que optó por estirarse en la arena.
—Las hermanas tienen ganas de guerra —murmuró Eli señalando con un gesto de la barbilla a Eva, que se estaba besando con Joan, el de Vilafranca.
Regresaron andando descalzos por la orilla del mar.
Todavía estuvieron charlando un buen rato sentados en la plaza de las palmeras.
Luego, los chicos se despidieron hasta el día siguiente y ellos cuatro caminaron los pocos metros que separaban la plaza del bloque de pisos donde se alojaban.
Eva obligó a Esther a meterse un chicle de menta en la boca y ella hizo lo mismo.
—A veces mi madre todavía está despierta y no quiero que note el aliento a alcohol —explicó—. ¡Y tú mastícalo bien —le ordenó a su hermana—, que te has bebido dos gin-tonics , ¡uno tras otro!
Se dieron las buenas noches en el rellano del segundo, el piso de los tíos de Arnau. Él captó una sonrisa cómplice en los ojos de Eli.
En casa del joven todo el mundo dormía. Antes de apagar la luz, se entretuvo intentando escribir mentalmente la secuencia de aquella primera noche junto a la que podría ser, pensó, la mujer de su vida.