El Amor De Al Lado
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Uno. El cuaderno azul
Clara Vidal tenía un cuaderno azul sin fechas.
No era un diario. Los diarios exigen honestidad todas las mañanas, y ella no se sentía capaz de prometérsela a un objeto. El cuaderno era otra cosa: una lista viva, una carta que nunca enviaba, un retrato hablado de alguien que todavía no tenía cara.
Que no tenga prisa. Que sepa estar callado sin que el silencio pese. Que ría primero con los ojos. Que no me pida que sea más fácil de lo que soy. Que tenga las manos de quien ha arreglado algo alguna vez.
Tachó la última línea. Le pareció demasiado concreta, casi supersticiosa. Volvió a escribirla un poco más abajo, más pequeña, como si el cuaderno pudiera guardar un secreto de sí mismo.
Tenía treinta y nueve años y tres de ellos los había pasado sola.
No una soledad dramática, de las que se cuentan en una cena para que alguien diga «pobrecita».
Una soledad limpia, bien hecha, de las que se disfrazan de independencia y se defienden con plantas, con encargos entregados a tiempo y con la frase estoy bien, de verdad.
La relación anterior no había estallado: se había ido apagando como una bombilla que uno no cambia porque todavía alumbra lo justo para no tropezar.
Cuando se apagó del todo, Clara descubrió que extrañaba más la costumbre que al hombre.
Eso le dio vergüenza. Y la vergüenza, a veces, retrasa más que el dolor.
El 2.º A olía a papel, a jabón neutro y, hacia febrero, a jazmín.
Trabajaba de editora freelance: corregía novelas ajenas, prospectos, algún libro de recetas que nunca cocinaría.
Le gustaba el trabajo precisamente porque le permitía entrar en vidas que no eran la suya y salir antes del mediodía, cuando el texto ya no le pertenecía.
Lo que no le gustaba era la hora posterior, esa en la que el cursor dejaba de parpadear y el piso se volvía demasiado exacto.
Desde la terraza se veía el patio interior: cuatro bloques bajos color arena, almendros que en febrero se volvían locos de blanco, una piscina cubierta con lona verde la mayor parte del año, un banco de madera bajo el almendro más viejo y, al fondo, la hilera de buzones con nombres que ella leía sin leer.
También se veía, si uno se asomaba con disimulo, el tendedero del 1.
º C, siempre con una toalla a medio caer, y el plato de plástico donde Doña Amparo dejaba comida al gato naranja que no era de nadie.
Abajo, a esa hora, un hombre paseaba un perro color arena. Clara lo vio de espaldas. El perro se detuvo junto al seto, justo debajo de su terraza, y olisqueó el aire como si el jazmín le debiera algo. El hombre esperó. No tiró de la correa. No miró hacia arriba.
Clara cerró el cuaderno.
En el salón, el móvil vibró. Inés, desde Barcelona:
¿Has vuelto a la aplicación?
Clara contestó con una foto del jazmín.
Inés insistió: Eso no es un no.
No era un no. Tampoco era un sí. Era el gesto de quien sigue buscando y, al mismo tiempo, ha empezado a sospechar que el mapa está mal doblado.
Se hizo té. Abrió la aplicación como se abre el frigorífico a deshora: sin hambre de verdad, con la esperanza tonta de que haya aparecido algo.
Un perfil hablaba de viajes como si la vida fuera un aeropuerto.
Otro usaba la palabra proyecto para no decir miedo.
Un tercero parecía decente. Tenía una foto en una cocina de verdad, no en un mirador.
Clara le escribió dos líneas. Las leyó en voz alta.
Le sonaron a correctora, no a mujer. Las borró.
Apagó la pantalla y dejó el móvil boca abajo, como si así el aparato también descansara.
Antes de dormir, abrió un poco la ventana de la terraza. El patio olía a tierra húmeda y a detergente. En algún piso de arriba, muy lejos o muy cerca, alguien movía una silla.
Clara pensó, sin dramatismo, que mañana también buscaría. Porque buscar se había vuelto un hábito. Y los hábitos, incluso los tristes, dan forma a los días.
No sabía que el hombre del perro vivía en el 3.º B. No sabía que también apuntaba frases, aunque las suyas cabían en el margen de las facturas del taller. No sabía que, dos horas antes, él había pensado: Ojalá alguien que no me pida que ya esté bien.
El patio, abajo, no dijo nada. Los patios no hablan. Pero guardan.