Diecisiete. Los pies en el agua
Llegó el verano y la piscina se destapó, no en mayo ni en junio, sino en una fecha intermedia que Esteban no pudo explicar del todo y que, por eso mismo, pareció un milagro burocrático.
El primer fin de semana fue un infierno de flotadores.
El segundo, también. Al tercero, a hora rara, el agua se quedó casi quieta.
Clara miró los bloques, las terrazas, el jazmín que desde abajo parecía una mancha oscura y fiel. Olió cloro, almendro seco, crema solar barata. El olor del verano en Los Almendros no era bonito. Era exacto.
Movió los pies en el agua.
Andrés no añadió nada. A veces lo que hay se respeta callándolo un poco.
Se quedaron callados. Un niño, en el otro extremo, gritó de alegría por una cosa mínima. El grito recorrió el patio y se subió a los almendros, que en verano son menos teatrales y más sombra.
Esa noche, Clara sacó el cuaderno azul. No lo tiró. Le escribió al final, con la misma letra clara:
No era una lista. Era un modo de no rendirme. Gracias por existir en el 3.º B mientras yo existía en el 2.º A. Gracias por las manos, el paraguas, las lentejas y el perro. Gracias por el jueves en que no pudiste y volviste al día siguiente. Gracias por no tapar las grietas.
Dejó el cuaderno en la mesita. Ya no lo abría cada noche.
Andrés, arriba, miró la cómoda de la grieta y sonrió. Mañana bajaría a desayunar al 2.º A. O ella subiría. En el cajón, el plato de más seguía existiendo. Ya no mandaba él.
En el patio, el riego automático se encendió a deshora y mojó el banco vacío. No importaba.