El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

S usan no era gran amiga del silencio. Cada vez que se abrazaba a él con la intención de que el mundo se convirtiera en un borrón gris, su corazón martilleaba desesperado en su pecho.

No era porque hubiera hecho algún esfuerzo, sino que aquel mutismo la hacía sentir completamente inquieta.

Le daba la sensación de que debía estar alerta por si en algún momento escuchaba el repiqueteo de unos pasos y su mundo se echaba a perder.

Después de todo, así era siempre.

De niña sus sollozos solían hacer eco en cada rincón de la mansión.

No importaba si buscaba a Dominic para cobijarse entre sus brazos o si era la atención de su madre lo que tanto necesitaba.

Tan solo recordaba que las lágrimas quemaban en sus mejillas mientras deambulaba por cada estancia, ganándose una protesta o una burla.

Cuando el cansancio la derrotaba se escondía debajo de su cama hasta que su nana la encontraba y le servía una taza de chocolate, como tanto le gustaba.

En aquella ocasión no era suficiente una dosis dulce para calmar su agitación. La ausencia de Rowan le resultaba tan extraña que se sentía desubicada. Estaba acostumbrada a su insistencia. A ausentarse, a buscarlo y a que siempre estuviera ahí, pero esta vez no lo había hecho.

«Lo he ofendido tanto que ni siquiera es capaz de venir a mí como de costumbre», resopló angustiada.

El malestar reptaba por debajo de su piel como un animal hambriento.

Provocaba que su corazón latiera desbocado hasta el punto de que el aire jamás llegaba a sus pulmones.

En muy pocas ocasiones Susan se sentía tan angustiada.

Todo lo que le provocaba inseguridad solía estar atado al pasado, pero era la primera vez que Rowan se decepcionaba por su manera de actuar.

Y eso la tenía tan abrumada como asustada.

—Señorita Ward, lamento haberla hecho esperar. —La voz de la sirvienta personal de Olivia la sacó por completo de sus pensamientos. Susan dio un pequeño brinco, que disimuló mientras se sacudía la falda del vestido—. ¿Me acompaña?

Ella asintió sin dudarlo, había querido ir a SilverWood para comprobar cómo se adaptaba la pequeña a su nueva familia.

Tras lo ocurrido en la ciudad, Susan se había encargado de que Charles, su cochero, diera con aquel macabro caballero que golpeaba a su nieta; le ofreció una suma considerable de dinero y, como imaginaba, la niña no era una prioridad por encima de ello.

«Así funcionan los hombres hambrientos de poder», pensó ella angustiada en su momento.

Esta vez Olivia no la recibió en su habitación entre sábanas y con un aspecto febril.

Se encontraba agazapada en mitad de la estancia, ataviada con un bonito vestido azul y con una pequeña sonrisa en los labios.

Delante de ella había una enorme casa de muñecas vestida con cada mueble de porcelana y alfombra de tela.

Pero lo que más sorprendió a Susan no fue que su mejor amiga sonriera, sino que tras ella se escondiera aquella pequeña que ella misma se había llevado consigo.

—Tenía que haber avisado de que vendría.

Olivia levantó la mirada al percatarse de su presencia, se incorporó con cuidado y extendió los brazos para darle una cálida bienvenida.

Se abrazaron como si fueran dos niñas que acababan de reencontrarse tras todo el año separadas.

No hicieron falta palabras para agradecer la visita.

Después de todo, el tiempo había sido testigo de que no importaban los años que pasaron separadas, la amistad entre ambas no desaparecería nunca.

—No tienes que pedir permiso para venir a verme —respondió Olivia con suavidad—. Además, no sueles ir de la mano de las reglas.

—Tienes razón. —Susan encogió los hombros con un ápice de culpa acariciando su corazón—. Las normas no están escritas para mí; aun así, no quería importunar si te encontrabas convaleciente. ¿Te ha visto el médico?

Olivia asintió.

—Era evidente que me sugeriría que no intentara tener más hijos. —Su tono no ocultó el dolor que le causaba; intentó recomponerse tragando saliva—, pero me has dado la oportunidad de ser madre.

—¿Cómo se está adaptando?

No hizo falta que su amiga respondiera. Cada vez que entablaba una conversación con la pequeña, ella se asustaba y rehuía de su contacto; tomaba una pieza de la casa de muñecas e intentaba jugar por su cuenta.

Mientras la niña tensaba su cuerpo, Olivia iniciaba una conversación sobre libros, lugares que visitar e incluso de postres que preparar.

Poco a poco parecía relajarse hasta el punto en el que permitía que tomara su mano durante unos segundos.

—No he conseguido robarle ni una sola palabra. —Olivia rompió el silencio mientras acariciaba los dedos de la pequeña—. No desea decir nada por miedo a ser reprendida, pero quiero creer que confía en mí; si no, no me dejaría hacer esto.

Susan acortó la distancia con ella, apoyó la diestra sobre su hombro para infundirle cierta fortaleza.

—Nadie mejor que tú puedes hacer eso. —Hizo una breve pausa—. ¿No te ha dicho su nombre?

Olivia negó con la cabeza.

