Epílogo. El mismo cielo
Al febrero siguiente, Los Almendros volvió a ponerse blanco.
El grupo de WhatsApp discutía otra vez el portero automático. Esteban hablaba de presupuesto. Alguien subió la foto de un pétalo sobre un parabrisas como si fuera una denuncia.
A veces Clara pensaba en todas las noches en que había deslizado el dedo sobre fotografías de desconocidos mientras, encima de su cabeza, un hombre bueno dejaba un plato de más en el armario. A veces Andrés pensaba en todas las mañanas en que Lino tiraba hacia un jazmín y él decía «no es nuestro».
Se habían buscado el uno al otro sin saberlo. Habían compartido cielo, tuberías, apagones, lluvia y un jueves miserable. Un día dejaron de mirar el mapa.
Quedarse.
Sostener la cancela para que el otro pase, y que el otro la sostenga después.
Escribir hoy vengo pequeño. Pero voy.
El mismo cielo. El mismo rellano. Un perro color arena. Un jazmín. Dos tazas que no combinan.
No era poco.
Abajo, el patio no dijo nada. No hacía falta.
Fin