El Amor De Al Lado Cinco. El paquete equivocado
28%

Cinco. El paquete equivocado

El paquete no era suyo.

Llegó un jueves de viento, de esos en que Los Almendros parece más expuesto de lo que es. Clara volvía de la tienda cuando el repartidor * * *

Podría haber dejado el cartón junto a la puerta de arriba y haberse ido.

Era lo razonable. Llevaba semanas viendo aquella puerta al subir las escaleras cuando el ascensor tardaba.

Una vez había oído, detrás, un ladrido breve y una voz que decía «ya, Lino».

Ahora el nombre del buzón tenía un cuerpo posible.

Sostuvo el paquete un momento, como si el cartón pudiera explicarle quién era A. Mora. Luego bajó al portal y lo dejó sobre el banco de los buzones, con una nota escrita en el reverso de la factura de la luz:

Ha llegado a mi puerta por error. 2.º A. Si falta algo, avíseme. Clara.

No puso el apellido. El nombre, solo, le pareció más honesto.

Dudó. ¿Y si A. Mora era una mujer? ¿Y si era un hombre huraño? ¿Y si esto era exactamente el tipo de gesto que luego se cuenta en el grupo como rareza? Dejó la nota igual. Hay miedos que solo se vencen gastándolos.

Esa noche, Andrés encontró el paquete y el papel. Dentro iban unas bisagras antiguas que había encargado para una vitrina. Fuera, una letra clara, sin adornos, que no intentaba ser bonita.

Leyó Clara dos veces. Subió las escaleras —el ascensor estaba ocupado o él fingió que lo estaba— y se detuvo un segundo frente al 2.º A. No llamó. Deslizó bajo la puerta un papel de cuaderno:

Gracias. No faltaba nada. Andrés. 3.º B. Y Lino, que no escribe.

Clara lo encontró al día siguiente, descalza, con el café en la mano. Sonrió sin darse cuenta. La sonrisa le duró lo que dura el vapor de una taza. Dijo el nombre en voz baja, por probarlo: Andrés. No le sonó a aplicación. Le sonó a vecino. Era menos y era más.

No se vieron.

Durante días, sin embargo, el 2.º A y el 3.

º B existieron el uno para el otro de un modo nuevo: como dos habitaciones que por fin sabían que compartían pared.

Clara, al oír pasos arriba, pensaba «Andrés».

Andrés, al oler el jazmín, pensaba «Clara».

No era amor. Era el primer clavo de una casa que todavía no sabían que estaban construyendo.

El sábado, Inés dijo por teléfono:

Clara no se lo dijo, pero esa tarde regó el jazmín con más agua de la necesaria, como si la planta pudiera llevarle un recado hacia arriba.

En el grupo, Esteban escribió que el portero automático «seguía presentando incidencias». Alguien respondió con una carita. Andrés casi escribió el 3.º B tiene linternas. No lo hizo. Le pareció demasiado. Las cosas demasiado pronto se parecen a las aplicaciones.