El Amor De Al Lado Seis. Dieciocho minutos
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Seis. Dieciocho minutos

La luz se fue un domingo a las nueve y diecisiete.

En el grupo, ella escribió:

Tres respuestas inmediatas. La cuarta, a los cuatro minutos, fue de un número sin foto:

Clara miró el mensaje más tiempo del que exige una linterna. No contestó en el grupo. Le escribió por privado, dudó, borró la frase puedo subir yo, volvió a escribir:

Gracias. Tengo velas. Pero si se alarga, igual acepto la linterna.

La respuesta tardó lo justo:

Lino y yo bajamos a ver el cuadro eléctrico. Si oye ladridos discretos, somos nosotros.

Sonrió. Se irritó un poco por sonreír tanto por tan poco. Luego se irritó por irritarse. La soledad bien hecha produce esos nudos.

Bajaron. Clara los vio por la mirilla: un hombre alto sin serlo demasiado, pelo oscuro con algo de gris en las sienes, cazadora desabotonada, el perro sentado como si el cuadro eléctrico fuera asunto suyo.

Andrés no miró hacia el 2.º A. O sí, un segundo, y Clara se apartó como si la mirilla pudiera delatarla.

Pensó en abrir. Pensó en ofrecer las velas, que era absurdo. Pensó en decir su nombre en voz alta, ya que el papelito ya lo había dicho. No abrió. El miedo no era él. El miedo era convertir un apagón en una cita y que luego hubiera que seguir viviéndose de vecinos.

La luz volvió a los dieciocho minutos. En el grupo, Doña Amparo escribió:

Ya era hora. Y menos mal que hay vecinos con linterna y buenos modales.

Nadie más dijo nada. Los grupos de WhatsApp también saben guardar.

Andrés, arriba, dejó la linterna junto a la puerta, por si acaso. Se quedó un rato a oscuras a propósito, con la luz ya de vuelta, solo para oír la casa. En el 2.º A, Clara sopló las velas y pensó que la oscuridad, a veces, es solo una excusa para que dos nombres se encuentren.

Esa noche los dos durmieron mejor. No porque se hubieran visto de verdad. Porque la idea de no estar completamente solos en un apagón cabe en el pecho de un modo distinto.

Al día siguiente, en el horno, Clara llegó diez minutos más tarde a propósito. No se lo admitió. Andrés llegó diez minutos más temprano, y tampoco. Se perdieron por diez minutos de valentía mal calculada. El pan, otra vez, viajó en dos papeles de estraza separados.

El patio, que no entiende de horarios humanos, dejó que el gato naranja se durmiera en el banco. * * *