El Amor De Al Lado Ocho. Hasta el portal
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Ocho. Hasta el portal

Clara fue porque Inés le había dicho que el aislamiento también se disfraza de «yo no voy a esas cosas». Andrés fue porque Lino no podía entrar y eso, paradójicamente, le daba una hora de estar entre humanos sin la excusa del perro.

La sala comunitaria olía a café instantáneo y a sillas apiladas.

Había un cartel viejo de «Normas de la piscina» con una esquina rota.

Clara se sentó cerca de la ventana. Andrés, tres sillas más allá, lo bastante lejos para no parecer buscado y lo bastante cerca para existir.

Una vez se miraron. Apartaron la vista como adolescentes.

Doña Amparo, en la primera fila, no apartó la suya.

Hablaron del presupuesto. Hablaron del portero automático.

Esteban mencionó «el espíritu de comunidad» con la misma fe con que se menciona un electrodoméstico.

Un vecino del bloque C propuso cámaras. Otro dijo que las cámaras eran el fin de la confianza.

Clara pensó que la confianza, en Los Almendros, era un banco vacío y un gato gordo.

Andrés pensó que él habría arreglado el portero antes que comprar una cámara.

No lo dijo. En las juntas, las frases útiles se sientan al fondo.

Cuando salieron, llovía. No una lluvia de novela: una lluvia de urbanización, fina, constante, que convierte el patio en un charco con pretensiones. El almendro viejo goteaba sobre el banco con una paciencia de árbol.

Clara no había traído paraguas. Andrés sí, uno negro, grande, de los que parecen prestados por un padre. De hecho lo era. Lo reconoció al abrirlo: el mismo mango liso que su padre apretaba al salir a por el pan.

No fue un gesto cinematográfico. Fue un gesto de vecino:

Caminaron juntos bajo la tela oscura. El hombro de ella casi no tocaba el brazo de él. Lino, que había quedado arriba, no estaba, y su ausencia hacía el momento más adulto, más expuesto.

que uno comparte las tuberías.

Ella rio. La risa le salió caliente contra el frío.

Andrés la miró de reojo, con cuidado.

Llegaron al portal. El paraguas goteó sobre el felpudo.

Hubo un instante en el que cualquiera de los dos podría haber dicho «¿un café?

» y el otro, casi seguro, habría dicho que sí.

Clara lo pensó con toda la boca. Andrés lo pensó con toda la mano.

No lo dijeron. El casi se quedó en el umbral, como un paquete sin nombre.

Subieron en el ascensor con el matrimonio del 1.º B, y eso lo arruinó de un modo suave, misericordioso. A veces el mundo protege a quienes todavía no están listos para la frase exacta.

En sus casas, cada uno se cambió de ropa y pensó en el hombro del otro. No en un sentido de hambre. En un sentido de clima: alguien había compartido el tiempo con ellos, literalmente.

Clara escribió en el cuaderno:

Que tenga un paraguas demasiado grande y no lo use como disculpa.

Andrés cortó una manzana en cuatro y se comió solo dos. Las otras dos las dejó en un plato, mirándolas, como si pudieran decidirse a ser una invitación.

Al día siguiente Clara se detuvo ante el 3.

º B con una tarta de un cumpleaños ajeno —una autora le había enviado un detallito por un libro entregado— y no llamó.

La tarta volvió al 2.º A. Se la comió de pie, con tenedor, riéndose sola de su propio valor a medias.

Andrés, esa misma tarde, bajó a dejarle el libro que había visto en el ascensor, comprado de segunda mano, y también se volvió atrás.

El libro se quedó en su mesa. Lino lo olió.

En Los Almendros, aquella semana, hubo dos regalos que no llegaron a cruzar tres metros.

El portero automático, como si quisiera participar, empezó a abrir solo a unos y a negar a otros.

El grupo se llenó de teorías. Esteban habló de «un técnico la próxima quincena».

Doña Amparo dijo que el aparato tenía favoritos.

Clara, atrapada fuera un martes con dos bolsas, esperó a que saliera un crío del 1.

º D. Andrés, dentro, no se enteró. Más tarde lo supo por el grupo y sintió una irritación desproporcionada: podría haber estado yo.

Esa frase —podría haber estado yo— fue la más amorosa que había pensado en meses, y la pensó con formato de enfado.