El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

S e había extendido el extraño rumor entre la sociedad londinense de que el duque de Ward estaba convaleciente.

Nadie conocía el motivo exacto. Unos decían que se trataba de un ajuste de cuentas.

Otros de un supuesto robo en su propiedad donde él defendió con uñas y dientes todo patrimonio que descansaba sobre sus hombros.

Rowan no había recibido ninguna noticia al respecto: la familia no había hecho llegar ninguna denuncia a Bow Street ni tampoco Susan le comentó nada al respecto.

Extrañado, tomó la decisión de hacer una pequeña visita a los Ward, no porque temiera por la vida de Dominic, que seguramente estaría más molesto que en peligro, sino porque le resultaba un tanto rara la situación:

Todo el mundo le temía demasiado como para atreverse a atacarle en su propia casa.

—El señor Ward no puede atenderle en el salón —se disculpó el ama de llaves—. ¿Quiere que le deje algún recado?

—En realidad, quería conversar con él —respondió Rowan deslizando su mirada por la entrada de la mansión—. Seré breve.

Ella retorció los labios con cierta desaprobación, le habían ordenado que no molestara al señor Ward mientras se recuperaba. Sin embargo, la elección de palabras de Rowan era lo suficientemente convincente para guiarlo hasta la alcoba principal de la casa.

Más tarde tendría que lidiar con las consecuencias.

La habitación de Dominic Ward estaba en penumbra cuando le dieron paso; se vislumbraban los rayos del sol filtrándose por las enormes cortinas, como si avisaran al duque de que el mediodía estaba cerca.

—De todas las personas que esperaba ver en mi casa —comenzó a decir Dominic con la voz rasposa—, tú no eras una de ellas, Grey.

—No suelo hacer demasiadas visitas —aseguró él fingiendo no mirarle. Era evidente que tenía la espalda repleta de almohadones para mantenerse sentado—, pero los rumores vuelan y eres el protagonista de cada uno de ellos.

—Maldito matasanos —se removió inquieto el duque—. Le dije que era un asunto confidencial.

—Si alguien ha entrado en la mansión deberías habérmelo hecho saber de manera inmediata. —Rowan se cruzó de brazos y no tardó en percatarse de que apenas movía su diestra, la cual tenía vendada y extendida sobre el colchón—. ¿Sabes de quien se trataba?

—Grey —lo llamó para captar su atención—, no es asunto tuyo. Todo lo que ocurra en mi casa no lo es.

—Todo esto es por Susan, como de costumbre. —La sonrisa que se dibujó en los labios del magistrado fue tan molesta como irónica—. Si no quieres que yo me encargue de este asunto, podría hablar con Mitchell y...

—Ha sido ella —resopló Dominic mientras se pellizcaba el puente de la nariz—. Susan. Yo la puse en la tesitura de que tuviera que hacerlo.

Rowan parpadeó confundido. Era consciente de las rencillas que existían entre los hermanos, pero ¿por qué Susan atacaría a Dominic?

—No lo haría sin motivo, la conozco bien.

Dominic soltó una carcajada.

—Nadie sabe tan bien como yo cómo es mi hermana. —Apretó la mandíbula con fuerza, no le gustaba la cercanía que tenía el magistrado con Susan. Por más que le había amenazado para que se alejarse de ella, fue completamente imposible—. No te atrevas a desdibujar los límites delante de mí, Grey.

—Entiendo que mi forma de acercarme a ella ha sido de tu desagrado.

—Rowan caminó por la estancia y le resultó un tanto incómodo que la breve iluminación no le permitiese ver al detalle sus facciones—.

Para ti lo idóneo habría sido que la cortejara hasta pedir su mano, pero no eres idiota, Ward.

Bien dices que conoces a tu hermana y es tan difícil de tener como una yegua salvaje.

Todo aquello que considere una atadura es una angustia para ella.

Y, lamento mis palabras, por más que sea mía, jamás podré tenerla como tanto deseo.

Porque quizá soy caprichoso, pero no la obligaré a quedarse si decide desecharme.

Dominic maldijo entre dientes. Por supuesto que sabía cómo era su hermana.

