El Amor De Al Lado Siete. Un libro lento
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Siete. Un libro lento

El ascensor de Los Almendros tenía la costumbre de llegar cuando uno ya había decidido subir andando.

Esa tarde Clara llevaba un libro bajo el brazo —una edición vieja de un poeta que le gustaba más en invierno— y las llaves entre los dedos. Andrés llevaba a Lino y una bolsa de manzanas. La puerta del ascensor se cerró sobre los tres con un pequeño golpe rendido.

Hubo un segundo de cálculo. El que hacen los vecinos cuando el espacio se reduce y hay que decidir si se es extraño o conocido.

Lino movió la cola con una falta de sutileza ofensiva.

casi un noviazgo administrativo.

Se rieron bajo, el tipo de risa que no quiere que el ascensor la recuerde.

Clara vio sus manos: una cicatriz pequeña en el nudillo, un resto de barniz en el pulgar.

Le dio un vértigo ridículo, del que no pensó nada inteligente.

Andrés vio el libro y el modo en que ella lo sujetaba, no como un adorno, sino como un objeto de uso.

El ascensor se detuvo en el segundo. Clara salió. Se giró, innecesaria, educada.

La puerta se cerró. Clara se quedó en el rellano más tiempo del que justifica una llave.

Dentro, apoyada contra la madera, pensó en invitarlo a un café y pensó, enseguida, en el tono que usaría para contárselo a Inés, y ese segundo pensamiento le estropeó el primero.

Andrés subió el último tramo con el corazón un poco más despierto, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que él daba por ventilada.

Esa noche, Clara añadió una línea al cuaderno azul:

Que lleve manzanas y no tenga prisa en el ascensor.

Y Andrés, en el margen de un albarán, escribió:

Clara. Libro lento. Jazmín.

Todavía no se buscaban el uno al otro. Se buscaban «alguien». Pero el alguien había empezado a tener olor, risa y piso.