El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Susan no podía seguir evitando a su hermano mayor.

Había hecho todo lo posible por no compartir la mesa, por no tocar a la puerta de su despacho o simplemente por pasar la mayor parte del tiempo en SilverWood.

Cuando las dudas comenzaban a atorarse en su garganta y nublaban su mente, solía escribir a Asher cartas que jamás enviaba.

No quería ser el motivo de su regreso, más aún cuando era feliz en Adeline, alejado de la sociedad y de cada una de sus críticas.

Tampoco había dado voz a lo ocurrido con Ireth.

Tomó la decisión de mantener la distancia, como siempre que se molestaba con ella.

No porque pensara que su hermana pequeña tenía motivos para castigarla, sino porque consideraba que nadie la creería.

Por eso se había convertido en un espíritu más de la enorme mansión de los Ward: con sus lamentos y un continuo dolor de cabeza que jamás mitigaba.

«Es tu hermano, debes disculparte con él», se repetía una y otra vez.

—¿Quiere más té, señorita?

La voz de la sirvienta le recordó que se estaba pellizcando el puente de la nariz con tanta fuerza que notaba una punzada de dolor. Confusa, elevó el mentón para comprobar dónde se encontraba. El largo comedor estaba vacío y presidiendo la mesa se encontraba ella junto a cada uno de sus lamentos.

—No —negó con la mano—. ¿El duque está acompañado?

La sirvienta dejó con cuidado la tetera sobre la mesa.

Susan recordaba bien el motivo por el que la porcelana tenía motas de colores.

De niña había sido un poco traviesa, así que tomó la decisión de utilizar las pinturas de Landon para darle una tonalidad divertida y llamativa.

Cuando Dominic se enteró de ello, le hizo restregarla durante tanto tiempo que ya era imposible hacer desaparecer sus fechorías.

—La duquesa ha ido a Featherville para ver a su hermana. —Hizo una pausa—. Él se encuentra en su despacho poniéndose al día de sus asuntos, como de costumbre.

—Entiendo.

—¿Quiere que le diga al señor Dominic que desea verlo?

Susan negó con la cabeza, arrastró la silla y se puso de pie.

—Siempre se me ha dado mejor importunarle, aunque en este momento no desee hacerlo —respondió ella con una sonrisa nerviosa dibujada en los labios—. Así que prefiero darle la fatídica sorpresa.

Cada paso que daba en su dirección provocaba que su corazón diera un respingo.

Algo en su interior temía que la amonestara, castigara y quizá la mandase lejos.

No sería la primera vez que conocía la ira de Dominic Ward, pero en aquel instante la culpa la consumía de tal manera que habría aceptado el destino más cruel si con él se ganaba el favor de su hermano.

La duda hizo que sus nudillos temblaran antes de tocar al despacho que una vez fue de su padre y ahora le pertenecía a él. Tragó saliva, no solo para rogarle a su cuerpo que dejara de ser débil, sino en busca de la valentía que siempre profesaba y ahora no tenía.

Cuando él le dio paso, lo primero que notó Susan fue el olor a puro mezclado con un ligero aroma a madera recién cortada. La fragancia le provocó escalofríos. Era la esencia que siempre emanaba su padre cada vez que pasaba por su lado.

Susan sacudió aquellos pensamientos que la arrastraban al pasado, tragó saliva y se acercó a la mesa donde él se encontraba.

El aspecto de Dominic reflejaba el cansancio de un hombre herido.

Por más que estuviera centrado en firmar documentos, lo único que llamó la atención de la Ward fue el brazo que tenía inmovilizado con un pañuelo de color azul oscuro.

—Dom.

Dominic levantó la mirada, no ocultó la sorpresa de verla sentada enfrente de él. La duda, frustración y quizá el agotamiento se deslizó por sus ojos, como un antiguo amigo que no pensaba marcharse.

—Creía que habías tomado la decisión de no volver a deleitarme con tu presencia, Sue.

Susan apoyó las manos sobre su regazo, apretó con fiereza la tela de su vestido y buscó las fuerzas para enfrentarle.

—Era mi intención, pero me pesa demasiado después de lo que he hecho.

Él resopló, dejó la pluma sobre la mesa y acomodó la espalda sobre el respaldo.

—¿Me tienes miedo?

Las palabras de su hermano le provocaron un escalofrío que le recorrió desde la nuca hasta los dedos de los pies.

¿Era ese el motivo por el que se alejaba de él y lo enfrentaba?

«Discuto con él porque no deseo que me encierre en una cajita de cristal, pero pavor no es lo que siento. Es mi hermano. Sea un gruñón o no lo sea», pensó un tanto consternada.

—No —admitió tomando un poco de aire por la nariz—. Siento que he roto los últimos lazos que quedaban de nuestra familia. No solo he atentado contra ti, sino contra todo lo que has luchado y... no sé cómo mirarte, Dom.

Él se levantó de la silla. De sus labios escapó un sonido gutural al hacer el esfuerzo, pues el dolor del brazo era insoportable, pero terminaría sanando con el paso de los días.

