El Amor De Al Lado Dos. El plato de más
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Dos. El plato de más

Andrés Mora se levantaba a las seis y cuarto porque Lino no entendía de duelo ni de aplicaciones.

Lino le había enseñado de nuevo la hora de salir. Y, con la hora de salir, el patio.

Tenía cuarenta y dos. Las manos marcadas por el barniz y por las uñas que nunca quedaban del todo limpias.

Un taller al otro lado de la ciudad, pequeño, con olor a cedro, a cola y a radio baja.

Un hermano en Sevilla —Javier— que le preguntaba, cada dos semanas, si ya había «vuelto a la vida».

Andrés respondía que la vida no era un interruptor.

Aun así, de vez en cuando instalaba la aplicación.

Miraba. Cerraba. Le daba la sensación de estar eligiendo fruta por una foto.

Una noche le escribió a una mujer que mencionaba las caminatas.

El mensaje se quedó en «visto». Otra noche no escribió nada y se durmió con la culpa inversa, la de no intentarlo.

Esa mañana, Lino hizo lo de siempre: se plantó bajo la terraza del 2.º A y levantó el hocico. Allí había un jazmín. Andrés no sabía el nombre de quien lo regaba. Había visto, una vez, unas manos con una jarra verde. Nada más. El resto lo inventaba el perro.

Mientras esperaba, miró los buzones. El suyo tenía el nombre desgastado: MORA. El del 2.º A decía VIDAL con una etiqueta nueva, como si alguien hubiera decidido quedarse. Andrés deletreó el apellido sin voz, por puro vicio de lector de etiquetas, y siguió.

En el taller, esa tarde, restauró una cómoda de los años veinte. La madera tenía una grieta parecida a la suya. El cliente quería que desapareciera.

El cliente se rió, incómodo. Se la llevó con la grieta a la vista y, al despedirse, dejó sobre el mostrador la frase de siempre: «Usted es un romántico». Andrés no se sintió romántico. Se sintió cansado de explicar que algunas marcas no son defectos.

Al volver, compró pan de más. Siempre compraba pan de más.

Era el gesto de quien todavía cocina para dos, o para un padre que ya no cena, o para una posibilidad que no acaba de sentarse a la mesa.

En casa partió media barra, envolvió el resto y al día siguiente lo encontró duro.

Lo mojó en leche. Lino tuvo su parte. El ritual, aun así, se repitió la semana siguiente.

El cuerpo tarda más que la cabeza en enterarse de que la mesa es para uno.

Los domingos eran los días más anchos. El taller cerraba.

El hermano llamaba o no llamaba. Andrés ponía la radio de su padre —una emisora que ya no existía igual, pero que él encontraba en un archivo de internet, por tesón— y limpiaba herramientas que no estaban sucias.

Había un destornillador de estrella con el mango mordido.

Lo tenía en la mano a veces sin usarlo, como se tiene una foto.

Un domingo bajó a Lino más tarde. El patio estaba casi vacío.

En el banco había una mujer mayor que no era Doña Amparo, de otro bloque, comiéndose un yogur con una cuchara de plástico.

Andrés saludó. Ella saludó. Eso fue todo.

Él pensó, con una lucidez que no le pidió nadie, que podría pasar diez años saludando así y llamarlo vida.

No era una tragedia. Era peor: era suficiente para no moverse.

Esa noche abrió la aplicación. Escribió a una mujer que mencionaba las caminatas y los perros.

Quedaron al café. Ella era amable, llevaba un jersey azul, preguntó por Lino con interés verdadero.

Andrés respondió bien. Al despedirse no hubo roce.

En el camino de vuelta pensó «está bien» y, en el portal, «no es».

No por un defecto. Porque mientras ella hablaba él había estado oliendo, sin querer, un jazmín que no estaba en la cafetería.

Subió las escaleras. En el 2.º A había luz. Una silueta —solo una silueta— pasó detrás de la persiana. Andrés metió la llave en el 3.º B y le dijo a Lino:

Antes de dormir dejó un plato de más en el armario de la cocina. No por esperanza consciente. Por inercia.