Tres. El mismo pan
Los lunes, Clara compraba el pan en un horno pequeño a siete minutos andando. La dependienta ya no le preguntaba si quería barra o hogaza. Eso, que debería haberla reconfortado, a veces le resultaba una prueba de que su vida era previsible hasta para extraños.
Un lunes, Andrés llegó cuando ella salía.
La puerta giró entre los dos. Él sostuvo el marco sin mirarla de verdad; ella murmuró gracias sin verle la cara.
Llevaban el mismo pan bajo el brazo, dos vidas paralelas envueltas en papel de estraza.
En la acera se separaron. El viento olió a masa caliente y a una posibilidad que nadie recogó.
Tres días después coincidieron en el supermercado de la avenida.
Clara iba por el pasillo de los lácteos con una lechuga demasiado grande para una sola persona —siempre compraba la lechuga grande: le parecía más triste la pequeña—.
Andrés empujaba un carro con una rueda tonta y un vino barato que no pensaba abrir.
Se oyeron sin verse. En caja, una cajera dijo «el siguiente» y los dos dieron un paso.
Se rieron un segundo, esa risa de desconocidos educados.
Clara vio, al salir, un perro atado junto a la puerta —color arena, oreja indecisa— y pensó solo: qué bien se está cuando a uno lo esperan.
Andrés, camino del portal, pensó que la mujer de la lechuga tenía una forma quieta de ocupar el mundo.
Luego creyó olvidarlo. Los olvidos así no se van: se quedan en el patio, esperando nombre.
Hubo más cercanías que no merecieron ni siquiera esa risa.
Ella tendió una sábana el martes y él, dos plantas más arriba, oyó el golpe suave de las pinzas.
Él puso una radio baja los jueves y ella, abajo, reconoció una canción sin saber de qué piso venía.
Una noche el gato naranja maulló bajo las dos terrazas y los dos pensaron, cada uno en su cama: alguien debería bajarle agua.
Nadie bajó. A la mañana el plato de Doña Amparo estaba lleno.
En el grupo de WhatsApp —Vecinos Los Almendros— se discutía lo de siempre.
El presidente, un hombre llamado Esteban que escribía con una corrección de acta, recordó que la piscina no se destaparía «hasta nueva orden».
Alguien subió una foto del portero automático con el comentario: Hoy está de baja por depresión.
Doña Amparo contestó con un audio demasiado largo sobre el gato.
Clara leyó todo y no escribió nada. Andrés puso un visto en un mensaje sobre las zonas comunes y dejó el móvil.
Así pasaron semanas. No días: semanas. El tiempo suficiente para que dos personas se vuelvan paisaje la una para la otra.
Clara empezó a llamar, en su cabeza, «el del perro» a aquella espalda de las siete y cuarto.
Andrés empezó a llamar «el jazmín» a aquellas manos de jarra verde.
Ninguno cruzó la frase que habría cambiado el mes: buenos días.
Pasó febrero. Pasó un trozo de marzo que todavía parecía febrero.
En Los Almendros las estaciones no entran por el calendario: entran por el olor.
Un día el patio huele a humedad de sótano.
Otro, de pronto, a almendra cruda y a tierra que se abre.
Clara lo notaba al tender. Andrés, al salir con Lino.
Buscaban, sí. Clara mantuvo una conversación tibia con un arquitecto de otra ciudad que usaba demasiados signos de exclamación.
Quedaron un sábado. Ella se puso una camisa que no era de estar en casa y se miró al espejo con una mezcla de esperanza y de traición hacia nadie.
El hombre llegó puntual, habló de un viaje a Lisboa, de un loft, de lo importante que era «conectar».
Clara sonrió el número correcto de veces.
Cuando él fue al baño, ella miró la calle por la ventana del café y pensó en su terraza, que no tenía loft y tenía un jazmín.
Volvió a casa a las seis. Se quitó la camisa.
Abrió el cuaderno y no escribió nada. A veces la lista se queda callada de puro cansancio.
Andrés, además de aquel café del jersey azul, no concertó otro. Abría la aplicación los miércoles, que le parecían días neutrales, y la cerraba con la misma cara con la que se cierra un cajón de destornilladores: esto está, por si acaso.
Una noche Clara oyó, encima, que alguien dejaba caer algo —una cuchara, una llave— y maldecía en voz baja, sin rabia.
Sonrió contra la almohada. No sabía el nombre.
Ya le gustaba esa voz. Otra noche Andrés oyó, debajo, una risa breve al teléfono.
Pensó: tiene a alguien. Luego pensó: o tiene una amiga.
Luego pensó que estaba haciendo el ridículo con una risa ajena, y le dio de comer a Lino a deshora.
Se cruzaron en el parking un jueves a las ocho.
Ella buscaba las llaves en el bolso. Él sacaba una caja del coche.
Lino ladró. Clara dijo «qué bonito» y Andrés dijo «se llama Lino» y ella dijo «hola, Lino» y se acabó.
Subieron en viajes distintos del ascensor.
En el rellano coincidieron dos segundos.
«Buenas». «Buenas». Puertas. El gato naranja, testigo inútil, se lamió una pata.
Esteban, en el grupo, pidió voluntarios para la limpieza de la fuente.
Nadie se apuntó. Doña Amparo escribió: Si no sale nadie, salgo yo, pero luego no digan que la vieja no avisa.
Andrés bajó el sábado por la mañana y limpió la fuente.
Clara lo vio desde la terraza y casi baja.
Se quedó con la jarra verde en la mano, regando de más.
Cuando Andrés levantó la cabeza, ella ya se había metido.
Él vio solo el jazmín. El jazmín, a esas alturas, era un personaje.
Así se construye una ceguera: no con oscuridad, con casi.