El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

D espués de días pasados por agua, la lluvia había dado una pequeña tregua a RichHowl. Era como si las nubes huyeran asustadizas de los rayos del sol para dar la bienvenida a un enlace que marcaría un antes y un después en la vida de Rowan Grey.

Rowan notaba que todos a su alrededor estaban tan felices que les resultaba imposible dejar de sonreír.

Su madre, con el orgullo en los labios y su deseo de ayudarle a vestirse, le había despertado a primera hora de la mañana.

Habían tomado un té en el pequeño salón privado donde solían jugar a las cartas en invierno, para más tarde acomodarle la chaqueta del traje.

¿Cómo iba a destrozar la dicha de su familia cuando no tenía motivos para hacerlo?

Martha era una mujer fascinante. Amaba la astrología, las ciencias y tocaba el piano con tanta delicadeza que en más de una ocasión la había apodado la pianista prodigio .

Sabía bien que todo aquello no eran habladurías.

En más de una ocasión la había visto luchar por una perfección que la hacía tan hermosa como etérea, pero no lo hacía en busca de la validación de nadie, sino porque se sentía completa con ello.

«Y se merece ser amada, no aceptada sin más», pensó con un ápice de culpa deslizándose por su mente.

—Hoy estás más callado que de costumbre. —Su madre rompió el silencio con aquel tono dulce que siempre utilizaba para allanar el camino—. ¿Estás nervioso?

—No. —Hizo una breve pausa—. Te recuerdo que ya no soy un niño, madre.

—Para mí siempre serás nuestra última esperanza, Rowan.

Él suspiró, los dedos se le atascaban en el corbatín mientras intentaba acomodárselo.

—Lo sé.

El silencio reinó en la habitación que había utilizado durante la mayor parte de su vida.

No tenía ánimos para conversar, tampoco para planificar un futuro que, según él, carecía de metas.

Su mente volvía a Susan, a sus lágrimas, sus inquietudes y la cantidad de besos a los que había renunciado por la devoción que sentía hacia sus padres.

—Algo me dice que no es aquí donde deseas estar.

Rowan se giró para observar a su madre. Pudo ver inquietud y un ápice de incertidumbre en sus ojos, como si de alguna forma supiera bien qué estaba pensando.

—No quiero ofenderte.

—Decir la verdad no es una ofensa, cariño —sonrió ella intentando apaciguar el desasosiego que se dibujaba en su rostro—. Pero es evidente que tu mente no es lo único que está lejos de RichHowl hoy, sino también tu corazón.

—Mi trabajo es mi prioridad, siempre lo ha sido.

—Susan Ward no tiene nada que ver con tu labor en Bow Street —susurró su madre con el tacto que solo podía salir de sus labios.

Rowan notó un ápice de decepción en la manera en la que fruncía los labios, pero no dijo nada al respecto—.

Los rumores llegan a este trocito de tierra incluso si piensas que no es así.

—Eso ya no importa.

Rowan soltó un suspiro. Con él deseaba alejar todo recuerdo de Susan; de sus caricias, sus protestas y las lágrimas de una mujer asustada. Se acercó a su madre depositando un pequeño beso en el pelo.

—¿Puedes prometerlo?

Él estalló en una sonora carcajada.

—No —admitió encogiendo los hombros.

—Podemos retrasarlo unos días para que...

—No, madre —la cortó de inmediato—. Puede que no haya sido el caballero más respetuoso con mi prometida mientras estaba en Londres, pero cumpliré por nuestra familia. Te prometo que no seré un esposo del que Martha deba avergonzarse.

Ella no quedó conforme. Necesitaba saber qué era aquello que tanto opacaba el color de los ojos de su hijo. Abrió los labios dispuesta a interrogarle, pero, cuando Rowan la tomó de la mano para marchar a la capilla, sabía bien que tendría que tragarse toda pregunta que hiciera eco en su mente.

La capilla de los Grey estaba decorada con orquídeas blancas y moradas. La señora Downton no había escatimado en gastos a la hora de adornar la hilera de bancos de madera con cada ramo, lazo dorado e incluso pequeños cascabeles.

No había demasiados invitados. Ambas familias no contaban con muchos parientes, por lo que los padres de Rowan estaban acompañados de sus hermanos. Y los Downton de primos y unos parientes lejanos que incluso habían perdido el apellido.

Rowan deslizó la mirada a su alrededor. No conocía a la mayoría de los presentes. Quizá había coincidido con Benjamin Downton, el primo de Martha, en el GreenHorse en alguna de sus visitas a Londres, pero tampoco le importaba en ese momento.

Para revelarse un poco con las decisiones de su madre, su prometida había insistido en tocar los acordes de una pieza propia antes de iniciar la celebración.

Rowan asemejaba el dulce sonido de la melodía con las caricias que había depositado en el cuerpo de Susan.

Recordaba cómo las yemas de sus dedos acariciaban cada curva y trocito de piel que estaba a su alcance.

Sacudió la cabeza para alejar tales pensamientos de su mente en aquel instante.

«Tienes que olvidarlo», se amonestó a sí mismo.

Cuando el sacerdote inició la misa, tanto Rowan como Martha entrelazaban sus manos.

No con amor, por supuesto, sino con la incertidumbre o ruego silencioso de que aquella amistad que siempre los había acompañado no terminara reducida a cenizas.

No era lo mismo pasar el verano juntos que tener que formar una familia.

—Martha Downton, ¿acepta a este hombre en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza durante todos los días de su vida?

Ella deslizó la mirada hacia Rowan, habían hablado largo y tendido de que tarde o temprano llegaría ese momento. Quizá buscó consuelo o un ápice de validación cuando dio el sí quiero delante de sus familias.

