Capítulo 15
R owan estaba a punto de marcharse. Despedirse de la mujer que le había arrebatado el corazón le dejó un regusto amargo en el paladar.
Mantenía su deseo de dejarla volar, eso era cierto, pero una incómoda sensación pellizcaba su estómago.
No le había agradado la cortesía, a medias, de Ireth Ward.
Todo el mundo adoraba su inocencia, pues la comparativa entre ambas hermanas siempre estaba en boca de todo caballero. Y siempre lo hacían a su favor.
La muchacha era preciosa para su corta edad. Era dulce, inteligente y poseía esa astucia propia de un buen anfitrión. Pero había algo en aquella mirada azulada que le había provocado un escalofrío. No sabía de qué se trataba, pero poco hablaba de las cualidades que todos aclamaban de ella.
«Solo es una excusa para volver a verla», se reprendió a sí mismo.
Sacudió la cabeza intentando sacarse esos dichosos pensamientos. Dentro de una familia no debían existir rencillas, pero si se centraba en los Ward no cumplían demasiado con dicha afirmación.
Preocupado, tomó la decisión de salir del salón. Solo tenía que asegurarse de que Susan estuviera bien. Después se marcharía a casa, tomaría un último trago y esperaría a que el sol se hiciera paso entre el manto oscuro de la noche. Emprendería rumbo a RichHowl y se casaría con Martha.
El eco de unas voces no tardó en captar su atención. Se disculpó entre sirvientes que intentaban llegar hasta donde él se encontraba, invitados que sonreían orgullosos de haber recibido una invitación y reverenció a algunos nobles con los que había compartido algún momento de confidencia.
El pasillo era inmenso, ni siquiera se podía ver el descanso de la planta inferior que conectaba con el hall principal. Abrumado, Rowan deslizó la mirada a su alrededor; el sonido amortiguado de unos golpes hizo que se diese más prisa.
«Una puerta a medio cerrar, que se mueve con la brisa de la noche», pensó él intentando encontrar un motivo que justificase el tosco sonido.
Sus pies le llevaron de inmediato hacia aquellos desesperados golpes.
La vinoteca se abrió paso en su campo de visión, provocando cierto frío en sus mejillas.
Extrañado, se dio un par de golpes sobre los hombros para apaciguar la temperatura de su cuerpo.
Tenía un mal presentimiento, uno de tantos que le advertían que todo no era lo que parecía.
Mientras se sumía en la estancia, más abandonada de lo que debería, se percató de la presencia de Ireth.
Estaba apoyada en una mesa de madera con forma rectangular.
Su postura no era tan recta como de costumbre, sino relajada.
Su mentón miraba hacia arriba como si se felicitase por una hazaña bien hecha o una meta alcanzada.
—Señorita Ward.
Ireth volvió a la realidad de inmediato, deshizo ese gesto despreocupado de sus facciones y lo cambió por una sonrisa cordial.
—Pensaba que se había marchado —respondió ella escondiendo las manos a su espalda—. ¿Se ha perdido intentando salir de nuestra mansión?
—En realidad, he olvidado decirle algo a su hermana Susan. —La mirada azulada de Ireth se opacó ligeramente, le daba la impresión de que su respuesta no le había agradado—. ¿Dónde puedo encontrarla?
—Se marchó —Ireth se encogió de hombros—. Ya sabe cómo es. Allá donde dance el viento estará ella.
Un sollozo hizo eco entre aquellas cuatro paredes.
Rowan dio un respingo. Sus ojos se cruzaron con los de Ireth, creyendo que se encontraba indispuesta.
Sin embargo, el asombro en Ireth poco tenía que ver con el miedo.
Estaba estática en el lugar. Entrelazaba las manos sobre su vientre y rogaba por salir de allí en silencio.
—¿Qué ha sido eso?
—El viento quizá.
Los golpes fueron más leves, como si ese viento al que tanto insistía con poner nombre se hubiera cansado de ser escuchado. Otro movimiento más tosco le siguió hasta dar fin con un doloroso gemido.
Rowan la miró fijamente.
—¿Dónde está Susan?
Ella soltó una carcajada.
—Lejos de usted, como de costumbre.
—Si algo me ha enseñado mi profesión es que todo aquel que miente tiende a parpadear más de lo normal —justificó Rowan mientras observaba el ligero movimiento de sus caderas en el mismo sitio.
