El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

L as manos de Rowan estaban en todas partes. Poco importaba que ella intentara concentrarse en cómo sus labios se deslizaban por su espalda; sus caricias no solo se centraban en la desnudez de su cuerpo, sino en las dulces embestidas que provocaban que sus piernas temblaran.

Susan se encontraba inclinada sobre un diván.

El vestido que había elegido aquella noche para la fiesta de los Beauford acariciaba sus tobillos mientras sus gemidos quedaban ahogados tras sus dientes.

Cada movimiento de sus cuerpos era una liberación para su mente.

Daba igual que hubiera decidido aceptar la invitación del conde con la intención de complacer a Dominic; la presencia de Rowan opacaba cualquiera de sus decisiones.

Solo tenía que mirarlo como si los invitados no existieran dentro del salón, dedicarle una breve reverencia con la cabeza mientras se mordía el labio inferior con uno de sus colmillos.

Era un auténtico canalla.

Uno que poco le importaba ralentizar los movimientos en su interior solo para oírla susurrar su nombre.

Uno que le erizaba la piel cada vez que le recordaba que no importaba si se quedaba con cada uno de sus gemidos; sería suya sin importar los deberes e inconvenientes que hubiera tras aquella puerta.

¿Esas eran las reglas que tanto deseaba imponer?

—Abre tus piernas, ma rose —susurró de manera ronca a su espalda, dejando algunos besos sobre sus hombros—. Muéstrame lo húmeda que estás.

Susan ahogó un gemido y obedeció sin rechistar.

Se abandonó al dulce compás de sus embestidas.

Cada movimiento le provocaba un cosquilleo en el interior tan reconfortante que le hacía olvidar sus miedos e inquietudes.

Si alguien le hubiera rogado en ese instante que volviera a la realidad, habría sido del todo imposible.

—Rowan, por favor.

—Por favor, ¿qué? —canturreó orgulloso. Su diestra acabó con el moño que mantenía sus cabellos por encima de su nuca—. ¿Qué deseas de mí? Soy tu siervo, el hombre que está a tus pies cada vez que lo deseas.

«Malditas reglas. Maldita yo», se lamentó jadeante.

—Todo.

Rowan hizo que apoyara una pierna sobre el diván; la posición era un tanto indecorosa, pero le permitía hundirse con mayor profundidad en su interior. Cada movimiento elevaba las súplicas de la Ward, a la que tenía que acallar con la palma de la mano.

Aquella mujer lo volvía loco, tanto que habría permanecido entre las sombras todo el tiempo que le hubiera pedido.

Pero su propio orgullo la acercaba cada día a un peligro que deseaba muy lejos de ella.

Por eso aquel encuentro, que no debía llevarse a cabo bajo las atentas miradas de los invitados, se había hecho realidad cuando se percató de que sus intenciones eran acercarse más al conde de Beauford.

Susan no había nacido para complacer a nadie, sino para complementarse con un caballero que pudiera arder en su fuego. Eso había hecho que se excusara de su conversación con Wyatt Mitchell y fuera a buscarla con la incertidumbre de llegar demasiado tarde.

—Eso implica situaciones que te desagradan, ma rose —susurró con un ápice de ternura en su voz—. Se puede amar sin ataduras. Lo sabes tan bien como yo, pero temes darle voz a esto.

—Si eso fuera así, no tendrías una prometida esperándote —le reprochó ofendida.

Rowan apretó el contacto en ella, la conocía lo suficientemente bien para saber que huiría de sus brazos. Su diestra rodeó su cintura con fiereza mientras alargaba los últimos resquicios de placer para terminar en su interior.

—No solo las damas tienen un deber que cumplir, aunque consideres que no es así.

—No tienes nada que perder —gruñó Susan mientras se sostenía en el respaldo del diván.

—Tampoco lo harías tú siendo mi esposa, pero te niegas a que mi apellido decore tu nombre. —Hizo una breve pausa sin poder evitar que se viniera en su interior. Rowan gruñó entre dientes, disfrutando de aquella liberación con ella susurrando su nombre—. Cuando sabes tan bien como yo que ya lo hace.

Ella se retorció para zafarse, cogió su vestido abandonado en el suelo y lo aferró a su pecho.

—Eso no es cierto.

—Puedes mentirte todo lo que quieras, ma rose —dijo él cansado de aquel tira y afloja; le dejó un pequeño beso en la punta de la nariz y comenzó a vestirse—. Pero, por más que ambos lo sepamos, no puedo detener mi vida y mi deber por ti.

Susan no tardó demasiado en ofenderse, algo dentro de su pecho se resquebrajó en mil pedazos. Quería gritarle que era injusto que no lo hiciera, que podía obligarlo a quedarse en aquella situación para siempre, pero prefirió morderse el labio.

—No lo haces porque no quieres.

La suavidad en las facciones de Rowan desapareció de inmediato.

—Te amo —dijo sin miedo—, pero me estás volviendo loco. No eres capaz de admitir que estás celosa ni tampoco de reclamarme. Soy el único hijo de mis padres y no puedo dejar morir mi apellido porque no desees enfrentar tus miedos.