—Y creo que es mejor así. ¿Qué mejor momento para comenzar desde cero?

Susan dudó unos segundos, no sabía bien a qué se refería.

—Eso significa que...

—Que Destiny tiene derecho a elegir su propio camino —respondió Olivia, acariciando con ternura la mano de la pequeña—. Y si desea que sea parte de él o no cuando crezca.

Una tenue sonrisa se dibujó en los labios de Susan.

—Como no, Livie. Tú siempre dando oportunidades a las flores más marchitas.

Julie, el ama de llaves, ordenó que se le preparara el té en el jardín.

Aquel rincón era su refugio, el lugar donde compartían confidencias y sus momentos más íntimos.

Las sillas de mimbre, de un tono más claro, contrastaban a la perfección con la hierba húmeda y fresca.

La brisa acariciaba los mechones rojizos de Susan, como si se trataran de pequeñas caricias para aliviar la inquietud de su corazón; soltó el aire que contenía en sus pulmones y se permitió disfrutar de la calma que se palpaba en el ambiente.

—¿Vas a decirme qué te tiene tan inquieta?

Susan se alejó de la calma que transmitía SilverWood. Cada vez que la visitaba sentía que allí no llegaban las órdenes de su hermano, tampoco sus miedos ni sus inquietudes. Pero era evidente que no podría seguir cargando con algo que realmente se le escapaba de las manos.

—Rowan me está evitando —declaró permitiendo que la voz se le quebrara—. Quizá debería imponerme como tantas veces hago, pero solo estoy alimentando mi orgullo una vez más.

Olivia tomó la taza entre sus manos, buscaba las palabras más adecuadas para continuar con aquella conversación.

—Pensaba que decías tener el control.

Susan se mordió el labio inferior con tanta fuerza que sintió un sabor metálico en el paladar.

—Creo que eso me lo ha permitido él en todo momento —admitió entre dientes—. Y debería sentirme ofendida, pues no soporto que ningún hombre marque los pasos de mi vida, pero me siento... desolada.

—Le amas —afirmó Olivia depositando la porcelana en la mesa mientras se inclinaba para sostener sus manos—. Y no es malo hacerlo. ¿Se ha ofendido contigo de alguna manera?

—Beauford nos encontró en una situación comprometida y no le permití defender su honor —suspiró conteniendo su deseo de pellizcarse el puente de la nariz—. Me limité a ladrar como hago siempre para que ningún hombre me amenace o tan solo se olvide de mi presencia.

—Entiendo.

Susan apoyó la espalda en el respaldo tan inquieta como frustrada.

—¿Qué es lo que debo hacer, Livie? —preguntó con un ápice de angustia en su voz—. He destrozado las cosas, no solo con él, sino también con Dominic.

—Pero eso es algo propio de los hermanos Ward —sonrió la aludida mientras sostenía más fuerte sus manos—. No será la primera vez que cometes una locura. Dominic se enfada y más tarde te defiende con uñas y dientes.

—Lo sé, pero esta vez he roto los límites de tal manera que tengo miedo a las consecuencias.

—¿Y qué deseas hacer, Sue?

«Esconderme hasta que nadie me encuentre, como solía ocurrir antes».

Ese pensamiento hizo que Susan sacudiera la cabeza. No podía pensar algo así. Había llorado durante días hasta quedarse sin voz, caminó descalza sumida en la oscuridad hasta que la luz le hacía daño en los ojos. Tenía que desechar esas ideas, hacerlas diminutas y esconderlas en un cajón.

No merecía ser castigada, sino redimida de sus propios temores para que algún día desaparecieran de su herido corazón.

—Repararlo —admitió con un ápice de vergüenza en su voz—, pero no servirá de nada que acuda a la alcoba de Dominic para disculparme sin más.

Las palabras se las lleva el viento y las acciones pesan tanto como los cimientos de la abadía de Westminster.

Igual ocurre si voy a buscar a Rowan: aceptará mi perdón, pero no aliviará mi macabro deseo de que rompa su compromiso.

Ni tampoco seré capaz de exigírselo por miedo a...

Olivia esperó paciente hasta que habló.

—¿A qué, Susan?

—A que atarme a él me rompa en mil pedazos.

—La mirada esmeralda de Susan se resquebrajaba; hacía todo lo posible para contener las lágrimas, pero caían abrumadas sobre su rostro—.

Los hombres tienden a castigarnos por pensar o amar.

No deseo eso para mí. Me ha tocado nacer en una familia con poder, pero repleta de hermanos mayores.

¿Cómo podría llevar a cabo el papel de esposa que tanto se nos exige?

Livie se levantó de su asiento, se acomodó a sus pies como una niña que desea aliviar la tristeza de su madre, y esperó paciente a que sus miradas se encontraran.

—¿Alguna vez te ha pedido que dejes de ser tú misma?

Susan negó con la cabeza.

—Entonces, permítete sentir —susurró con suavidad para calmar su llanto—. Permítete equivocarte. Pedir perdón e incluso tropezar de nuevo. Tanto Dominic como Rowan son importantes para ti. ¿Por qué no demostrar que incluso tras tanto orgullo existe un amor incondicional que deseas dar?