Parecía intranquila, como si hubiera sido descubierta tras cometer una trastada—.
Las manos tienden a ponerse sudorosas y la inquietud se vislumbra en cada movimiento del cuerpo.
Ireth abrió la boca; las palabras tardaron en salir de sus labios.
—¿Me está analizando? Creo que a mi hermano no le gustaría.
—Sus mentiras tampoco —dijo con tono mordaz—.
No entiendo este extraño juego, donde en ocasiones se viste de ángel y más tarde se atavía de demonio.
Le aseguro que para mí es transparente. Espero que no quiera ser expuesta delante de su bonita celebración, aquella que ha dejado a su suerte en el salón de al lado.
Ella apretó los dientes.
—Es allí donde debería volver, no queremos que mañana se hable más de mi festejo —rio con aquella melodiosa inocencia tan propia de ella—. ¿Sabe algo, Grey?
Rowan resopló cruzándose de brazos una vez más. Conocía bien aquellos bailes, ajenos a movimientos y repletos de palabras. Ireth había iniciado unos pasos que la acercaban a la salida, muy lejos de él.
—Usted dirá.
—Susan tiene miedo a la multitud y las puertas cerradas —reveló como si hablara del último postre que había comido—.
Supongo que en este preciso instante no recordará cómo se respira.
Pero no se preocupe, los Ward no somos demonios, como usted dice; somos lo más cercano a la monarquía que ningún caballero conocerá jamás.
Y, si usted me expone, yo tiraré de los hilos de su función.
¿Quién tiene más que perder, el magistrado que todos temen o la hija de un difunto duque? Pase una buena noche.
Rowan observó cómo se marchaba sin dar crédito a lo que había escuchado. Ireth, la quinta hermana Ward, le acababa de amenazar. Y no solo eso, acababa de ponerle todas sus cartas sobre la mesa.
«Y pensaba que la ira de Dominic era lo más temible en esta casa».
No tardó demasiado en recomponerse; miró a su alrededor en busca de cualquier indicio de que Susan no se hubiera marchado.
Dentro de aquella vinoteca se encontraban botellas con una abundante capa de polvo, otras vestidas con tela que debió ser blanca y tal cantidad de huecos vacíos que confirmó que ya apenas se utilizaba.
Rowan se detuvo en seco cuando vio una puerta en el fondo de la estancia. No entendía muy bien cuál era su función. Era posible que condujera a algún tipo de pasadizo propio de los palacios. Después de todo, los Ward tenían tantos amigos como enemigos.
Un nuevo golpe captó su atención. Provenía de allí.
De aquella puerta de madera carcomida con el paso del tiempo.
Extrañado apoyó la mano en la manivela circular, tiró de ella con fuerza hasta que esta cedió.
No parecía muy pesada, pero por su grosor y la manera en la que se encontraba encajada...
era muy posible que no pudiese abrirse desde dentro.
Los primeros resquicios de luz le permitieron ver algo en el suelo.
En un principio, no sabía bien de qué se trataba, pero no tardó en reconocer aquellos mechones rojizos que tantas veces había acariciado.
A sus pies, arrodillada y echa un ovillo estaba la imbatible Susan Ward: la dama que iba en contra de las reglas y de la que no quedaba nada.
Rowan se agazapó con cautela, quería ponerse a su altura para comprobar que no estaba herida.
Su corazón latía desbocado en su pecho. Estaba deseoso de salir de su caja torácica con la intención de llegar a ella.
Sin embargo, optó con alzar un dedo para arrastrar algunos mechones detrás de su oreja.
La imagen de ella le destrozó por completo.
Ya no quedaba nada de Susan Ward. De su seguridad, su mirada altanera y su continuo tono soez. En su lugar, solo había una muchacha asustada, con algunas magulladuras en las mejillas, que se abrazaba a sí misma.
—Oh, ma rose —susurró con ternura para no asustarla—. ¿Qué demonios te ha hecho?
Susan pareció reaccionar a aquel apodo del que siempre se quejaba.
Su mirada verdosa se posó en él. Solo le hizo falta entrelazar su iris con el suyo para romper en un doloroso llanto.
Deseosa de salir, gateó hasta él y se lanzó a sus brazos como si él fuera el lugar seguro que tanto le costaba encontrar.
—Tranquila, mi amor —dijo con suavidad mientras se sentaba en el suelo. Rowan la atrajo aún más a su cuerpo y la meció con suavidad para calmar sus hipidos—. Los monstruos ya no pueden atraparte. Estoy aquí contigo.