Un extraño nerviosismo recorrió la espina dorsal de Susan. El enfado, la incomprensión y la molestia hicieron que comenzara a vestirse de manera brusca. No podía entender por qué, para un hombre como él, no era suficiente. Lo quería todo. Absolutamente todo de ella.

«Sabes bien que tu corazón es suyo desde hace mucho tiempo».

—Ni siquiera has tenido la valentía de decirme que te enfrentaste a Dominic de nuevo —reveló él—. Podría haber defendido mi honor y el tuyo sin necesidad de que te pusieras en peligro en un duelo.

—¿Pensabas que iba a morir?

—Él jamás te habría disparado, incluso si le hubieras arrancado las entrañas.

Las palabras de Rowan atravesaron su corazón, la culpa volvía a asomar por sus heridas, recordándole que su hermano mayor reposaba en su alcoba porque había disparado sin dudar.

—Maldita sea, eso ya lo sé.

Él resopló, no quería sobrepasarse con ella.

—Tienes que parar, Sue. —Su tono fue más cálido y amable, dio un par de pasos hacia ella; la ayudó a acomodarse el vestido con lentitud, notando sus ojos verdes clavados en su rostro—. Tu orgullo te está destrozando y no puedo salvarte si tú no intentas dibujar una barrera en su contra.

—Ese no será tu problema.

Ella se zafó de su agarre e improvisó su moño lo mejor que supo. No estaba dispuesta a seguir con una conversación que no deseaba enfrentar. Para ella era más fácil llevar las riendas de su vida que cedérsela a cualquier hombre de su alrededor.

—Susan —dijo él.

No respondió.

—¡Maldita sea, Susan!

No era capaz de escucharle. Su pecho subía y bajaba con vehemencia. Lo único que necesitaba era salir de allí, lejos de todo aquello que podía darle seguridad.

Susan olvidó tomar precauciones al salir de la estancia.

La impulsividad y su deseo de huir le jugó una mala pasada.

Cuando abrió la puerta, la realidad le golpeó de lleno: no solo recordó que no estaba en la mansión de los Ward, sino que el mismísimo conde de Beauford la observaba tan sorprendido como incrédulo.

—Así que este era el motivo de tus desplantes. —El orgullo herido del conde hablaba por él, ni siquiera la observaba; su mirada estaba en el hombre que había en el interior de la estancia—. La gran vergüenza de los Ward sin lugar a duda.

—Beauford —advirtió Rowan entre dientes—, no te atrevas a insultarla en mi presencia.

El conde rio con ironía.

—Ya se hablaba bastante de tus imprudencias —respondió una vez más ignorando las palabras del magistrado—. Una mujer sin valor alguno.

—Beauford...

Susan levantó la mano para hacer callar a Rowan, le advertía con una efímera mirada que podía encargarse sin su ayuda.

—Quizá el problema sea que no eres de mi interés —escupió ella elevando el mentón con orgullo—. Un conde quizá no esté a la altura de alguien como yo.

—¡Qué insolente! —rio una vez más, apoyando el antebrazo sobre el marco de la puerta—. Las conversaciones de caballeros poco tienen que ver con una dama. Puede que tu apellido sea Ward, pero ni siquiera el escándalo será benevolente contigo.

—Si te atreves a...

Rowan perdió los estribos. No estaba dispuesto a que se menospreciara a Susan porque estaba con él en ese momento. Era muy consciente que aquello que habían hecho era también culpa suya, pues una persona no accede a tener un encuentro como aquel si no era recíproco.

—Susan, ya es suficiente, no hay nada que decir al conde —dijo en tono amenazante—. Nos marcharemos antes de que la fiesta deje de ser un evento agradable para todo el mundo.

—No.

Ella se negó de inmediato, no le permitió hacerse paso entre el conde y su reciente conversación.

—Puedo defenderme por mí misma sin necesidad de...

El conde estalló en carcajadas, el encuentro había crispado su humor, pero el hecho de que Susan contradijera continuamente a Rowan le resultaba hasta divertido.

—Lamentable.

Las fosas nasales de Rowan se dilataron debido a la molestia que sentía.

Su enfado iba en aumento con cada intromisión que Susan hacía para mantenerle fuera de la conversación.

La vergüenza y su propio orgullo herido comenzaban a hastiarle.

¿Cómo se atrevía a hacerlo quedar como un cobarde cuando solo quería amenazar a todo aquel que quisiera ofenderla?

—Yo puedo hacerlo so...

—¡Ya basta! —explotó fuera de sí—. Deja de ponerme en evidencia, cuando la única perjudicada en este encuentro eres tú misma.

Entiendo tu deseo de hacerle callar, pero solo permites que sus palabras sean tierra sobre tu cabeza.

Los caballeros como yo no tendrán ningún tipo de consecuencias por ser encontrados en tal tesitura, pero tú sí.

Así que deja de rugir de una maldita vez.