El Amor De Al Lado Cuatro. Lo que se ve desde arriba
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Cuatro. Lo que se ve desde arriba

Doña Amparo había enviudado dos veces y no por eso se creía sabia. Se creía atenta, que es distinto y a veces más útil.

El gato naranja —ella lo llamaba Rubio, aunque el animal no respondía a nada— iba de terraza en terraza con la dignidad de un administrador. Doña Amparo le hablaba como se le habla a un vecino antiguo:

Un miércoles encontró a Clara en el cuarto de la basura, luchando con una bolsa que se había roto por el fondo. El cuarto olía a cartón húmedo y a esas guerras pequeñas de los envases.

pasó otra bolsa.

Clara agradeció. Amparo, que no tenía prisa, miró la bolsa rota como se mira un pronóstico incierto.

también habría firmado lo de parece.

Clara sintió un calor antiguo en las orejas.

Lo que sí he visto es que el animal se para debajo de su terraza y él no tira. Eso no es una tesis. Es un dato.

Clara rio, pequeña.

Esa misma semana, Amparo se encontró a Andrés cambiando una bombilla del rellano que no le correspondía. Esteban, el presidente, había dejado un aviso en el grupo: Si alguien puede… Andrés pudo.

una frase hecha.

saber.

Andrés apretó la bombilla hasta que encendió.

no añadió nada. Luego, casi para sí—: A mí me hubiera gustado que alguien cambiara las bombillas sin que yo lo pidiera. No lo pedí. Y se fundieron igual.

Subió a su casa más despacio que de costumbre. En el 3.º C dejó las llaves en el plato y dijo en voz alta, hacia una foto:

Por la noche, Clara y Andrés pensaron en ella sin saber muy bien por qué. No les había resuelto nada. Solo se les había quedado cerca.

El patio juntó un poco más de pétalos junto al banco. Nadie los barrió. No hacía falta.