El Amor De Al Lado Nueve. Lo que se dice en voz baja
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Nueve. Lo que se dice en voz baja

Inés llegó un viernes con una maleta pequeña y la determinación de quien viene a inspeccionar la vida de una amiga.

orden de las que esperan sin admitirlo.

Clara puso vino. Hablaron de trabajo, de la madre de Inés, de un hombre de Barcelona que usaba la palabra proyecto como escudo. Inés se asomó a la terraza, olió el jazmín, vio el banco y dijo:

y bien. En el ascensor no tuvo prisa. No sé nada más.

Inés dejó la copa. Se quedó un rato mirando el vino, como si el consejo fuera a salirle y hubiera decidido no darlo.

Clara tardó. Luego habló con la voz con la que se escriben los cuadernos:

perdido algo y no lo use de adorno. Que cocine de más. Que respete los libros lentos. Que me mire como se mira una grieta: no para taparla, para entender si la mesa sigue siendo buena.

Inés no dijo que era un retrato. Se le escapó una risa por la nariz.

claro.

minutos y ya estaba otra vez en lo del proyecto.

Clara no llamó. Al día siguiente, sin embargo, dejó en el rellano un libro que ya había terminado, con un papel: Por si le gusta lo lento.

C. Lo retiró a los tres minutos, encendida de vergüenza.

Andrés, que bajó cinco minutos tarde, no vio nada.

Lino olió el sitio donde había estado el libro y no pudo explicarlo.

Esa misma noche, en Sevilla, Javier le preguntó a Andrés por videollamada si «había movimiento». Andrés estaba con Lino a los pies y una cerveza sin terminar.

pequeñas como si no quisiera gastar la risa. No sé.

Andrés acarició la cabeza de Lino.

cierto?

Javier le contó, para no seguir hurgando, que en Sevilla se le había quemado un arroz y que su hijo de cinco años había dicho «está crujiente, papá». Andrés se rió de verdad. Colgaron sin resolución. El arroz quemado le duró más que un consejo.

Al día siguiente se cruzaron en el parking.

Se saludaron con la mano. El saludo duró un segundo más de lo vecinal.

Los dos lo notaron. Los dos fingieron que no.

Doña Amparo, que bajaba a recoger una carta certificada que no era importante, los vio y apartó la vista a tiempo.

En el portal se le escapó una sonrisa, nada más.

Luego pensó en su segundo marido y la sonrisa se le quedó a medias, que era una forma más honesta de mirar a los demás.