El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

L os sentidos de Susan habían quedado opacados tras aquella conversación.

Era incapaz de escuchar los acordes del violín, el ligero murmullo de los invitados e incluso el repiqueteo de sus pasos.

Todo quedaba atrás, como si un ruido estridente hubiera taponado sus oídos y el monólogo de Ireth fuera lo único que intentara comprender.

—¿Qué decías?

Susan batió sus pestañas para no derrumbarse.

Le resultaba más sencillo hacerse la valiente delante de una comitiva que fingir que se encontraba bien cuando estaba a solas.

Sus manos apretaban con fuerza su vestido, como si de alguna manera ese gesto la anclara a lo que acababa de ocurrir.

Pero era tan difícil no desmoronarse que miraba hacia atrás para comprobar que Rowan no se había marchado para siempre.

—Era lo mejor —le repitió su hermana pequeña con tono cansado—. Un hombre como él jamás será aceptado por Dominic.

—Ireth, no quiero hablar de eso ahora —suplicó en un tono tan tembloroso que agradeció la bajada de la temperatura fuera del salón—. Te ayudaré con los condenados postres y me iré a mi alcoba.

—Bien.

El silencio entre ambas no era una sorpresa para Susan.

Su hermana solía chapurrear de todo aquello que sabía —artes, ciencias, curiosidades— y sabía tanto de su apellido como Dominic.

No le importaba que compartiera con ella su conocimiento.

Después de todo, consideraba que una mujer no solo debía centrarse en los modales y en zurcir un trozo de tela.

Pero en ese momento las palabras que le regalara no la alejaban de la despedida que acababa de vivir.

—¿Por qué actúas como si te doliese, cuando normalmente no te importa nadie?

Susan detuvo sus pasos, empezaba a cansarse de sus reproches.

Se abrazó a sí misma para protegerse de la conversación; entendía que hubiera tocado su zona de confort a la hora de preparar la fiesta de cumpleaños de Willow, pero no comprendía por qué buscaba perforar su piel, resquebrajar su carne y llegar a su corazón.

—Yo nunca he dicho que no me importe nadie, Ireth. —Su tono era reprobatorio; el de una hermana mayor que no iba a consentir que la educación se perdiera—. Siento y padezco como podéis hacerlo los demás. Si no quiero darles voz a mis heridas es mi problema.

—Avergonzarnos no dice eso de ti.

Susan abrió la boca para protestar, pero intentó contener el enfado mordiéndose el labio inferior.

—Es curioso cómo permites que todos vean la perfección en ti —hizo una breve pausa—, cuando estás tan rota como los demás.

La sonrisa se borró de los labios de Ireth. Susan notó cierta inquietud en sus ojos azules; algo oscuro dentro de ella había despertado. Algo que ninguno de los Ward era capaz de ver en su hermana pequeña.

—Inténtalo. —Las palabras de Ireth estaban cargadas de prepotencia—. Intenta demostrar que no lo soy. Nadie va a creerte.

Susan suspiró derrotada.

—Acabemos con esto de una vez.

Ireth no replicó. Actuó como la muñeca etérea de Dominic y la reverenció con fingido respeto.

«Ya sabía que me odiaba, no debería dolerme tanto», suspiró cansada.

Ninguna de las dos volvió a decir nada. Ambas caminaron en silencio por el largo pasillo que conducía a la vinoteca. Su larga extensión en la parte trasera de la mansión de los Ward había hecho que el anterior duque hiciera un almacén para conservar las botellas de vino más valiosas.

Susan se extrañó de que no se dirigieran a las cocinas, sino a aquella habitación que aceleraba su corazón. Intentó fingir que no le hacía sentir nada; apretó los puños con fiereza mientras levantaba la cabeza con orgullo.

—¿Por qué vamos al almacén privado de padre, Ireth?

Su hermana encogió los hombros con inocencia.

—¿No era tu lugar favorito de niña?

La sangre se le heló en las venas. Su corazón no dejaba de dar saltos desesperados dentro de su pecho. Amenazaba con escapar de allí; chillaba por alejarse de aquel lugar cuanto antes.

Susan tragó saliva, se giró con lentitud hacia su hermana pequeña intentando descifrar cómo sabía que había pasado tiempo dentro de aquel condenado almacén. Aunque fuera como castigo.

—¿Q-qué significa todo esto?

Ireth deambuló tras ella. La habitación estaba fría, como si la bajada de las temperaturas se hubiese condensado entre aquellas enormes cuatro paredes. Canturreó. Lo hizo con la inocencia que tanto adoraba Dominic y que tanto observaba de soslayo Landon.

