El Amor De Al Lado Once. Lentejas de más
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Once. Lentejas de más

El «un día» tardó once jornadas, que en una urbanización pueden ser un invierno pequeño.

No fue cobardía pura. Fue respeto. Fue el miedo de convertir a un vecino en una posibilidad y luego tener que seguir viéndolo en el contenedor amarillo si salía mal.

Fue también, en los dos, la extraña lealtad hacia la soledad bien hecha, esa que uno ha pulido hasta que brilla y le da pena desmontarla.

Clara redactó el mensaje ¿siguen en pie las lentejas?

tres veces. La primera le pareció infantil.

La segunda, seca. La tercera la dejó en el cajón de los no enviados, que es el más poblado.

Andrés compró garbanzos, los miró y compró lentejas de verdad.

Luego no mandó la nota. El sábado cocinó para Lino y para la inercia.

El duodécimo día, Clara encontró bajo la puerta un papel. Letra de albarán, conocida ya:

He hecho lentejas de más. No es una metáfora. 3.º B. A las dos. Lino promete no hablar de política.

A las dos menos diez ella estaba frente a su propio espejo, irritada de haberse cambiado de camisa dos veces para unas lentejas.

Se puso la primera. Se quitó un pendiente.

Se lo volvió a poner. A las dos en punto llamó, y el sonido del timbre le pareció excesivo, como si todo el bloque debiera enterarse de que por fin había subido un tramo.

El piso de Andrés olía a laurel y a madera. Había una cómoda contra la pared con una grieta visible. Clara la rozó con los dedos, sin preguntar, y él dijo:

Comieron en la mesa de la cocina, no en la del salón. Había un plato de más en el escurridor, todavía, como una costumbre que no sabía jubilarse. Lino se tumbó atravesado bajo la mesa, uniendo sin querer los pies de los dos.

Hablaron de trabajos. De cómo se puede ser competente y estar, aun así, un poco a la intemperie.

Clara contó que a veces corregía declaraciones de amor en novelas ajenas y luego no sabía escribir las suyas.

Andrés contó que los clientes querían que lo viejo pareciera nuevo y que él se pasaba la vida defendiendo lo contrario.

Clara bebió agua.

ciudad —dijo—. Y luego bajo al patio y se me olvida mirar.

luego Lino se planta bajo tu terraza y yo finjo que no entiendo el recado.

Se hizo un silencio bueno. No el de las aplicaciones, que hay que llenar. El de las cocinas.

dio permiso para no ser idiota del todo.

Clara apoyó los cubiertos.

poco. Qué ceguera.

El truco es el que no tira de la correa cuando el animal se para a oler tu vida.

Se rieron. El reloj de la cocina, que atrasaba cinco minutos, no dijo nada útil.

Al despedirse, en la puerta, no hubo beso.

Hubo un abrazo breve, un poco torpe, de esos que empiezan siendo de agradecimiento y acaban siendo de reconocimiento.

Clara bajó las escaleras tocándose el jersey por dentro, donde el abrazo todavía estaba.

En el 2.º A se sentó sin quitarse el abrigo y lloró un poco, sin drama, de alivio.

No lo iba a contar. Algunas lágrimas son solo el cuerpo firmando un recibo.

Esa noche los dos durmieron con la certeza suave, no eufórica, de que el mapa había empezado a tener una X. No en un país lejano. En el portal 7. * * *