—Rowan Grey —pronunció su nombre con tal intensidad que hizo eco entre las paredes de la capilla—, ¿acepta usted a esta mujer en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza durante todos los días de su vida?

—Por supues...

Las dobles puertas se tragaron la afirmación del magistrado. Ninguno de los presentes prestaba atención a las nupcias, sino al fatídico estruendo de la madera, abriéndose de par en par.

Rowan frunció el ceño; según había contado mentalmente, todos los invitados se encontraban en el lugar que le habían asignado.

No vendrían amigos ni gente del pueblo vecino, como se habló en un principio.

Sin embargo, no fue ese pensamiento el que provocó que su corazón diera un respingo.

La luz del sol no permitía ver el aspecto de la persona que se colaba dentro de la capilla, pero no tardó en reconocer aquella trenza a medio deshacer, castaña casi rojiza, que iba acompañada de una verdosa mirada repleta de vergüenza.

Era imposible.

Susan no podía estar allí, haciéndose paso con un vestido rojo, que simbolizaba su lugar como amante del futuro esposo. Tragó saliva para apaciguar los nervios de su estómago y caminó con la cabeza alta hasta donde se encontraban los novios.

—Esta boda no puede celebrarse —dijo con una actitud tan solemne que no solo ocasionó la protesta de los invitados, sino también la sonrisa de Rowan—. Objeto todo intento de que estas dos personas se unan en matrimonio.

—¿Y cuál es el motivo, hija mía? —preguntó el sacerdote, incrédulo por ser parte de tal escándalo.

Ella levantó su mano enguatada y señaló hacia Rowan.

—Ese hombre que tiene a su lado, padre, es mío —aseguró con una inocencia poco propia de ella—. He venido a llevármelo con su aprobación o sin ella.

Gerard, el padre de Rowan, se levantó ofendido, no iba a consentir que un nuevo capricho de los Ward le hiciera estar en el punto de mira de la sociedad londinense.

—Márchese, señorita Ward, no está en condiciones de satisfacer sus deseos en una celebración privada que no necesita de su presencia.

Susan se mordió el labio inferior para controlar el orgullo que hablaba por ella; apretó los puños con fuerza y se limitó a ladear la cabeza, sonriente.

—No he venido a pedirle la mano de su hijo, señor Grey —rio ella acortando la distancia—. Mi intención es llevármelo con o sin su consentimiento.

—¡Qué desvergonzada! —gritó él ofendido, pero a ella no pareció importarle.

Susan centró su mirada en Rowan, que la observaba tan lleno de orgullo como confuso por sus decisiones. Desde que se conocieron, siempre fue él quien la buscó en cada rincón de Londres; en el Heartless e incluso en los callejones más oscuros de la ciudad.

Nunca había sido al revés.

—Rowan —Sue extendió la mano en su dirección—, te amo con la suficiente seguridad para decirte que vengas conmigo. No mentiré si digo que me siento mucho menos que la mujer que tienes al lado, pero marchémonos. Me desvisto de mi pecado por ti. Solo por ti.

El suspiro que escapó de los labios del magistrado poco tenía que ver con la decepción.

Era una liberación tan dulce que le hacía sentirse mucho más ligero.

Llevaba mucho tiempo deseando que su relación con Susan fuera recíproca y quizá siempre lo fue, pero no había sido capaz de decirlo en voz alta.

—Ve con ella —dijo Martha con el mismo cariño que siempre se habían profesado—. Es el momento de perseguir lo que uno anhela y tú...

—Deseo dejar de ser su amante para convertirme en su esposo —terminó Rowan acercándose a ella; depositó un beso en su frente y la estrechó entre sus brazos—. ¿Harás tú lo mismo?

Martha deslizó la mirada hacia Benjamin, que mantenía el ceño fruncido y los brazos cruzados. Su rostro mostraba la ira de un hombre impaciente, que poco le complacía lo que veían sus ojos.

—Espero tener la misma valentía.

—Algún día.

—Algún día —repitió ella.

Rowan descendió la pequeña escalinata que le separaba de Susan, la reverenció con la misma galantería que siempre le dedicaba y entrelazó los dedos con los de ella.

—Pensaba que no querías desatar un nuevo escándalo.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Susan.

—Siempre he sido la protagonista de cada uno de ellos. —Hizo una breve pausa—. Esta vez lo seré por irrumpir en la boda del magistrado Grey, secuestrarlo y obligarlo a quedarse conmigo.

—Suena de lo más condenable —asintió él cruzándose de brazos—, pero me temo que se te ha olvidado un pequeño detalle.

Susan frunció el ceño.

—¿Que tus padres me odiarán?

Él se rio.

—Lo comprenderán con el tiempo.

—¿Entonces?

Rowan se inclinó con ligereza, rodeó con las manos la cintura de su secuestradora y la alzó entre sus brazos. Un murmullo desdeñoso recorrió a los presentes. No esperó a que nadie pudiera decir nada, comenzó a caminar con la mirada de los Grey y los Downton clavada en su espalda.

Sabía que había roto en mil pedazos la reputación de un hombre intachable, pero su corazón le importaba mucho más que una fingida apariencia que no le hacía feliz.

—Olvidaste que un verdadero magistrado jamás se rinde ante su secuestradora, a menos que el condenado sea él por dejarse atrapar. Pide lo que quieras, ma rose , soy tuyo y no puedo escapar de ti.

—Vivir la libertad que tanto anhelo a tu lado.

—Entonces, parece que tendré que cumplir tus deseos.

Susan rio contra su cuello mientras las puertas de la capilla se cerraban tras ellos, dejando atrás el escándalo que no tardaría en hacer temblar Londres, pero que acababa de dar paso a esa libertad que tanto había deseado desde muy joven.

Y no tenía por qué disfrutar de ella en soledad nunca más.