Quince. El 4.º A
El viernes por la mañana se evitaron con una precisión de reloj.
A mediodía, Clara encontró bajo su puerta un papel. No era de Andrés. Era de Esteban: Recordatorio: dejar libres las zonas comunes durante la mudanza. El mundo administrativo no entiende de valles.
Inés llamó porque Clara le había mandado a las dos de la madrugada un mensaje demasiado corto: ayer se calló. No pidió detalles de novela. Pidió si había comido. Clara mintió que sí. Después le contó lo de la aplicación.
mucho el plan B.
Clara se comió un yogur de pie, mirando el jazmín.
Era el pequeño, el triste, comprado esa mañana como un castigo ridículo.
Lo reconoció y le dio risa, que fue la primera señal de que no se estaba hundiendo del todo.
Más tarde apareció, junto a su puerta, una bolsa de naranjas sin nota. No tuvo que preguntar de quién era.
Por la tarde, Andrés se plantó frente al 2.º A con Lino y con las manos vacías. Llamó. Clara tardó. Cuando abrió, los dos tuvieron la expresión de quienes han ensayado un discurso y se encuentran con una cara.
tengo. Me quedé pequeño. Y en vez de decirte que estaba pequeño, hice lo que sé: desaparecer un poco.
Clara no lo hizo pasar enseguida. Se quedó en el umbral, que es un país.
Como si guardara un billete de vuelta por si esto se estropeaba.
Andrés asintió. No se escandalizó. Eso, extrañamente, la alivió y la avergonzó.
acaso.
Lino se sentó entre los dos, en el rellano, como un portero automático más fiable. Clara se apartó. Entraron. No se abrazaron todavía. Se sentaron en la cocina, frente a las dos tazas que no combinaban, y hablaron el idioma menos brillante: el de los hechos.
que, si no puedes, no me dejes imaginando un silencio peor.
abres esa puerta de atrás, me lo digas. Puedo convivir con el miedo. No tanto con ser la única que no sabe que hay una maleta.
Ella rio, breve, cansada.
Se dieron la mano encima de la mesa. No era un final de película. Era un arreglo de bisagra: la puerta volvía a cerrar bien, con el chasquido de siempre, que es el que importa.
Esa noche cenaron las sobras de ella. No estaba rico.
Estaba bien. Partieron una naranja de Amparo de postre.
Bajaron a ver el patio a oscuras, sin sentarse.
El camión de la mudanza se había ido. El 4.
º A tenía los cristales negros. Doña Amparo, en su ventana, apagó la luz un segundo después que ellos, con discreción de teatrista.
No era una promesa de eternidad. Era una de las frases más honestas que se habían dicho.