—P-pensaba que... —la combinación de aire que intentaba tomar y su voz se solapaban de tal manera que ni siquiera se la comprendía bien—. Pensaba que no saldría de allí otra vez.
—¿Ireth suele hacerlo? —preguntó él frunciendo el ceño—. ¿Aprovecha su influencia con Dominic para castigarte?
Susan negó con la cabeza, escondió la nariz en el cuello de Rowan buscando su olor para aliviar la inquietud de su corazón.
—Siempre se mantiene al margen, como si mi existencia le desagradara —confesó con un poco más de calma intentando mitigar sus hipidos—. Es la primera vez que la veo tan decepcionada de mí.
—¿Por qué te ha encerrado?
Ella se apartó un poco para poder disfrutar de la tranquilidad que le transmitía su mirada. Se permitió sentarse en su regazo y apoyó la espalda sobre su pecho.
—Supongo que alguno de mis hermanos le habrá contado que mi padre me castigaba, metiéndome aquí, cuando lloraba o le enfadaba.
—La sonrisa que se dibujó en sus labios fue tan amarga que Rowan le dejó un pequeño beso en la sien—.
Fue el peor año de mi vida, pero fue más horrible sentir alivio cuando él murió.
—¿Por qué le haría algo así a su hija?
—De niña era muy dependiente de mis hermanos mayores —confesó avergonzada y quizá con un ápice de tristeza—.
Lloraba con facilidad, anhelaba los brazos de mi madre y protestaba como la niña de cuatro años que era en aquel momento.
Mi maldición no solo fue ser una cría, sino parecerme a mi madre...
Quiso enseñarme que la voluntad de un hombre era lo único que me salvaría de sus castigos, de la oscuridad y de sus condenadas reprimendas.
Rowan maldijo entre dientes. Le costaba comprender que un hombre tan poderoso como lo era el duque pudiera sentir tal rabia por uno de sus hijos. Preocupado, se limitó a abrazarla en silencio, no quería maldecir a un canalla que ya había fallecido; lo único importante en aquel lugar era solo ella.
—Sus palabras siguen haciendo eco en mi mente, Rowan.
—Susan rompió el silencio con la amargura abrazada a sus cuerdas vocales—.
Me recuerdan que la voluntad de mi esposo me hará tan desdichada como mis noches dentro de mi mugrienta prisión.
No sé si Dominic sabe algo de esto o si Landon se alegró de que me quitaran de en medio.
Lo único que sé es que Asher durmió conmigo en la misma cama hasta que cumplí los dieciséis.
Dom no permitió que siguiera ocurriendo, ya que le parecía indecoroso.
Pero tenía miedo..., estaba aterrada de que alguien llegase a mí.
—¿Por eso no deseas casarte?
Susan asintió tomando un poco de distancia. Se limpió las lágrimas que conservaba en el rostro y se levantó tambaleante.
—No soportaré lo mismo otra vez —aseguró cohibida solo de pensarlo—. Deseo volar. Porque ni siquiera sé si soy capaz de hacer feliz a alguien.
—Sue —susurró Rowan. Apoyó las palmas de las manos sobre su rostro, esperando que comprendiera que no todos los caballeros de Londres eran así—, jamás te haría desdichada. Si mi cometido en esta vida es cicatrizar tus heridas, así lo haré.
—Pero tu mereces ser amado. —Susan apoyó la frente en la suya, cerró los ojos y suspiró angustiada—.
Y no sé si mi orgullo me permitirá hacerlo.
—Hizo una breve pausa tragando saliva—. Ojalá no estuviera tan rota.
Ojalá no temiera tanto a que un hombre pueda cambiar.
Debo dejarte ir por mi bien. Por el de los dos.
— Ma rose...
Ella contuvo el llanto en su garganta sin separarse de él.
—Cásate con ella —dijo sin apenas aliento—. Permite que te haga dichoso como debe hacerlo una mujer que siente y padece. Me... me habría encantado serlo yo, pero...
—El miedo te ciega —terminó él alejándose de su rostro. Retrocedió unos pasos para sacudir su pantalón y parte de su chaqueta—. Pero yo no soy tu carcelero, Sue. Si tengo que marcharme a casarme porque no eres valiente, así lo haré, aunque no te prometo ser feliz sin ti.