Se acercó a su hermana, acariciando con la mano sana uno de sus hombros.

El gesto debería asustarla, pero alivió un poco la tensión de sus músculos.

—Siempre has gritado con todas tus fuerzas todo aquello que no te parece justo.

Susan contuvo el aliento, pero fue incapaz de mantenerse serena como siempre solía hacer; apoyó la mano sobre la de su hermano, soltando un pequeño sollozo.

—Eso no implica dispararte —respondió con la voz tan rota que era evidente que, por su rostro, descendían las lágrimas—. Oh, Dom, lo siento tanto. Habría preferido tener una de nuestras tantas discusiones antes que llegar a ese límite. Te he fallado. A ti, a todos.

—Eso no es cierto.

Por primera vez en mucho tiempo la voz de Dominic carecía de enfado o frustración. Utilizaba cada una de sus sílabas con tanta delicadeza que Susan suspiró aliviada.

—Sabía que, si veías las consecuencias de actuar como un hombre, te asustarías —reveló él lamentándose un poco de sus decisiones—.

Era la única forma de que comprendieses que vivimos en un mundo con dos caminos diferentes.

Nosotros debemos proteger el honor, mientras que las damas como tú protegen el corazón.

Eso no dice que tengas que cambiar, Susan, solo que puedes brillar sin necesidad de ponerte en peligro.

Susan no dudó en levantarse de su asiento. Con sus brazos rodeó el cuello de su hermano mayor; primero ganándose un gemido por su parte debido a su herida y más tarde rompiendo los límites que llevaban años separándolos.

—Padre me enseñó que los hombres podéis ser auténticos monstruos.

«Más de lo que imaginas, pero no deseo abrir esas heridas contigo. Son mías y debo hacer que cicatricen», pensó.

La diestra de Dominic ascendió hasta sus mechones rojizos, los entrelazó a sus dedos y la acercó aún más a su cuerpo.

—Es cierto —admitió él sin moverse—, pero eso no quiere decir que yo desee ser el de tu vida.

Sé bien lo cruel que fue contigo en cada enfado, protesta e incluso bofetón que te dio.

Puedo molestarme. Ofenderme e incluso maldecir en voz alta.

Aun así, te ruego que, si llega el día en que yo le levante la mano a una mujer, acabes con mi vida de inmediato.

—Dominic.

—No, escúchame —la interrumpió, quizá con algo de brusquedad, pero no era su intención—.

Nadie más que tú en esta casa merece ser feliz.

Es cierto que no apoyo que dances de lecho en lecho.

Eres mi hermana. Mi corazón. Mi vida y mis entrañas.

No deseo que nadie juegue con eso. Nunca.

Aunque nadie más que tú puede desatar un escándalo que haga temblar estas cuatro paredes.

Ella parpadeó confundida.

—¿Qué es lo que intentas decirme?

—Grey se ha marchado para casarse con una Downton —comenzó a decir con lentitud—. Según tengo entendido, la boda es en tres días. Si es así, ¿qué demonios haces aquí lamentándote de haberme disparado?

El corazón de Susan dio un vuelco dentro de su pecho.

Se movía con tal fiereza que tuvo que rogarle porque no escapara de él.

Llevaba afligida por ser una cobarde desde que le había pedido a Rowan que se marchase a cumplir con su deber.

Debería haberse sentido feliz de tomar aquella iniciativa, por cuenta propia, pero estaba rota por dentro.

Porque nadie más que él desataría sus cadenas y las haría invisibles.

—No tienes que estar aquí encerrada para ganarte mi perdón —insistió una vez más Dominic, presionó los labios sobre su frente y chasqueó la lengua como si no tuviese remedio—. Deberías estar haciendo lo que tanto dolor de cabeza me provoca.

—¿Y eso es...?

—Estar en boca de todos. —Hizo una breve pausa mientras la miraba con una sonrisa ladeada—. Un Ward no recibe una negativa, obtiene lo que tanto desea.

—¿Y qué ocurrirá con nuestra reputación?

Dominic negó con la cabeza un tanto derrotado. No era la primera vez que él mismo se saltaba las normas. Más tarde lo había hecho Landon al enamorarse de Lily Rose y después Asher tras enamorarse de una Hearthry.

—Deberías agradecerle a tu hermano favorito que te haya allanado el camino.

Su tono destilaba tal retintín hacia Asher que solo provocó una carcajada en ella. Jamás desaparecerían las rencillas entre ellos. Eran Ward. Todo Londres les pertenecía si tanto lo deseaban. Habían nacido no solo con el poder de brillar, sino con un pecado debajo del brazo.

Y el de Susan siempre fue el orgullo.

—Me estás dejando ir —exhaló anonadada.

—No, Sue, te estoy diciendo que te largues inmediatamente.

Quizá la única persona que podía recordarle que incluso el orgullo contaba con redención no era nada más y nada menos que Dominic Ward.