El Amor De Al Lado Diez. El banco
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Diez. El banco

Lino desapareció un martes de viento seco.

No es que desapareciera del mundo: desapareció del radio corto que Andrés consideraba seguro.

La correa se soltó junto al seto —Andrés nunca supo si fue el mosquetón viejo o su propia distracción, esa de mirar medio segundo la terraza del jazmín— y el perro, fiel al olor y a una libertad breve, se metió entre los bloques.

A las ocho y doce, el grupo de WhatsApp se llenó.

Andrés: Se me ha ido Lino. Mestizo color arena, oreja izquierda medio caída. Si alguien lo ve…

Esteban respondió con un «circulamos». Alguien ofreció una linterna, irónicamente. Doña Amparo escribió: Miro desde arriba.

Clara no contestó por escrito. Cogió las llaves y bajó sin abrigo. El aire de marzo le cortó las muñecas.

Lo encontró ella. Lino estaba sentado junto al banco del almendro viejo, como si hubiera ido a una cita. Jadeaba. No tenía prisa. El gato naranja lo observaba desde la fuente con desprecio profesional.

injusto, el de quien decide que una voz nueva también puede ser casa.

Ella no lo tocó al principio. Se sentó en el banco. El perro apoyó el peso del cuerpo contra su pierna. Así los encontró Andrés: una mujer que no conocía del todo y un perro que se había ido para que ellos tuvieran que verse.

Andrés se quedó de pie un segundo de más. Luego se sentó. No en el extremo más lejano. Tampoco en el medio. En ese punto intermedio donde ya no se puede fingir que uno se ha equivocado de banco.

pierde algo. Que esta vez no vuelve.

Se miraron. El almendro dejaba caer una sombra irregular sobre las rodillas de ambos. Había pétalos secos en la madera. Clara cogió uno y no sabía qué hacer con él.

Hablaron poco y hablaron de más. Hablaron de Lino, del taller, de los libros lentos, de por qué Los Almendros se llamaba así si la mitad de los árboles eran posteriores a los bloques.

Hablaron de los padres con esa prudencia primera que no quiere usar a los muertos de moneda.

Andrés dijo que su padre coleccionaba destornilladores y escuchaba la radio alta.

Clara dijo que el suyo estaba vivo, lejos, con esa educación de no preguntar demasiado por si la respuesta pedía consuelo.

contexto era el pecho.

Lino bostezó, ofendido de no ser el tema.

No se besaron. No se prometieron nada. Se quedaron en el banco hasta que el frío lo pidió. Luego subieron juntos hasta el segundo. En la puerta de Clara, Andrés dijo, mirando el marco y no a ella:

mí…

Clara asintió.

Ese «un día» era frágil y era enorme. Lo dejaron ahí, entre los dos, como se deja una llave sobre la mesa: a la vista, sin usarla todavía.

Arriba, Andrés le dio de comer a Lino con manos que le temblaban un poco de alivio. Abajo, Clara abrió el cuaderno y no escribió una cualidad más. Escribió un nombre.

Andrés.

Lo miró. No lo tachó. Luego apagó la luz y se quedó un rato oyendo los pasos de arriba, que ya no eran ruido. Eran alguien.