El Amor De Al Lado Doce. La grieta
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Doce. La grieta

Las semanas siguientes fueron un aprendizaje de la cercanía.

No se volvieron novios de un titular. Se volvieron costumbre elegida.

Café en la cocina de ella los jueves, con dos tazas que no combinaban.

Paseo de Lino en el que Clara aparecía «de casualidad» con las manos en los bolsillos y una excusa sobre la papelera.

Un libro prestado —el lento— que Andrés leyó de verdad, con lápiz, y le devolvió con una pregunta en la página cuarenta.

Una llamada tonta para decir que el portero automático había vuelto a fallar y que, ya puestos, ¿quería él un trozo de tarta?

Un sábado, Andrés llevó a Clara al taller. El local era estrecho, ordenado a su manera, con una radio que no se apagaba nunca del todo. Ella tocó las maderas como se tocan los lomos de los libros. Él le enseñó una mesa que estaba a medio nacer.

convenzo de que lo nuevo, en una mesa de ochenta años, es una falta de respeto.

Clara pensó en su relación anterior, tan lijada, tan sin grietas a la vista, tan muerta.

Se besaron allí, entre el olor a cedro, sin prisa, como quien no necesita demostrar que ha llegado. Fue un beso de gente adulta: cabía el deseo y cabía el alivio. Cuando se separaron, Lino, que no debía estar en el taller y estaba, golpeó una lata con la cola.

La esperanza, que había vivido en ellos como una planta de interior mal iluminada, empezó a tener patio.

Un domingo por la mañana, sin plan, bajaron al banco con dos cafés en vaso y el periódico de él, que Clara leyó por encima del hombro.

No hablaron de ser pareja. Hablaron de una película que ninguno había visto, de un vecino que podaba con odio, de si el jazmín aguantaría el calor.

Era una conversación sin prestigio y por eso valiosa.

Andrés le pasó una sección. Sus dedos se tocaron con la naturalidad de quien ya no convierte cada roce en un recado.

Clara pensó: esto. No lo otro, no el perfil, no la cena perfecta.

Esto: un banco, un perro, un café que se enfría, alguien que no se va.

Más tarde, en el 2.º A, ella le enseñó el cuaderno azul. Él no lo tomó como un trofeo. Leyó despacio, como se lee lo que otra persona ha tardado años en atreverse a poner por escrito.

volverte cínica.

Clara cerró el cuaderno y lo dejó entre los dos, sobre la mesa, ya sin guardarlo como un secreto.

antes de tenerme delante. Por si un día me desvío y hay que volver al plano.

Se rieron. Lino ladró a una persiana. El domingo siguió, ordinario y suficiente.

Aprendieron el mapa menor del otro. A Clara le bajaba la voz cuando hablaba de su madre, que no salía en las anécdotas y por eso pesaba más.

A Andrés se le ponían rígidas las manos cuando un cliente decía «déjalo como nuevo».

Ella dormía con un hombro fuera de la sábana.

Él dejaba las llaves siempre en el mismo plato, un plato hondo que había sido de aceitunas.

Poco a poco esas tonterías se volvieron el paisaje.

Un miércoles Clara trabajó en la cocina de él porque en la suya estaban pintando el rellano —Esteban, otra vez— y el olor a esmalte le cerraba la garganta.

Escribía y él lijaba en silencio dos habitaciones más allá, en un rincón que había convertido en mini taller.

A media tarde ella se encontró pensando no en la frase que corregía, sino en el ruido constante, bueno, de alguien existente.

Le dio un miedo dulce. Guardó el archivo.

Se asomó. Andrés tenía serrín en el pelo.

Le quitó un poco con los dedos. Él cerró los ojos, no por el gesto: por no estar solo en un miércoles.

Inés, informada por capítulos, dijo:

Andrés, un domingo posterior, dejó de cocinar de más. Cocinó para dos y acertó. Esa pequeñez le emocionó más que un viaje. Clara lo vio guardar el plato de más en un cajón, no en el escurridor, y no dijo nada. Hay jubilaciones que se celebran en silencio.

También hubo un atardecer en el que no pasó nada y por eso quedó.

Estaban en la terraza de ella, Lino prohibido de acercarse al jazmín y acercándose igual, el patio en esa hora azul que hace decentes hasta los tendederos.

No hablaron del futuro. Hablaron de un mueble imposible que un señor quería convertir en isla de cocina.

Clara se rió con la boca cerrada primero.

Andrés lo vio y guardó el dato como se guarda una herramienta buena.

Cuando bajó el frío, ella le prestó un jersey que le quedaba corto de manga.

Él lo llevó puesto hasta el 3.º B y se durmió oliendo a un jabón que no era el suyo.

Al día siguiente se lo devolvió lavado, doblado de un modo demasiado cuidadoso.

Clara entendió el doblez. No dijo «te quiero».

Dijo «gracias por no encogerlo». En Los Almendros, aquella semana, eso era casi lo mismo.

También hubo la tarde en que Clara se quedó dormida en el sofá del 3.

º B, con un manuscrito en el pecho, y Andrés le quitó las gafas que ella usaba solo para corregir.

Estuvo un rato mirándola, no como se mira un milagro, como se mira un hecho: esta mujer respira en mi sofá un miércoles.

Luego se asustó un poco de lo mucho que le importaba y fue a la cocina a hacer ruido de vasos, para no volverse solemne.

Clara despertó y dijo:

Se rieron. Lino ladró, celoso de los sueños ajenos.