—He pedido traer algunos aperitivos y bebidas aquí —sonrió con dulzura—. Dijiste que me ayudarías, ¿no es así? Además, está cerca del salón que tanto le gustaba a padre. Eso decíais siempre.

Susan apretó los dientes con fiereza.

—Ireth.

Ella la animó a entrar con un breve movimiento de su mano derecha.

—Entra.

—Ireth —suplicó con la voz temblorosa, notando su presencia tras ella—. No voy a decirle nada a Dominic si es lo que tanto te inquieta. Dejemos este ridículo juego.

Su hermana chasqueó la lengua, molesta. La muchacha que tenía delante poco tenía que ver con la joven que tanto se hacía querer entre invitados y caballeros de gran patrimonio. Tampoco con la decepción que se dibujaba en su mirada. Su ceño fruncido y la manera en la que torcía los labios.

—Dominic está herido por tu irresponsabilidad —comenzó a decir Ireth con lentitud—. Has gritado donde una dama no debe hacerlo y has replicado cuando el silencio debe ser nuestra mejor arma. Solo has sido una niña malcriada.

«Deja de chillar, Sue, aquí nadie podrá oírte».

—No todas podemos fingir que la decisión de nuestros hermanos son la única verdad existente en esta casa.

El cuerpo de Susan temblaba como una hoja, los recuerdos eclipsaban cada uno de sus sentidos, impidiéndole pensar con claridad. Conocía bien la sensación de sentirse acorralada, la incapacidad de respirar con normalidad y el miedo a levantar la voz para ser acallada de un solo tortazo.

—No se trata de aparentar —susurró con suavidad dejándola entre la puerta que la llevaba a su infierno personal y su menudo cuerpo—. No eres útil para esta familia. Ni Asher ni tú.

—¿¡C-cómo te atreves a...!?

Susan sintió un empujón tan fuerte en su pecho que, no solo se contrajo, sino que perdió el equilibrio.

Podría haberse agarrado al marco de la puerta, haber movido las manos en busca de esa estabilidad que necesitaba para mantenerse en pie, pero cayó hacia atrás soltando tal quejido de dolor que hizo que no pudiera alcanzar su liberación.

Ireth cerró la puerta, manteniéndola una vez más tras aquella celda que su padre había hecho para ella.

—¡Ireth! —gritó desesperada mientras golpeaba la puerta—. Sácame de aquí. Maldita sea. ¿¡Ireth?! ¡No quiero estar aquí dentro!

El silencio que le regaló la arrastró al pasado, a cada sollozo inoportuno para el anterior duque de Ward. A sus amonestaciones, enfados y molestias cuando le pedía a Dominic que la aferrara entre sus brazos.

Un día, cansado de una niña que poco entendía de las infidelidades de su madre, la arrastró a aquel almacén que solo él usaba; la dejó allí, recordándole que su voluntad era la única que debía acatar. Y, hasta que no lo comprendiese, no saldría de allí.

Susan golpeaba la puerta con fuerza. Recordaba a la pequeña que se escondía entre botellas de vino, se abrazaba las piernas y se mecía cuando tenía frío. Escuchaba sus lamentos. Notaba la ansiedad al no sentir que el aire llegara a sus pulmones y lloraba sin poder evitarlo.

Con el tiempo comenzó a generar una sensación de asfixia a los lugares cerrados. Le quitaban el aliento, la hacían perder el equilibrio y sentía unas profundas náuseas. Nadie comprendía por qué una dama tan fuerte como lo era ella tenía aquellos extraños síncopes.

Aunque para Susan eran unas heridas silenciosas de una batalla que jamás pudo vencer.

Porque ser una de las más pequeñas de los Ward había provocado que su padre se cebara con su inocencia.

Con las pataletas de una niña que solo tenía cuatro años cuando la encerró por primera vez.

Con los sollozos de alguien que lloraba sin comprender qué había hecho mal y le recordaba que, no importaba cuánto luchara, su vida jamás sería suya.

Por eso, con el paso de los años, se prometió que jamás estaría a la merced de un hombre.

Prefería destruir cada pequeño hilo de su reputación antes que permitir que cualquier caballero tuviera el descaro de manipularla como si fuera un trofeo más de su extenso y macabro patrimonio.

«Y vuelvo a estar otra vez aquí, abandonada a mi suerte. Con la única esperanza de que la molestia de mi hermana desaparezca en poco rato si no quiero ser una muñeca olvidada en el tiempo».

Susan se dejó caer a los pies de la puerta como si la vida hubiera desaparecido de cada parte de su cuerpo. Si no fuera porque el mundo ya la conocía como la cuarta hija del duque de Ward, tan solo se hubiera hablado de ella como una historia más de los cimientos de aquella casa.

Cerró los ojos.

La paz no llegó.