Catorce. Un jueves
El valle no llegó con una mudanza ni con una traición. Llegó con un jueves.
Andrés había tenido un día feo en el taller: un cliente gritó porque la pátina «se seguía notando», como si notar la edad de un objeto fuera un insulto personal. Al volver, el portero no abrió. Subió las escaleras con Lino, con la cabeza llena de su padre, de la cómoda, de esa frase * * *
Lo leyó. No contestó.
No fue un castigo. Fue un apagón interior.
Hay días en que uno no quiere ser visto por la persona a la que justo está empezando a querer, porque ser visto así —cansado, pequeño, todavía triste— parece pedirle al otro un trabajo que no ha firmado.
Andrés dejó el móvil boca abajo. Paseó a Lino por el descampado, no por el patio, para no cruzarse con el jazmín.
Cocinó para uno. El plato de más se le escapó de las manos como un tic y lo llenó igual. Luego lo tiró, enfadado consigo.
Clara vio el doble visto. Luego nada.
Esperó una hora, que en una urbanización y en un pecho es mucho. Escribió ¿todo bien? Lo borró. Escribió si estás cansado, mañana. Lo envió. Tampoco hubo respuesta.
El miedo, que ella creía jubilado junto con el plato de más, volvió con su ropa de diario.
Se dijo cosas razonables: se le ha muerto el padre hace no tanto, a veces la gente no puede.
Se dijo otras, menos razonables: ya está, era coincidencia, los jueves revelan la verdad.
Abrió la aplicación. No para buscar, se dijo.
Para comprobar que el mundo seguía ahí, lleno de desconocidos, por si este conocido se cerraba.
El dedo le tembló sobre un perfil anodino. No escribió. Pero el hecho de haber abierto la puerta de atrás le dejó un sabor metálico. Apagó la pantalla. Bajó al cuarto de la basura aunque no hubiera basura. El gesto era salir.
Doña Amparo la encontró junto a los contenedores, con las manos vacías.
Amparo asintió, como si eso también se reciclara.
inventé una novela entera. Resultó que se había dormido. Resultó, otra vez, que no. Las dos cosas existen.
de consejo, ya no doy. Tome naranjas cuando quiera. Están en la puerta.
Clara no durmió bien. Arriba, Andrés tampoco. A las dos de la madrugada escribió perdón, día malo, y no lo envió. Lo miró hasta que la letra se volvió extraña. Pensó: si lo mando ahora, la despierto. Pensó: si no lo mando, la pierdo. Eligió el error más familiar. No lo mandó.