Desde que tenía uso de razón había nadado a contracorriente.

El protocolo, las normas y su deber como mujer siempre quedaban relegados en un segundo plano.

Pero era cierto que Rowan Grey había perdido los estribos por ella.

Porque estaba seguro de que, si Susan le pedía el mundo, él se lo ofrecería sin rechistar.

—No puedo dejar que la alta sociedad se entere de vuestra aventura —comenzó a decir Dominic removiéndose en el lecho; el brazo le dolía horrores, pero intentaba fingir que no era así—.

No solo el escándalo recaería sobre mi familia, sino que te recuerdo que tenemos una hermana pequeña que merece una vida plena, no manchada por las decisiones de Susan.

—¿Ese es el motivo por el que estás herido?

—Desea los privilegios de un hombre, pero vivimos en un mundo donde no puede tenerlos —respondió Dominic con un gesto cansado—.

Para ella sería sencillo vivir al lado de un caballero con bastante poder en Londres, pero no.

Prefiere hacerlo todo por su cuenta, como si los hombres no se molestaran con su actitud...

, como si fuera intocable, cuando no controlo la ciudad como si fuera un rey. Incluso yo cuento con límites.

«Está tan molesto con ella porque está preocupado», pensó Rowan manteniéndose en silencio.

—Si quería tener el poder de un caballero para defender su honor, así ha sido. —Hizo una breve pausa—. Nos batimos en duelo, me dejé disparar y solo he conseguido que esté más alejada de mí que de costumbre.

—Dominic.

El tono de voz de Rowan era controlado, pero la ira recorría sus entrañas como el agua que caía por una cascada. No le agradaba lo más mínimo que hubiera puesto a Susan entre la espada y la pared. Estaba seguro de que estaría en cualquier lugar lamentándose de lo que había ocurrido.

—Siento decirlo, pero la has presionado tanto que desea estar lejos de ti.

—Eso no es...

—Entonces —le cortó Rowan—, ¿por qué no está aquí a tu lado?

El silencio que se alzó en la habitación fue suficiente para confirmar las sospechas del magistrado:

No había ido a verle.

La desesperación de Susan era evidente. Su corazón latía desbocado dentro de su pecho.

Había hecho todo lo posible para que la pequeña que salvó de las garras de aquel maldito hombre estuviera sana y salva.

Sin embargo, cada vez que intentaba acercarse a ella, la chiquilla la repelía, gritaba o se escondía bajo la cama.

También había sido un problema llevarla a la mansión principal de los Ward, el camino en carruaje solo ocasionó que llorara desesperada.

Por más que había intentado consolarla fue imposible calmarla.

Su única opción fue apearse del coche, tomarla entre sus brazos y llevarla a la pequeña residencia de los sirvientes a tan solo unos metros de su hogar.

¿Cuánto tiempo llevaría ese malnacido haciéndola sufrir?

—Milady.

Susan se giró inquieta, le resultaba imposible dejar de mordisquearse el dedo índice.

—¿Ha accedido a venir?

La sirvienta asintió con lentitud. Había intentado calmar a la pequeña ofreciéndole un poco de leche caliente, pero se negaba a aceptar cualquier cosa que se le ofreciera.

—La señorita Olivia, debido a su condición, viene acompañada de su esposo —le informó disculpándose en silencio por no poder controlar ese hecho—. Avisaré al servicio para que nadie pueda molestarlos.

—Gracias, Loussie.

Ella asintió.

Olivia no tardó demasiado en entrar en la casa acompañada de la mano de Tobías Blunt.

Como Susan había imaginado, su aspecto no había mejorado en los últimos días.

Mantenía esa fina capa de sudor que advertía de las continuas fiebres que aún la acechaban.

A pesar de que su mejor amiga iba vestida de manera sencilla, su pelo estaba trenzado y acomodado a su espalda, como si cualquier detalle de más la agotara.

—Espero que tengas una buena excusa, Ward —gruñó Tobías sosteniendo a su esposa por la cintura—. No está en condiciones de salir de casa aún.

