El Amor De Al Lado Dieciséis. La cancela
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Dieciséis. La cancela

Marzo, que había empezado con viento seco, se llenó de blanco.

Clara, por su parte, no volvió a abrir la aplicación. No por heroicidad. Por cansancio honesto: ya no quería tener dos mapas. Un domingo la borró. Se lo dijo. Andrés no celebró. Asintió, que era mejor.

Un jueves, el portero automático murió del todo.

Los vecinos se quedaron fuera, en oleadas, con bolsas de la compra, con niños, con mal humor.

Esteban llamó a un técnico que tardaría «lo que tardara».

Alguien maldijo el espíritu de comunidad.

El gato naranja observó la cancela desde dentro, privilegiado.

Clara volvía de la librería. Andrés, del taller. Se encontraron a los dos lados de la reja, como dos peces de la misma pecera a los que de pronto les ponen cristal.

alegre.

Un adolescente descubrió que la cancela peatonal, si se alzaba un poco, cedía. La gente empezó a colarse. Cuando les tocó, Andrés sostuvo el hierro para que Clara pasara. Ella, ya dentro, lo sostuvo para él.

En el patio, bajo el almendro más viejo, Doña Amparo daba de comer a Rubio.

Clara y Andrés se sentaron en el banco. Ya no eligieron los extremos. El medio, ahora, no asustaba. Lino ocupó los pies. Un pétalo cayó en el libro que Clara aún llevaba.

Algunas verdades quieren oírse al aire.

bajar el jueves feo. Y la volví a borrar. Para que sepas que tampoco soy un santo del patio.

Clara apretó los dedos.

Andrés miró los pétalos.

pena en una profesión. Que dejara sitio. Yo no sabía para qué. Ahora creo que era para esto. No para una mujer en abstracto. Para una vida que cupiera otra vez. Incluso los jueves pequeños.

Clara apoyó la cabeza en su hombro, que ya no era clima: era sitio.

que existieras de verdad y yo no supiera quedarme.

como las bisagras, que a veces chirrían y aun así abren.

El gato naranja se acercó, los olió y se fue.

No hubo promesa de eternidad. Hubo otra, más creíble: