El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

I reth, su hermana pequeña, no había escatimado en gastos en la preparación de uno de los eventos más comentados de la temporada.

Había elegido el Salón de los Susurros, como lo habían denominado sus hermanos y ella cuando eran niños.

A la mayoría de los hermanos le encantaba la estancia, no solo porque fuera un poco más íntimo que el principal.

Adoraban su forma hexagonal, con ventanas en cada pared que permitían vislumbrar las estrellas durante la noche y el frondoso jardín durante la tarde.

Las cortinas en color mostaza eran de las más pesadas de la casa, pues el anterior duque había insistido en proteger los frescos del techo todo lo posible manteniendo la tela echada frente a la luz del sol.

Era evidente la gran devoción que sentían los Ward por la mitología griega, por eso habían conservado la pintura que simbolizaba el monte Olimpo como si estuviera recién pintada.

Se vislumbraba a Hera y Zeus, los reyes de los cielos, sobre una nube, mientras Hermes, el mensajero de los dioses, se inclinaba con una misiva entre sus manos.

Las demás deidades observaban. Algunos fingiendo bostezos, otras simplemente riendo sin ningún tipo de preocupación.

A Susan no le agradaba que la fiesta se celebrara en aquel salón.

Su ubicación era la más lejana a la puerta principal y a su alrededor no había mucho más que una vinoteca bastante extensa, que apenas se utilizaba.

Es más, Ireth aprovecharía su capricho para ordenar a sus sirvientes que encendieran la enorme lámpara en forma de araña, que contaba con unas sesenta y ocho velas.

Adoraba jugar con la penumbra de la estancia, como si las sombras que se dibujaban en las paredes fueran parte de los invitados.

Ocurría lo mismo con la música. Obviaba por completo todos los instrumentos de percusión para elegir una orquesta solo de violín o de violonchelo.

También había elegido un código de etiqueta: solo se podía entrar en el lugar si se llevaba una pequeña vela en la mano, pues se encendería a mitad de la noche para pedir un único deseo que, según ella, se cumpliría a lo largo de la temporada.

—No te quedes ahí, hermana, estás incomodando a mis invitados.

Ireth había elegido un vestido en amarillo claro; no consideraba que realzara demasiado el color de su piel, pero hacía un contraste perfecto con sus bucles castaños. Era como disfrutar de la visión de un pequeño pastel de limón con cobertura de chocolate, aunque no lo diría en voz alta.

—Espero que la cortesía la tengas guardada para cada uno de ellos —resopló Susan cruzándose de brazos—. ¿Aún sigues molesta porque organicé la fiesta de cumpleaños de Willow? No fue cosa mía, sino de Dominic.

En un principio, Ireth ignoró las palabras de su hermana mayor. Cada sílaba que escapó de sus labios no tuvo ningún significado en sus oídos. Se limitó a dar órdenes al servicio para que las tostas de mantequilla y los macarons que había pedido traer de Francia estuvieran en el lugar adecuado.

—¡Ireth! —exclamó molesta su hermana.

—Ya te he oído.

—No tienes que hacerme el vacío, no me interesa ninguno de tus asuntos —respondió Susan resoplando. Deslizó con suavidad la mirada por la estancia, pero entre caballeros que asentían a modo de saludo y matrimonios que apenas conocía no veía a su hermano mayor—. ¿Dónde está Dominic?

—En su alcoba.

—¿No va a asistir esta noche? —preguntó Susan enarcando una ceja—. No suele perderse ningún evento que se hace en la mansión.

—Está indispuesto. —La mirada que le regaló Ireth no tenía nada de inocencia, sino de reproche—. Sabes bien el motivo.

La punzada de culpa que perforó su corazón la hizo encogerse.

No le gustaba que la tratara así. Había intentado ser una figura maternal para ella siempre que sintió que podía hacerlo.

La ayudó a aprender a leer, la cobijaba cuando añoraba a su madre y le enseñaba a chapurrear algo de francés por si en algún momento le hacía falta.

Su relación jamás fue recíproca, o eso le daba a entender.

—Lamento haberte causado inseguridad con mis decisiones —susurró Susan con cautela—. No estamos hechas de la misma pasta, baby . Nunca lo hemos estado, pero jamás querría quitarte todo esto. Nadie más que tú se merece ser la princesa de los Ward. ¿Cómo puedo compensártelo?

Ireth la observó pensativa, no le sorprendía que sus palabras no hubieran mermado en ella. Su padre murió cuando tenía dos años. Las únicas referencias que habían estado actuando como padres fueron Dominic y ella. Era evidente que se sentiría traicionada, aunque no lograra comprenderlo del todo.

—Necesito que me ayudes más tarde con unos postres —respondió Ireth más suave y calmada—. Deben estar fríos para servirse o se derretirán.

—¿Y por qué no lo hace la ayudante de la cocinera?

—Porque me fío más de nuestras manos que de las suyas.

Susan no buscó más respuestas, se limitó a asentir mientras se ausentaba para respirar un poco.

La presión que ejercía su hermana pequeña sobre ella era tan frustrante que notaba un profundo dolor en las sienes.

Aprovechó la lejanía para tomar un poco de ponche mientras daba la bienvenida y deseaba que los invitados disfrutaran de la noche.

No era algo que soliese hacer, pero quería demostrarles a sus hermanos que no era algo que le importase llevar a cabo.

Mientras, bebía y conversaba con algunas debutantes que esperaban encontrar el amor aquella noche. Los ojos verdes de la Ward se deslizaban por la fiesta, rogaba porque Ireth no hubiera olvidado mandar la invitación a Rowan. Así, podría aprovechar su encuentro para disculparse con él.

Laurie, la actual baronesa de Bormon, había esperado que se encontrara a solas para interrogarla sobre su vida amorosa.

No era un secreto que todo el mundo hablara sobre su extensa soltería.

A Susan poco le importaba lo que pudieran opinar los demás, pero era cierto que le molestaban los comentarios sobre lo mayor que era, lo perdida que estaba y su dependencia hacia el ducado de su hermano Dominic.

Entre todas sus curiosidades, no dudó en preguntarle sobre su relación con Beauford, que extrañamente había guardado silencio tras su fatídico encuentro con Rowan.

Pudo contestar que no estaba entre sus prioridades, que no le agradaba su sonrisa perspicaz, ni los hombres que carecían de paciencia, pero fue en ese momento cuando vio la melena canosa de su amante.

Se encontraba cerca de la mesa de dulces, sosteniendo en su diestra un poco de oporto.

A su lado Wyatt Mitchell conversaba con un tono tan monótono que ni siquiera se le veía gesticular desde su posición.

Sabía que compartían tiempo en Bow Street, que en ocasiones trabajan en casos y que tenían una relación un tanto cordial.

Susan aprovechó la distracción de Rowan para hacerse paso entre la multitud. La fiesta aún no se encontraba en su punto álgido, así que era sencillo acortar la distancia con él; habría sido un iluso si no reconociera aquel cabello rojizo que tantas veces había sostenido entre sus manos.

Para Rowan, su presencia en la fiesta de la menor de los Ward no era una forma de olvidar lo que había pasado.

No se alegraba de haber desaparecido de manera paulatina de la vida de Susan, pero necesitaba alejarse para comprender que su romance solo era una mentira que no tardaría en llegar a su fin.

Además, él se marcharía en pocos días para cumplir con su deber con su familia.

—Señores —saludó Susan inclinando la cabeza—. Lamento inmiscuirme en una conversación tan entretenida, pero me gustaría compartir esta pieza junto al magistrado. ¿Le importa, señor Mitchell?

—En absoluto. Ya le estaba diciendo que prefería marcharme con mi familia antes de que esta fiesta me matara de aburrimiento —suspiró un tanto aliviado con su aparición—. Espero que tengan una buena noche.

—Gracias, señor Mitchell —susurró con delicadeza la Ward mientras tomaba ambas puntas de su vestido y reverenciaba al hombre que la miraba con cautela—. Señor Grey.

—Susan —dijo sin florituras.

Rowan extendió la mano en su dirección, podría haberse negado a ser parte de aquel juego.

No estaba dispuesto a ser la comidilla de Londres, pues le había costado años de sacrificio mantener el lugar donde se encontraba, pero tampoco podía negarse a la súplica silenciosa de la mujer que tenía delante.

No hubo explicaciones, tampoco preguntas.

El magistrado la guio hasta el centro de la pista, donde los más jóvenes aún no se habían atrevido a iniciar el primer baile.

Sabía que podía ser un tanto descarado por su parte, pero lo único que deseaba era un poco de cercanía antes de tener que despedirse.

—No has vuelto a hablarme desde lo ocurrido.

Susan entrelazó su mano izquierda con la suya, permitió que la libre vagara por su baja espalda e iniciara los primeros pasos de baile.

—Poco debía decir. —Rowan contuvo el aire dentro de su pecho, una discusión era lo que menos le apetecía en ese preciso instante—. Ya has dejado claro que mi valía y mi orgullo poco te importan.

Ella retorció los labios con molestia.

—Eso no es cierto.

—Como hombre que puede permitirse acariciar el poder desde una posición un tanto más baja que la tuya —comenzó a decir haciéndola girar entre sus brazos, provocando que todo alrededor de Susan perdiera su nitidez—, no solo has permitido que se mofen de mí, sino que poco te importa lo que yo sienta.

Piensas que un caballero no siente ni padece, cuando sabes bien que mi último aliento es tuyo, ma rose .

Las palabras de Rowan le hicieron cosquillas en el oído, notaba cómo apretaba los dientes con frustración.

—Lo único que no deseaba era ser una damisela en apuros.

—Una dama puede ser poderosa contando con un protector a sus espaldas y yo siempre he podido ser el tuyo.

—Hizo una breve pausa deslizando su cuerpo hacia atrás; el único punto de apoyo sobre la espalda de Susan eran sus manos—.

No deseo hacerte pequeña, anhelo hacerte intocable.

Pero no puedo seguir aceptando tus migajas, cuando sabes bien que, si me pidieras el mundo, yo te lo daría.

—Rowan.

Los dedos del magistrado se hundieron en su espalda; con cada roce de su cuerpo le transmitía lo doloroso que era tenerla y lo frustrante que era sentirla lejos de él.

—No —respondió de manera aterciopelada—. Debes dejar el orgullo que tanto te protege y tanto me destroza. Puedo perseguirte. He de recordarte que tu lugar está a mi lado y que siempre serás mía. Pero no pienso forzarte a ello. No soy un canalla. Al menos no de esa calaña.

—De verdad que deseaba disculparme. —La voz de Susan se iba resquebrajando poco a poco, como si le costara que las sílabas escaparan de sus cuerdas vocales.

Hacía todo lo posible para que sus pies no tropezaran con los suyos, y aquella fatídica danza que debía cautivar a los demás no mostrara ni un ápice de su culpa—.

Quería demostrarle a Beauford que puedo elegir a un hombre si así lo deseo.

—Y puedes hacerlo, querida, pero sin herir su hombría —le recordó Rowan deslizando ambas manos sobre su cintura, la elevó con suavidad y giró con ella—.

Ser prepotente solo genera enemigos. Siempre es más sencillo que el caballero sea el culpable; la reputación de una dama nunca termina de recomponerse.

¿No entiendes que el mundo funciona así?

Ella suspiró con lentitud.

—Lo comprendo. De verdad que no quería herirte.

—Lo sé, mi amor —susurró él de una manera tan grave que pudo sentir la frustración en su voz—.

Pero es el momento de decirnos adiós. Mañana me marcho a casarme.

Te habría esperado toda la vida si no me importara mi familia, pero incluso yo, uno de los magistrados más poderosos de Londres, tiene deberes que cumplir.

Susan sintió un profundo nudo en la garganta. Normalmente, le habría bastado aferrarse al orgullo para poder lidiar con aquella revelación que ya conocía. Porque, si ella hubiese aceptado ser su esposa, él no se marcharía a RichHowl.

—Así que se acabó.

Rowan tragó saliva, deseoso de que la pieza llegara a su fin.

—Así es —contestó con pesar—. Es una pena que hayas decidido no elegirme.

No entendía por qué su mundo comenzaba a hacerse pedazos. Debía sentirse tranquila, incluso si sentía un ápice de amor por él. Porque estaba segura de que ni siquiera amándole con todas sus fuerzas podría librarse de las ataduras de un hombre que toma a una mujer como su posesión.

—Espero que... te vaya bien.

Susan batió sus pestañas para controlar las lágrimas. No debía derrumbarse. No merecía hacerlo. Esa había sido su decisión; jugar a los amantes hasta arrebatarle el corazón a Rowan Grey.

—Te deseo lo mismo, ma rose .

Cuando la pieza dedicó al salón sus últimas notas, ambos se alejaron como si a partir de ese momento ya no tuvieran permitido tocarse.

Ella levantó su mirada verdosa con la intención de admirarlo una vez más, pero el miedo a caer en las garras de un hombre equivocado la hacía danzar entre su corazón y la impotencia de ser mujer, madre y esposa en la época que le había tocado vivir.

—Yo... Me gustaría que...

—¡Susan!

La voz de Ireth hizo que aquella magia que los envolvía desapareciera para siempre. Su hermana pequeña reverenció al magistrado con la inocencia que siempre mostraba a todos, menos a ella.

—Me alegra que haya aceptado mi invitación, magistrado —sonrió agradecida la menor de los Ward—. Tengo que quitarle un momento a mi hermana. Me ha prometido solventar unas rencillas pendientes.

—Por supuesto —respondió él dedicándole un breve asentimiento y escondió las manos entrelazadas detrás de la espalda—. De todas maneras, ya habíamos acabado.

Ireth se rio con sencillez.

—No esperaba menos de Susan. —Hizo una breve pausa—. Se cansa de todo el mundo con facilidad, ¿no es así? Le veo más tarde, Rowan.

—Señorita Ward. —Él tragó saliva, su mirada estaba clavada en la mujer que le había arrebatado parte de su corazón—. Susan.

—Rowan.

Y todo el color de los frescos que se habían mantenido con el paso de los años comenzaron a opacarse bajo los párpados de la mujer más orgullosa de la familia Ward.