—Si de mí hubiera dependido, la habría llevado a SilverWood —Susan agachó la cabeza a modo de disculpa, a ella tampoco le gustaba ver a Olivia jadeante y no tan vivaracha como solía serlo solo ella—, pero por más que lo he intentado no puedo sacarla de aquí.

—¿Sacarla?

Olivia y Tobías se miraron sin comprender, la misiva que habían recibido tan solo rogaba de su presencia en la residencia de los sirvientes, cerca de la mansión de los Ward.

—Ayer, mientras me encontraba en la ciudad, un caballero le daba una paliza a su nieta —comenzó a decir la Ward mientras fruncía el ceño—.

El muy canalla quería dejarla en un callejón, porque según él había sido su ruina.

No pude evitar salir de mi carruaje, enfrentarlo y traerme a la pequeña hasta aquí.

—Podría reclamarla en cualquier momento —dijo Tobías mientras sacudía la cabeza—. ¿Acaso has perdido el juicio?

—No lo hará.

Él chasqueó la lengua.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque ya me encargué de amenazarlo lo suficiente para que olvidara la existencia de la niña.

—Susan frunció los labios, podía parecer una idiota, pero sabía bien cómo jugar sus cartas—.

Iba a matarla, Tobías. Iba a quitarle la vida por una rabieta que, en mi opinión, carece de hombría.

De todas maneras, Charles, mi cochero, ha dado con su destartalada casa.

Se le ha dado una suma considerable de dinero para que recuerde que con los Ward no se rompe ningún tipo de acuerdo.

Olivia los veía hablar. Alternaba su mirada de uno a otro para comprender qué era lo que estaba ocurriendo. Cada vez que su esposo se alteraba, apretaba la mano para aminorar su molestia.

—¿Qué tiene que ver tu decisión con nosotros, Sue? —preguntó con un ápice de curiosidad—. Quiero decir, yo tampoco habría mirado a otro lado en esa situación. Lo único que no comprendo es qué tiene que ver con nosotros.

Las mejillas de Susan se enrojecieron, sabía bien que no tenía derecho a meterse en la vida de nadie, pero pensaba que, si le daba una pequeña dosis de felicidad a su amiga, quizá podría recomponerse.

—Sé que esto puede hacer que me gane tu odio —comenzó a decir jugueteando con sus manos—, pero he pensado que quizá seas la persona más idónea para que esa niña pueda ser feliz.

—¿Por qué yo?

—Porque tienes mucho amor que dar. —Hizo una pausa—.

Los dos. La vida no está siendo justa con ambos.

Has pasado la mayor parte de tu vida viviendo lejos de lo que era tuyo por derecho.

Mientras que tú, Tobías, has tenido que lidiar con una vida de desdicha, cuando tu sangre era tan pura como puede serlo la mía.

Jugaron con vuestro destino. ¿Quién mejor que vosotros para cicatrizar las heridas de alguien que no es querido?

Las lágrimas se agolpaban en los ojos de Olivia, consideraba que no tenía derecho a llorar. Su cuerpo, aquel que poseía belleza, estaba vacío por dentro. No importaba cuánto hubieran intentado ser padres, enterraban a cada bebé sin que jamás pudiera respirar por sí mismo.

¿De verdad tenía derecho a ser parte de la vida de una chiquilla herida?

—Mi amor —susurró Tobías. Sus dedos se deslizaban con suavidad por su mentón—, deja de castigarte.

Eres la duquesa y cabeza de nuestra familia.

Si la vida no desea que perpetuemos el linaje de los Blunt, solo es una señal para no atentar más contra tu salud.

No quiero perderte. Quizá sea el momento de hacerlo de una forma diferente.

—Oh, Tob —sollozó ella apretándose contra su pecho—. Lamento ser tu sufrimiento esta vez.

—Siempre has sido mi dolor de cabeza favorito —presionó los labios sobre su sien—. Tan insistente que me obligaste a casarme contigo.

Ella rio como llevaba tiempo sin hacerlo.

—Tienes razón, solo yo podría conseguir eso.

Susan les ofreció la privacidad que necesitaban en aquel momento y salió de la casa mientras les daba la oportunidad de recuperar la felicidad que habían perdido.